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martes, 17 de junio de 2008

El estoicismo y la geoingeniería

"¿Hasta cuándo pediremos cosas a los dioses como si nosotros no pudiésemos mantenernos? ¿Hasta cuándo llenaremos de sementeras los campos de las grandes ciudades? ¿Hasta cuándo todo un pueblo recolectará para nosotros? ¿Hasta cuándo toda una flota de navíos aportará, y no de un solo mar, las provisiones para una mesa? El toro sacia su apetito con el pasto de poquísimas majadas; una sola selva basta para muchos elefantes: el hombre, para alimentarse explota mar y tierra. ¿Pues qué? ¿Un vientre tan insaciable nos diera la Naturaleza, habiéndonos concedido cuerpos tan pequeños, hasta el punto que llegásemos a vencer en glotonería a los animales más grandes y más voraces? En manera alguna, pues ¿a qué queda reducido el hombre que se da a la Naturaleza? Se contenta con poco; lo que resulta dispendioso no es el hambre de nuestro vientre, sino la vanidad".
Esta cita podría pertenecer a las actas de un congreso medioambientalista, concretamente a la intervención de un conferenciante un tanto alambicado y gustoso de la prosa florida pero contundente. O, yéndonos un poco más atrás en el tiempo, podría haberla sacado de Walden, de Thoreau, o de La naturaleza, de Emerson. Pero la verdad es que el fragmento está en la carta LX de las Epístolas morales a Lucilio, y fue escrita por Lucio Anneo Séneca en torno al año 64 de nuestra era, poco antes de morir (la traducción, excelente, es de Jaime Bofill y Ferro). ¿Pero acaso la alusión a un pueblo que cultiva para otro, la explotación de los recursos del mar y de la tierra, no cobran nueva vida con el trasfondo de los aranceles que los países desarrollados ponen a los que están en vías de desarrollo y el agotamiento de las reservas de peces en los mares? Es decir, que podemos perfectamente aplicarnos el cuento sin mayor violencia, salvada la excepción de la frugalidad, porque, ¿quién está dispuesto a modificar hoy día su dieta para salvar el mundo? ¿Existe una época más alejada que la nuestra de esa receta de autosuficiencia y moderación en la carta del estoico? Y sin embargo, se matarían dos pájaros de un tiro: una racionalización de los recursos serviría para erradicar el hambre y ayudaría a reducir la sobreexplotación de los recursos naturales. ¿Pero qué harían entonces los intermediarios, ésos que ahora contemplan salivando cómo la bolsa de la compra cada vez se encarece más mientras que al agricultor cada vez se le paga menos? Ya que la prescripción de estoicismo a pan y agua no funciona, los científicos optan por un nuevo rizo en el intervencionismo sobre el planeta: la geoingeniería, los ecohackers como nuevos salvadores. En un artículo de Danny Bradbury en The Guardian Weekly se ofrecen varias soluciones para mitigar efectos tan nocivos como el calentamiento global o el exceso de partículas de carbono en la atmósfera, fenómenos indisociables por otra parte. Sin duda a este tipo de terapias de choque se refería James Lovelock, el autor de Gaia, la teoría que ve el planeta como un organismo vivo (ver entrada en este blog), cuando abogaba, no por reducir, sino por incrementar el uso de la tecnología. Las erupciones volcánicas, los respiraderos en el fondo del océano, las corrientes marinas, todo contribuye y ha contribuido como mecanismo de autoregulación a las condiciones excepcionales de la Tierra. ¿Por qué no emularla con bombardeos de ácido sulfúrico en el aire, lluvias de sal en el Polo Norte, una nueva constelación de estrellas entre la luz del Sol y nuestra atmósfera? Sin duda el intento merece elogio y atención, y confirma esa voluntad del ser humano de andar todas las sendas posibles, también la de su némesis. Esta última no tiene vuelta de hoja según Lovelock, pero nos quedaría ese decoro medioambiental al que me refería en otra entrada, algo tan sencillo como esperar al inicio del verano para atiborrarnos de fresas, por ejemplo. En Astérix en Hispania, un mequetrefe lleva de la Ceca a la Meca a los protagonistas porque se le antoja un plato de frutillas fuera de temporada. ¿No somos un poco todos ese mozalbete caprichoso que dice "Pues si no me enfado" y tiene a todo un mundo pendiente de su arbitrario paladar? Séneca recomendaba quedarse en casa. ¿Nos será dado también cortarnos las venas antes de que el Nerón de turno le pegue fuego a todo esto?

