[TRAS LA FERIA: Dossier de prensa elaborada por Artemisa Ediciones].
Me lo decía mi tía Patro, "Hijo, tú, no seas segundón nunca, ni en lo malo". Se refería a que incluso para ser de los últimos de la clase no vale conformase, hay que ser de verdad el último, el que menos, una forma de ser el que más. Por eso se inventaron los premios a las peor vestidas, los antióscars y demás distinciones a la baja. Y resulta que Viaje al ojo de un caballo, el libro que dio origen a este blog, es uno de ellos, de los peor vestidos, de los antibestsellers, todo un worstseller, vaya.
Por eso, en la mesa redonda que se celebrará el jueves en la Feria del Libro de Madrid, junto a los editores de otros sellos que también tienen libros infraventas, y junto a la crítica Eva Orúe, de círculo de iluminación, divertinajes, especialista en pequeñas editoriales (que es como un biólogo especializado en hongos, esto es, un micólogo), intentaremos dar con el secreto que se esconde detrás de todo worstseller.
Yo voy en calidad de autor, y los editores hablarán cada uno de su peor vendido. Mirando la lista, Viaje al ojo de un caballo no está en mala compañía, ni mucho menos. Prefiero no caer, sin embargo, en vanos consuelos como pensar que la calidad no vende, que lo comercial generalmente es malo, etc. No creo que sea cierto. Lo que lleva a un libro a convertirse en un bestseller no parece muy claro, aunque la editorial en la que se publica influye mucho, claro está. Yo siempre pienso que los que están ahí arriba están por algo, que algo tendrán, más talento o calidad, y asumo sin mayores problemas mi condición de worstseller, sin tampoco hacer malditismo de ello, por otra parte.
Mis compañeros de mesa tendrán mucho más que decir al respecto, pero a mí me parece que la razón por la que no se venden libros es simplemente porque se publica mucho y cada vez por lo general se lee menos. O se lee de forma jerárquica, piramidal, se lee mucho una serie limitada de libros, se deja sin leer una lista sin fin de títulos. Entonces, si cada vez se lee menos, o bien, cada vez se lee de forma más limitada, ¿qué sentido tendrían las pequeñas editoriales, un fenómeno de proliferación que no cede pese a la crisis? (Véase la entrada en este blog sobre "Microeditoriales").
Antes las editoriales publicaban para que se leyera. Ahora publican porque se escribe. Me explico: el polo que sostiene el fenómeno de las pequeñas editoriales no es tanto el de la recepción, el lector, como el de la emisión, el autor. Hay muchos autores, muchos egresados de facultades y talleres, gente muy preparada que tiene textos de calidad en sus cajones, y este volumen de producción genera una necesidad de publicación. Ahí entra el editor, un entusiasta, una especie de archilector, por su vehemencia lectora, un convencido de que éste o el otro texto tiene que salir. Y pasa lo que pasa, que ya no se publica para que se lea, sino que se publica porque se escribe. Por eso las ventas (pero no sólo en los worstseller, aunque nosotros seamos un poco la punta del iceberg, es decir, el punto más oscuro y recóndito de la sima), las ventas son mínimas. De hecho, según esta hipótesis, serían innecesarias, sólo haría falta que el libro estuviera escrito y que el editor lo leyera con entusiasmo.
Nosotros, los escritores de worstsellers, necesitamos al editor entusiasmado y generoso, porque de lo contrario nuestros libros no se publicarían. Luego los libros acaban acumulando polvo en los almacenes de la distribuidora en cuestión de días, y del cajón viven un tránsito breve aunque más o menos fulgurante hacia el polígono industrial. Eso a nosotros ya no nos compete, ya tenemos el ISBN, la presentación, quién sabe, quizá alguna que otra reseña.
Y los lectores, ¿dónde quedan en todo esto? Pues aparte de la ventaja que podría suponer para ellos la enorme variedad donde elegir (aunque sea un problema porque se pueden sentir aturdidos o intimidados por tantas opciones), las pequeñas editoriales son para los lectores una especie de viveros gracias a los cuales quizá algún autor acabe engrosando la cima de la pirámide, es decir, el worstseller de hoy puede ser la base para un bestseller del futuro. Nuestros libros y nuestras editoriales son como los microorganismos que garantizan la existencia de la cadena trófica; tenemos que existir, aunque seamos prácticamente irrelevantes, para garantizar la existencia de los grandes felinos en la sabana. Y desde aquí abajo, ¡cuánto se agradece que gente como los editores de esa mesa redonda, gente como Marian y Ulises, la Diosa y el Héroe de Aremisa ediciones, se fijaran en nostros con su entusiasmo y