jueves, 5 de junio de 2008

Alguien que juega al golf desde el acantilado

En el día mundial del medio ambiente pienso en las últimas noticias sobre campos de golf en España (ver también la nueva piel de toro). El arboricidio debido a las obras de ingeniería necesarias para renovar la red de carreteras del Estado es muy cuestionable, si bien en ocasiones se pude entender como un mal menor, algo para lo que no hay más remedio. También es cierto que muchas veces se trata de árboles enfermos, enclenques, y que se meten en las estadísticas para dar una idea excesiva e interesada de gravedad. Ahora bien, talar encinas o pinos, esos árboles centenarios, para dar paso a campos de golf sí parece excesivo. En realidad no hay mucha diferencia entre la deforestación de la que hablaba en la entrada anterior, motivada por la necesidad de construir barcos para el imperio, y esta tala supuestamente selectiva para que los nuevos emperadores del BMW y las stock options se solacen. Ni entre esto último y los casos de deforestación en el Amazonas con el fin de crear pastos o cultivos para el combustible biológico. La culpa la tuvo el primer homínido que quemó la selva para plantar trigo. Sentó un precedente que ha hecho medrar a nuestra especie a costa de otras menos articuladas pero no con menor derecho a seguir en pie: los árboles. Cuando vivía en Inglaterra jugaba a veces al golf. Eran campos municipales, baratos, y no necesitaban casi mantenimiento dado el clima de las Islas Británicas. Estos campos se acababan confundiendo con el bosque, dándole al deporte esa naturaleza híbrida entre lo domesticado y lo salvaje que es uno de sus principales atractivos. Porque jugar al golf en el césped inmaculado de los campos de Cádiz, las islas Baleares, o la misma Florida, debe de ser muy distinto. Algo así como una prolongación de la moqueta del salón o del despacho, un espacio mullido y acotado en el que recrear una idea enlatada de la naturaleza. En una sociedad como la nuestra, que dedica más dinero a subvencionar la no-producción de alimentos que a paliar el hambre en el mundo, quizá no parezca exagerado talar árboles e irrigar desiertos con el fin de crear ese espacio ficticio: todo contribuye a alimentar la ficción que en muchos casos es nuestra existencia. Esos ejecutivos asediados por el estrés y las horas extras necesitan chalets adosados en los que vivir su ficción de jardín, colegios bilingües para sus hijos en los que poner en práctica la ficción del aprendizaje de idiomas, centros comerciales para su expedición ficticia de avituallamiento; en fin, driving ranges que les permitan ejercitar los músculos y discutir las últimas estadísticas con un fondo de campiña inglesa y estanque de ranas. Y al españolito de a pie, que no tiene un trabajo tan glamuroso, pero sí derecho a ser igual de frívolo, le venden el golf como la última adquisición de vida saludable, haciendo de la generalidad del idiotismo supuesta democratización de un logro colectivo. Eso, o la sempiterna excusa del turismo: ¿no será mejor reciclar a nuestro sector primario en sector servicios, al agricultor en jardinero? Pues no, no lo es. En un poema de Darwin en las Galápagos recogí una imagen que me impactó: hace años, en los acantilados de Moher vi cómo unos golfistas se turnaban para golpear la bola al mismo borde del mar y ver su caída sobre las olas encrespadas decenas de metros más abajo. Parecía una apuesta, ese divertimiento tan británico exportado a Irlanda. La imagen era potente y festiva a la vez, por lo que supongo se acabó alojando en mi memoria y salió luego en un poema sobre el mar. Pero ahora pienso en esos peces que se comieron alguna de aquellas bolas y murieron asfixiados, y me cuesta verle el lado civilizado al golf. No todo el mundo puede tener acceso a todo. Debería haber una especie de decoro medioambiental. El tiempo en Gran Bretaña es pésimo, cierto, la comida, mejorable. El Mediterráneo ofrece sol sin límite y suculenta mesa. Pero la maravillosa idea que tuvieron los tour operator de unir dos ventajas puede acabar en seria desventaja para los nativos: los árboles por los suelos y los acuíferos por el aire, es decir, evaporados, para que todo el mundo tenga derecho a mejorar su putt. En el día del medio ambiente, ¡no a los campos de golf al sur del paralelo 40!

martes, 3 de junio de 2008

Historia y medio ambiente

Leo una reseña del libro Empires of the Sea: The Final Battle for the Mediterranean 1521-1580, de Roger Crowley. Quien firma la reseña es Norman Stone, y saca conclusiones muy interesantes. La reflexión sobre el declive que conocieron ambos imperios, el español y el otomano tras aquellos años, por ejemplo, es una de ellas. Dos naciones emergentes situadas estratégicamente a ambos lados de un mismo mar, de extensión parecida, y parecida euforia espiritual embridada luego en férreo nacionalismo. Me interesa, no obstante, reflexionar sobre cómo todo afectó al medio ambiente dando forma al paisaje. Cuando estuve en Turquía me sorprendió cierto parecido con España: un norte verde y exuberante, y una zona central como La Mancha, rica en cereales, con muy pocos árboles. Norman Stone data entonces ese proceso salvaje de deforestación en ambos países, debido a la necesidad de madera para construir la flota naval. Es decir, el saqueo de los espacios naturales no es algo exclusivo del siglo XX ni mucho menos. El paisaje del norte de África y Oriente Próximo es también un resultado de siglos de explotación agrícola y ganadera. Parece que al ser humano le cueste mantener una relación respetuosa con el medio ambiente una vez ha traspasado ciertos umbrales de dominio tecnológico. Y parece que sea precisamente eso, la tecnología, es decir, el progreso, lo que halle incómodo acomodo, si se me permite ser un poco cursi, con la naturaleza. En el libro que me estoy leyendo, El infinito en la palma de la mano, de Gioconda Belli, una recreación bastante entretenida del mito de Adán y Eva, la mente del ser humano se va adaptando rápidamente al mundo en torno. Esa plasticidad sin duda le dio al homínido su mayor capacidad de inteligencia y, de suyo, unas posibilidades mayores de aprovechamiento de los recursos. Estos Adán y Eva son un tanto estereotipados en su configuración antropológica: una vez expulsados del Paraíso, él descubre tras un primer horror que puede matar para alimentarse; pasa luego a catalogar las especies entre las que comen y las que se pueden comer, luego le pica el bicho de la codicia y casi empieza a especular con la caza sobrante. Eva, más benigna y maternal, prefiere la botánica y se especializa en el conocimiento y cultivo de las especies vegetales. Ya los estoy viendo salir de la cuña primigenia entre el Tigris y el Éufrates, colonizar esa parte tan explotada del mundo, no en vano reducida casi por completo a desierto. Quizá no falte mucho para que ese desierto ocupe el sur de España y de Turquía, casualmente coloreadas ambas de amarillo en el mapa mundi que tengo debajo del teclado cuando escribo estas líneas. Quizá hasta los indios norteamericanos, en relación aproximadamente armónica con su entorno, habrían evolucionado hacia el cultivo extensivo y la estabulación en masa. Quién sabe. Leyendo el artículo de Norman Stone sí se deduce al menos una cosa: de aquellos polvos vinieron luego sendos lodos. Quizá la derrota no fue en el siglo XVIII en Trafalgar y Cesme, a manos respectivamente de ingleses y rusos. Quizá fue en Lepanto y en Malta, en pleno Siglo de Oro, donde españoles y turcos sufrieron su principal pérdida: la dilapidación de sus bosques. ¿Fue Eva la que, al probar el fruto del árbol del conocimiento (un higo, no una manzana, Gioconda Belli recoge los últimos hallazgos), taló para siempre el árbol de la vida y la hizo incompatible con el Paraíso?

sábado, 24 de mayo de 2008

Símbolos, indicios, signos

Leo un artículo de Blake Gopnik sobre una exposición de objetos tallados en marfil en el National Museum of African Art de Washington: Treasures 2008. Son algo más de 70 piezas, desde las labradas en la totalidad del cuerno, hasta brazaletes hechos con segmentos del mismo o finos alfileres. En todos queda como una huella, metonímica o no, de esa materia segregada por la evolución igual que una veta de metal precioso. Gopnik llama la atención sobre lo más clamoroso de este despliegue: los animales de los que fueran arrancados los colmillos. Es ésta una presencia que parece necesario recalcar pues en muchos casos el marfil en Occidente hacía olvidar su origen a los compradores. Incluso cuando se respetaba la forma y lo labrado no podía sino remitir al cilindro óseo que un día perteneciera a un animal vivo, siempre había una culpabilidad de la matanza que los europeos, tan civilizados ellos, ocultaban con la fantasía de ver un nuevo objeto en el trofeo sangriento. Es una presencia, la del animal, que nunca estaba ausente de las representaciones en marfil de los africanos, para quienes el preciado hueso todavía tenía una conexión muy potente con el mastodonte del que fue arrancado. Dentro de la tríada semiótica, elaborada por Charles Sanders Peirce, que da título a esta entrada, el colmillo de elefante trabajado era para los africanos y para los europeos un símbolo de riqueza, pero sólo para los primeros se constituía además en el indicio de que alguien había tenido que salir a la sabana a cazarlo; y sólo ellos verían ahí un signo, una señal, en fin, de que el poseedor del objeto era poderoso y merecía un determinado comportamiento, una reverencia, por ejemplo. La resignificación de los elementos naturales ayuda a su saqueo por parte de mentes puritanas como las nuestras: el hígado de un pato conveniente y profilácticamente enlatado, vendido a precio de oro, ayuda a que sea consumido con deleite y sin un mal gesto de asco o conmiseración. Otro día hablamos de los hábitos patológicos de alimentación de los seres humanos: esas hembras de esturión arrojadas al agua desventradas después de haberles extraído las huevas, algo así como el cinco por ciento de su cuerpo, por ejemplo; o el kobe, un vacuno japonés al que se mima con cerveza y masajes para que la carne tenga una determinada textura. Todo por supuesto a precio de oro. Como bien escribe Blake Gopnik en este artículo, por mucho que se le dé forma artesanal, un colmillo de elefante conserva restos del indicio a poco que escarbemos, es decir, "su forma mantiene la historia del mundo natural del que salió. Es blanco inmaculado pero también rojo sangre". La naturaleza se pasó millones de años dando forma a algo tan terso, formidable y bello como un colmillo de elefante, que tiene una función, es decir, ha sufrido una decantación milenaria y significativa en la especie. Entonces llega un coleccionista occidental y pone en su salón ese mismo colmillo, en el que un artista africano ha grabado la caza del elefante para que el indicio no se borre. Para que no se borre el símbolo ya se ha encargado el coleccionista de pagar una millonada. ¿Y el signo? Pues el gesto de horror y de desprecio, la señal de alarma que nos debiera merecer cada uno de estos objetos, hermosos sin duda, pero profundamente dolorosos. Aunque hay una diferencia: no es lo mismo el colmillo labrado tras la caza de un elefante que luego fue consumido por el poblado, que el colmillo convertido en obra de arte tras una expedición como la de Hombre blanco, corazón negro, por ejemplo, o la del cuento de Arlt La palabra que entiende el elefante (ver entrada más abajo). Es decir, no se trata de hacerse vegano y renunciar al cuero, la lana, etc. Aprovechar una parte más de un animal que ha dado su vida para que otro viva decentemente, sin lucro ni ostentación, parece aproximadamente justo. Llevar abrigos de visón a los bodorrios en pleno setiembre madrileño, por poner otro ejemplo, es más bien injusto. Y muy hortera.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Una biografía no autorizada de la realidad

Entrevistan en el periódico a Richard Fortey, paleontólogo británico autor, entre otros, del libro La vida. Una biografía no autorizada. Lo leí hace años y me encantó el recorrido por esa historia inquebrantable de lo vivo. Entresacado de la entrevista leo un pequeño titular que me lleva a otras entradas en este blog, a esa crítica al progreso como único y sacrosanto motor de la vida humana sobre la tierra. Fortey lo pone en términos de jugador: “Sólo los humanos hemos sobrepasado los límites que controlan la distribución de las especies, como la geografía. Hemos roto todas las reglas. Por la tecnología, por supuesto”. Entrevistado y entrevistadora pasan a continuación a analizar el papel que en todo ello ha desempeñado la evolución, el destilado que es la inteligencia más concretamente, y parecen atribuir a una suerte de carrera armamentística por dotarse de un cerebro mayor (el símil bélico es del propio Fortey) la amenaza actual contra numerosas especies. Como si la mayor capacidad craneal se hubiera traducido a la larga en nuestra capacidad de ocupación y superpoblación del planeta, llevándonos por delante todo lo que se ha puesto en nuestro camino. Yo creo, sin embargo que puede darse, y de hecho se ha dado y se sigue dando, una relación equilibrada del hombre con el medio ambiente, y que esa carrera tecnológica es más bien un delirio de la especie (como una malformación si se quiere, algo parecido al gigantismo) que un desarrollo inevitable de su fenotipo. Las reglas no las hemos roto porque seamos demasiado inteligentes, sino porque esa inteligencia se ha especializado en algunos de nosotros en una relación de saqueo y usufructo sin límites del planeta y todos sus seres, también los humanos. Pero es un poco más adelante en la entrevista donde doy con algo que me lleva a Viaje al ojo de un caballo, a la interpretación de la realidad que allí propongo como un proceso dinámico de desarrollo y posterior ocupación de espacios. Habla Fortey de lo que ocurre cuando hay una extinción en masa, algo así como una pausa en el reloj evolutivo que puede durar cientos de miles de años. Hasta que todo se acelera: “Se necesita una estructura, como los atolones de coral o la selva, que proporcione un marco con múltiples nichos ecológicos; entonces la evolución se mueve muy rápido, generando ecosistemas muy complejos en que los nichos se llenan enseguida”. La vida va ocupando las retículas que la realidad, de suyo, genera; que la realidad, de suyo, es, una idea hermosa desarrollada en Estructura dinámica de la realidad, ese libro importante de Xavier Zubiri. ¿Qué pasará, pues, cuando, como vaticina otro científico británico traído a este blog, James Lovelock, en cien años se haya extinguido el ochenta por ciento de las especies? ¿Qué pasaría si todo acabara como acaba The Road, de Cormac McCarthy? Pues que al final un ser inteligente acabaría poniéndose en pie otra vez, expandiendo las posibilidades de desarrollo de la realidad. Pero hay una insinuación turbadora en la entrevista a Fortey: “¿Por qué sólo nosotros nos volvimos superinteligentes? Si desapareciéramos, ¿evolucionaría una de las demás líneas? Nunca lo sabremos”. Eso se pregunta él. Y yo me pregunto: ¿Sería ese ser dotado de gran inteligencia un descendiente de los córvidos, o de las ratas, las otras dos líneas que menciona a modo de ejemplo? Aquí, amigo Sancho, topamos ya con cuestiones muy serias, como el antropocentrismo, o la religión. Indudablemente, es normal que pensemos que ese ser inteligente que acabaría surgiendo sería un tipo de homínido. Nosotros hemos sido los agraciados por el azar y la sazón, lo lógico es que nos imaginemos que, dada la primera célula, la culminación de la vida siempre caminará sobre dos piernas, llevará pantalones vaqueros, mechas en el pelo, lucirá aros metálicos en las orejas y en el ombligo, escuchará música en un mp3. Por si acaso, no obstante, no sería mala idea hacer todo lo posible por conservar a la rata y al cuervo.

miércoles, 9 de abril de 2008

El padre de "Gaia". La madre tierra

Leo una entrevista con James Lovelock, el padre de “Gaia”, esa concepción de la Tierra como un organismo vivo. De Lovelock y su teoría hablo en Viaje al ojo de un caballo, como trasfondo idóneo de la defensa de la realidad y de la naturaleza que me ocupa allí. Lovelock tiene 88 años y sigue investigando en un molino abandonado en Cornualles, reconvertido en laboratorio científico desde los años sesenta, cuando promulgó su controvertida teoría. El título de su último libro, sin embargo, La venganza de Gaia, me parece menos convincente. Fue un acierto acuñar esa idea, la de que la Tierra se autorregula como un ser vivo y tiene entidad y unidad como tal. Ahora bien, hablar ahora de venganza tira un poco por los suelos el acierto que supuso darle vida al planeta. Yo no creo que se trate de venganza, más bien de regulación. Leer esto último como una especie de revancha es un incremento moral, si se puede decir así, una interpretación excesivamente antropocéntrica de los cambios que ha sufrido la Tierra en los últimos doscientos años (claro, que es el hombre el que ha operado esos cambios). Quizá sea simplemente una concesión al mercado, una forma de vender de forma más eficaz su libro. Pero no le hace falta a Lovelock, quien por otra parte siembra esta entrevista de esas piedrecitas que dejan en el camino los hombres sabios. Esa sabiduría le hace ser optimista. ¿Y cómo, cabe preguntarse, ser optimista ante las cifras que arroja? Meteorología extrema en 2020, desertización del continente europeo en 2040, parte del sur de Gran Bretaña bajo el agua… ¿qué tipo de optimismo suicida es conjugable con estos datos? Pues uno que cree en la capacidad, no sólo de la Tierra, sino del hombre, habitante de ella, para regenerarse. Aunque no para reciclarse, pues Lovelock ve mucho de gesto vacuo en toda la nueva moda del pensamiento ecologista, esa hipersensibilización que han conocido los últimos tiempos hacia el medio ambiente. Según Lovelock es todo inútil ya, la cuenta atrás ha comenzado y nada puede parar la devastación del planeta. Quizá si le hubieran hecho caso en los años sesenta… Pero yo creo que tampoco. El devenir de la Tierra venía grabado casi como un código genético en la especie, como una trama adelantada de la novela de la vida que es la Historia, esa aceleración de los fenómenos, ese vértigo del progreso que nos ha hecho más limpios, longevos, saludables pero que ha destruido el planeta. En algún momento se rompió el equilibrio y para que hoy todos tengamos lo último en tecnología en nuestro hogar, una enorme capacidad de destrucción ha sembrado de desiertos y de vertederos este mundo nuestro. Quizá sea ahí donde más en desacuerdo esté con Lovelock, quien sigue viendo en la tecnología la salvación. No hay vuelta atrás, eso sí es cierto. Su defensa de la energía nuclear, por ejemplo, no es más que eso, un optimismo casi temerario típico del talante anglosajón, quienes son un poco los pirómanos de todo esto: Grecia, el Mediterráneo, nunca habría llegado a tanto. Quizá a quien de verdad habría que pedir cuentas sea a Calvino, más atrás incluso, a esa primera necesidad de echar una carrera contra el tiempo, lo que acaba siendo también una carrera contra la Naturaleza. Contra el hombre mismo y contra Gaia, en realidad, que no conoce venganza, pero sí la aniquilación necesaria para esa regulación inevitable de su organismo: el ochenta por ciento de la humanidad habrá desaparecido antes de 2100. Quedan la esperanza final de Lovelock, ese hombre que acabará poniéndose algún día de nuevo en pie sobre la Tierra. Algo así digo en algún punto de Viaje al ojo de un caballo, imaginando un nuevo grado cero de la naturaleza en la estepa de Mongolia. El optimismo de Lovelock le lleva más allá: ese nuevo ser sabrá vivir en armonía con la madre Tierra. Todos estos mecanismos de regulación serían, según él, una forma de separar el grano de la paja, el ser de la nada, diría yo, preservar el ser humano que se crece con la adversidad y da lo mejor de sí prevaleciendo. Y pienso finalmente que mejor que el premio Nóbel de la Paz a Al Gore, mucho mejor y más justo, habría sido el de Literatura para Lovelock: ¿a alguien se le ocurre una creación más hermosa y verdadera que Gaia, esta paciente madre nuestra?

lunes, 24 de marzo de 2008

La llama del mundo

Llevo días oyendo la polémica que ha desatado el gobierno chino con su pretensión de llevar la llama olímpica hasta la cima del Everest. Se critica esta cuestión dentro de un contexto político, los disturbios en Tíbet, pero me gustaría en esta entrada ir un poco más allá, aunque hay quien dice que todo es político y hace poco hablaba de la necesidad de llevar el medioambiente a la política. Me gustaría en realidad llamar la atención sobre lo gratuito de ese gesto, lo olímpico, casi, en una acepción restringida del término: como innecesario, pura demostración de músculo. Incluso si no se produjera la triste situación que lleva décadas viviendo el país de las cumbres eternas, pretender llevar la llama que simboliza el olimpismo a la cima del mundo me parece excesivo, abusivo, casi. Hace poco escribía también sobre la muerte de Sir Edmund Hillary, quien llevó la llama de su pelo rubio a esa cima por primera vez. Seguro que Hillary desaprobaría esta nueva ambición China. Y con razón. Las cumbres tienen que ser cada vez más santuarios. Lo escribía en un artículo inédito al oír que unos expedicionarios querían "hollar" (se dice así en jerga alpinista también) un cráter aún virgen. La gesta hubiera sido, escribía yo entonces, no subir a la ladera de ese volcán extinto. A veces la heroicidad tiene mucho que ver con la renuncia, con no hacer algo precisamente porque se puede hacer. Dejar aquel paraje intonso, intacto, sabiendo que es así, me parecía una forma de respeto ejemplar, todo un regalo para las futuras generaciones, el de un sitio que nadie ha pisado y nadie pisará por puro amor al mundo, al que se le permite tener también su pudor, sus velos, sus secretos, sus intimidades. Igual que no querer saber absolutamente todo sobre un amante. Pero claro, el gobierno chino no es precisamente un amante ejemplar. En Viaje al ojo de un caballo aparece un perfil muy poco benigno del Gran Tigre Asiático visto desde los rasgados ojos de los mongoles. No es la primera vez que en este blog escribo algo que es casi una denuncia de la gran devastación amarilla. No será la última me temo. Por qué no hacer que la llame pase sólo cerca del Everest, dando un maravilloso rodeo por su base, dándole al Everest ese espacio, ese respeto. Olímpicamente.

miércoles, 12 de marzo de 2008

De poetas andarines y otras huellas

En algún lugar de Viaje al ojo de un caballo hablo de la ecología como de la nueva diplomacia. Esa posición central de la naturaleza en la vida política es la que lleva años defendiendo Satish Kumar, según leo en un artículo de John Vidal, director de temas medioambientales del Guardian Weekly y a quien he recurrido ya en otra ocasión al menos en este blog. Por supuesto que su énfasis en el respeto y amor a la naturaleza son contrarios a la realpolitik que gobierna todos nuestros asuntos públicos. Pero su magisterio no es exactamente anti-realista. La naturaleza es realista, dice. Yo iría más lejos: la naturaleza es la realidad, una de sus manifestaciones, la más raigal y contundente. Y la piel con la que el hombre (único ser no realista de la creación, según Kumar) la recubre, sólo es válida en la medida en que no sea una piel impuesta. En el debate escolástico quizá Satish Kumar estaría más cerca de los realistas que de los nominalistas. Y esto se compadece también con sus enseñanzas: predicar un enfoque más espiritual en nuestras ocupaciones y preocupaciones medioambientales. En Occidente todo tiene ese aura empresarial, desde los lobbies y los partidos políticos a las ONGs, esa sumisión a las dictaduras de la acción directa y lo que dicen las encuestas y las estadísticas. No deja de ser cierto que también la mirada medioambientalista a la naturaleza está impregnada de ese utilitarismo que denuncia Kumar (buena prueba de ello es el caso al que me refería en la entrada de hace unos días sobre caridad y medio ambiente). En realidad, si uno quiere proteger la naturaleza, lo mejor que puede hacer es ir a la naturaleza. Eso defiende Satish Kumar. Y para acompañar sus palabras con un gesto, va y recorre Gran Bretaña andando, una vuelta a las Islas de 3000 kilómetros. Según Kumar, Nietzsche desconfiaba de toda idea que no le viniera caminando. Muchos poetas han sabido pulsar esta tecla sutil de la inspiración, desde Wordsworth a nuestro Claudio Rodríguez. Y en efecto, no hace falta irse al otro lado del mundo para estar en contacto con la naturaleza. Casi todos tenemos no muy lejos de nosotros ese pedazo de tierra sobre el que poner la planta y sentir la conexión. Kumar posa en la foto en un páramo del sur de Inglaterra. Ha clavado su paraguas en el centro de un círculo de piedras megalíticas y se apoya en una de ellas. Busca conectarse con el eje de la tierra. Podría ser Mongolia, la Sierra de la Paramera, la Pampa, la Patagonia. Es todo eso y mucho más: es la Naturaleza.

jueves, 6 de marzo de 2008

La caridad y el medio ambiente

La caridad empieza en casa. Así podríamos traducir el dicho en inglés, Charity begins at home: la caridad empieza por uno mismo. Y quizá ahí, en el reducto del ser, debía quedarse. La última forma de caridad pasa por comprar la selva para protegerla. ¿De quién? Del malo de la película, está claro, el ser humano, nosotros mismos. Como consecuencia, otros seres humanos son expulsados del santuario y condenados a la indigencia. Se trata de una nueva forma de colonialismo, mucho más sutil y, quizá, más turbia. El recurso que se pretende proteger no es un bien canjeable inmediatamente, sino un valor de futuro: el agua, tantas y tantas especies en peligro de extinción, animales y plantas, el mundo tal y como era cuando… ¿Cuándo? Una vez más, el medio se convierte en fin. Y hay lucro. Ya sea en forma de expiación por los desmanes de Occidente, o bien ocultando con un desembolso aparentemente altruista, la adquisición de enormes reservas de agua subterránea (John Vidal, “The great green land grab”, The Guardian Weekly, 22.02.08, ver la respuesta en foro de Sir David Attenborough, entre otros). Los compradores vuelven a ser blancos. Los exiliados al egido impuesto del paraíso, negros e indios. Poco ha cambiado para los bosquimanos, por ejemplo, obligados a renunciar a su modo de vida selvático para salvar la selva. ¿Es la selva la misma sin la especie que ha desarrollado una forma respetuosa de habitarla? ¿Cómo se llamarán ahora los bosquimanos, que llevan en el nombre el medio, en la vida la penitencia? En Mongolia, sin ir más lejos, para que el takhi volviera a poblar las estepas, se acotó un perímetro de las montañas, se prohibió a los nómadas seguir llevando allí a pastar a su ganado y se les dio un modo alternativo de vida en los márgenes, the buffer zone, tal y como se dice en inglés: una zona de amortiguación para mantener entre algodones ese espacio prístino que acabamos de conquistar. Cultura y natura de nuevo en danza, olvidando que su cohabitación es posible. Que la cultura vino de la naturaleza, que el ser humano ha de revertir a la naturaleza, invertir en la naturaleza, para seguir siendo eso, humano. Pero algunos se lo han tomado tan en serio que van comprando por ahí trozos de paraíso.

lunes, 18 de febrero de 2008

El arca de no ser

El País dedicaba hace poco su artículo central a los vínculos, cada vez más manifiestos, entre medioambientalismo y religión. Los ismos, con su mirada entre reivindicativa y nostálgica, originarios siempre en la ciudad y su conciencia culpable (empecé este blog hablando del libro de Azúa sobre las urbes y Caín), vendrían a sintonizar con esa mirada atrás, al origen, que es toda religión, de religare, algo así como volverse a conectar. Tanto unos como otros, ecologistas y feligreses, buscan un más allá de la realidad que le dé sentido. Los primeros luchan por un más acá extinto o en vías de extinción cuya rareza emana precisamente de su desvanecimiento. Son gente con causa. Los religiosos van en pos de un más allá conjugable con el aquí y ahora. Lo suyo es una misión. Ambos a su modo desvirtúan la realidad al buscar trascenderla. Y Al Gore, que se ha movido entre unos y otros con una cintura increíble para su torso orondo, va e invoca a Noé. Su película y su actitud, pasada la responsabilidad del cargo, vienen a ser entonces un arca salvadora: cuantas más especies quepan, mejor. Pero las especies están constantemente desapareciendo y surgiendo. Darwin lo vio claramente mucho antes de dar con su teoría: igual que el individuo tiene los días contados (en eso se basa su singularidad y el milagro de su existencia), también la especie nace con fecha de caducidad. El problema es que hasta el capitán del barco es sensible a esta máxima, y la humanidad puede muy bien un día dejar paso a otra especie más humana. Yo sólo creo en un dios, la realidad. La realidad ha dado de sí, sigue dando de sí hasta formar todo lo que se menea, si se me permite el vulgarismo. Y lo que alguna vez se movió, animado de vida o no. La vida es otro camino, uno más, recorrido por ese ensayo de posibilidades que es lo real. “El ADN no piensa ni se preocupa, tan sólo existe”, así definía Richard Dawkins, un neodarwinista recalcitrantemente antirreligioso, el egoísmo de los genes, su mirada siempre hacia delante sin parar en culpas o remilgos. Pero entre la asepsia del científico y el sentimentalismo del religioso, algo se cuela y exige realidad y respeto, lo cual es un poco lo mismo. El nuevo Noé no ha fletado su barca con este espíritu, sino a toro pasado, interesadamente. Será el primero en ahogarse. Afortunadamente, la vida seguirá, copulará la paloma con el olivo, la realidad seguirá ensayando posibilidades dentro del espacio y del tiempo, dejando fuera todo lo que no se atenga a su sagrada ley.

viernes, 1 de febrero de 2008

El hombre que fue a la montaña

Hace algunos años, en mis clases de inglés de ciclo superior, mantuvimos un debate sobre el proyecto de Eduardo Chillida de vaciar la montaña de Tindaya, en la isla de Fuerteventura. Los métodos de idiomas suelen tocar siempre los mismos temas para la práctica y evaluación oral: que si el medio ambiente, que si las relaciones laborales, que si la comida, que si tus instituciones políticas o las mías. Dicho así, parece que banalizo la cuestión. Es simplemente que los alumnos, tras años de suplicio, acaban cogiéndole ojeriza al rosario de tópicos. Como son adultos, los pobres no suelen protestar, pero el hartazgo se aprecia a poco que uno aborde la cuestión fuera de las aulas. Ni que decir tiene los profesores. Pero claro, a nosotros nos pagan. Bueno, el caso es que aquel año, la inclusión de una unidad didáctica completamente dedicada al arte supuso una bocanada de aire fresco para todos en medio de este panorama. Y yo llevé a clase el asunto candente de la montaña como instalación artística, idea de Chillida, un proyecto que entonces se debatía acaloradamente en Canarias y en el mundillo del arte. Había sufrido varias congelaciones, hablo del proyecto, no del mundillo, y parece ser que acabó archivado. Los alumnos tenían una breve introducción de antecedentes, fotografías, reproducciones, descripción y motivación estética del proyecto, puntos favorables y en contra, y expresaban su opinión al respecto. Para mi sorpresa, personas que yo hubiera pensado aborrecerían ese vaciado de todo un monte se manifestaban a favor. Y viceversa. Recuerdo todo esto porque ayer leí que el proyecto se va a materializar, precisamente ahora que el autor está muerto. En aquellos debates yo reservaba mi opinión, que era favorable. Eran mis tiempos de esencialismo estético, la debilidad por Chillida, Tàpies, mi persistente admiración por Valente. Hoy sin embargo creo que el proyecto no debería realizarse. Sí, es hermoso operar así sobre la naturaleza creando un lugar, un vacío (esa obsesión de todos estos creadores), que se pueda visitar, como espacio de interacción con el paisaje. Pero es precisamente esa intervención, una palabra muy usada hoy día en el mundo del arte, lo que me espanta. Los ecologistas se oponen por las explosiones que habría que hacer y el destrozo que llevaría consigo en el paraje de Tindaya. Y pese a que los ecologistas tienen también sus esencialismos, en este caso estoy con ellos: guárdese el hombre de injerir de forma excesiva sobre la naturaleza. Y guárdese el proyecto, pero no en un cajón, sino en alguna sala de exposiciones, con maqueta, planos, dibujos, textos, recreaciones virtuales, todo eso. Guárdese como la obra que se quiso hacer, se pudo hacer, pero no se hizo, se dejó ahí: en ese espacio prístino previo a la materialización, como un pensamiento. Un homenaje al hombre que pensó la montaña. Un tributo a la montaña que fue respetada por el hombre.

miércoles, 30 de enero de 2008

En la muerte de Sir Edmund Hillary

Según leo ahora, el 11 de enero murió Edmund Hillary, el montañero neozelandés que fue el primer hombre en hollar, se dice así, ¿no?, la cima del Everest. Le acompañaba Tenzing Norgay, un sherpa cuyo nombre también se recuerda entre los connoisseurs. Pero el que ha pasado a la posteridad es, claro, el hombre blanco. Anglosajón por más señas. Por alguna parte tengo escrito que su comentario al bajar al campamento base, “Well, we knocked the bastard off”, “Le tumbamos al muy cabrón”, o incluso, “Le dimos para el pelo al muy cabrón”, es buena muestra de ese afán occidental por conquistar los espacios naturales, como si la montaña se hubiera subido a sí misma a un pedestal y pidiera a gritos que de allí la bajasen. O que la sodomizasen por su arrogancia. Por supuesto, el Everest siguió siendo el Everest como si tal cosa después de aquel 29 de mayo de 1953, fecha de su coronación. Es más, ya era el Everest mucho antes de que otro anglosajón así lo bautizara en 1865. Antes incluso de que alguien lo llamara simplemente el Pico XV. Y lo seguirá siendo cuando el último hombre blanco y el último serpa expiren sobre la tierra. Quizá sea ése el pedestal de la montaña que tanto irrita, o excita, según se mire, al ser humano: su indiferencia. Pero las cosas han sido muy diferentes en el monte Everest después de aquella escalada. Y hay que darle crédito a Hillary por saber reconocerlo: “Los que conocíamos a los sherpas a menudo pensábamos que serían mucho más felices y que sus vidas serían mucho más sencillas si el mundo de fuera les dejara en paz. Pero desgraciadamente no había la más mínima posibilidad de que así fuera. El Khumbu [uno de los glaciares que flanquean el Everest] ha sido el destinatario de muchos de los ‘dones’ de nuestra civilización: se están talando bosques, la basura se amontona en torno a los campamentos y los niños han aprendido a pedir limosna […]. A veces me corroe la sensación de culpa”. Crédito también por su trabajo con las comunidades nepalíes. Pero parece que toda relación de Occidente con otras zonas del planeta venga presidida por esa sensación de culpa, de restitución. Como cuando Hillary construyó una escuela para los sherpas en los años sesenta: “Parecía la mejor forma de devolverles la ayuda que me habían prestado”. También construyó hospitales y su altruismo, quiere uno pensar, le ayudó a subir el primero tanto como sus dotes físicas. Posa en la fotografía del obituario con la arrogancia que supone llevar las orejas descubiertas, para escarnio de sabañones, y con su perfil prognato de hombre de Yorkshire incólume, el tupé revuelto. Había sido apicultor en su juventud. Fue buena gente.

martes, 18 de diciembre de 2007

Turismo y colonización

Leo en un artículo de José Reinoso, corresponsal de El País en Pekín, que el turismo ha aumentado en Tíbet en más de un sesenta por ciento. No se aclara la procedencia de ese incremento. No se dice, por ejemplo, si es de origen occidental, aunque suponemos que las cumbres eternas (¿hasta cuándo?) y la versión más kitsch del espiritualismo siguen atrayendo sobre todo a un visitante de ojos no rasgados al techo del mundo. Sí queda claro que con el turismo está entrando más población china. En Viaje al ojo de un caballo hablo de la presencia del gigante asiático en Mongolia, siempre en lugares o industrias capaces de dar suculentos beneficios: las minas del norte, el negocio de la construcción. También hago referencia a la línea de tren que el gobierno chino ha construido atravesando el Himalaya, entre Pekín y Lhasa, capital de Tíbet, “un despropósito medioambiental sin más lógica aparente que la demostración de músculo y recursos”. Pido perdón por citarme; también por no haber visto entonces lo que deja claro esta noticia de José Reinoso, que hay otra lógica tras la construcción de la línea férrea: la colonización del país sometido. Con lo que ello implica a la hora de ocupar étnicamente Tíbet y de explotar sus yacimientos energéticos. Algo muy parecido sucedió en el Sáhara occidental y ahora nos tenemos que conformar con un acuerdo a la baja favorable a los intereses de Marruecos, el país invasor. Los parias saharauis no tienen el glamour del Dalai Lama, pero tampoco a éste parece irle mucho mejor en sus reivindicaciones. Y es curioso cómo la propaganda oficial maneja los tiempos y los conceptos. Es curioso, por ejemplo, que China se erigiera en 1950 en salvadora de un pueblo que no pidió ser redimido, y venda ahora su ocupación de Tíbet como una cruzada contra el feudalismo. Xulio Ríos, que de Asia tiene que saber un montón, intenta en el mismo periódico hacer un poco de pedagogía para entender la expansión china. Y lo que sucede en Tíbet parece una ilustración ideal de los dos motores que, según él, impulsan el renacimiento amarillo: nacionalismo y confucionismo, en un intento de “poner fin a un ciclo de decadencia” iniciado hace siglos. Nacional-catolicismo, a esa cruzada se apuntó algún dirigente occidental no hace mucho con el fin de volver a poner a su país en el mapa. Lástima que esa cartografía incluyera también la de un país ocupado. Un país que se llamaba Irak. ¿Os suena?

viernes, 14 de diciembre de 2007

Cascadas de salmón

En aquel poema de Yeats los ríos llenos de salmón simbolizaban la plenitud y sensualidad de un mundo que se pretendía trascender por otro de ascética y fría espiritualidad. A Yeats le pasaba lo que a Jorge Manrique: el contemptus mundi le salía canto pleno y nada hay más tangible que la verdura de las eras. Pienso en todo esto mientras leo un artículo en The Guardian Weekly sobre la extinción del salmón en la remota región de Kamchatka, en el extremo oriental de Rusia. Los pescadores furtivos se ponen las botas, y muchos de los bravos peces son arrojados de nuevo al río con el vientre sajado tras arrancarles las huevas: el caviar de salmón se vende, parece ser, a cuarenta dólares el kilo. El salmón se extingue, y el oso, que ahora campa a sus anchas por este territorio helado, no le va a la zaga en esa ascesis de la desaparición. Se les ve atiborrándose de peces, ajenos a la dicotomía de cuerpo y alma que cantara Yeats. Los cazadores, como en tantos otros lugares del planeta, acuden a decenas pagando una media de diez mil dólares por cada pieza cobrada. Trescientos plantígrados cayeron sólo en abril y mayo a manos de pistoleros yanquis. Tras la batida, se comen las garras y la lengua del animal. El cazador devora la esencia de lo cazado. Como aquel mafioso siciliano que se comió el hígado de su víctima en la cárcel, otro mafioso como él. Las garras y la lengua simbolizan el poder dañino de la bestia, el hígado, sin duda, encarna toda la mala baba del sicario. De modo inverso, en Mongolia un enfermo terminal de cáncer de cerebro se come los sesos de un lobo y sana inmediatamente. Vivir para ver. Y el mismo Yeats, implantándose glándulas de mono para recuperar la rija, cae en el delirio de tan primitiva viagra. El ser humano y su relación tercamente metonímica con lo natural. El ser humano y su horror vacui, trazando su vertiginosa y deletérea estela por el mundo. Eliot le cantaba a la Virgen aquello de teach me to stand still. Enséñame a quedarme quieto, no es un mal salmo para cantarle a la Naturaleza.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Presas y presos

Gente que ha leído Viaje al ojo de un caballo me dice que la imagen de China como el malo de la peli quizá sea exagerada. Habría que preguntárselo a los mongoles y demás pueblos limítrofes con el gigante asiático. Pero sobre todo, me temo, habría que preguntárselo a los propios chinos. Leo una noticia en El País de hoy, sobre la presa que están construyendo en el Nilo para el gobierno sudanés. Los trabajadores son chinos y viven dentro del perímetro mismo de la futura presa. ¡Eso sí que es compromiso con la obra a realizar y no la literatura comprometida! Por supuesto, no tienen ningún contacto con la población de Sudán y se pasan allí años sin salir. Se rumorea que pueden ser presos chinos condenados a trabajos forzados. Sea como sea, parece una mano de obra barata, rápida, eficaz. Las palabras de un opositor sudanés (¿qué dirá el gobierno?) no tienen desperdicio: "El balance es muy positivo. Hacen lo que necesitamos y barato. Su papel es mucho mejor que el de los occidentales". Los chinos fabrican mucha de la ropa que llevamos, los utensilios de cocina que utilizamos, tienen una manufactura sin rival en el mercado internacional. Ahora, además, exportan mano de obra para proyectos de ingeniería poco populares. Van a arrasar (también en el sentido lato de la palabra, me temo). La caridad empieza por uno mismo, claro, y ahí está la presa de las Tres Gargantas para quien les acuse de no aplicarse su propia medicina. El proyecto en Sudán, dicen, ayudará a sacar a África de la pobreza y a llevarla poco a poco hacia el desarrollo. Los pueblos sumergidos, los miles de realojados, la fauna y flora sepultada bajo las aguas parecen pecata minuta comparados con la promesa del progreso, esa cura para todo. Nuevamente, el fin parece justificar todos los medios. Como en las Tres Gargantas. Como en Riaño. La naturaleza se adapta, si le cubren esta parte, florecerá en esta otra. Si mueren X número de especies, otras surgirán, se modificarán. Así ha sido siempre y así seguirá siendo, aunque sea a causa de ingerencia humana, devastadora, claro, pero no necesariamente terminal. Ahora bien, ¿estamos en condiciones de asegurar que esa devastación no será definitiva para nuestra propia especie? Y sobre todo, incluso si sobrevivimos, ¿en qué condiciones y a qué precio?
A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]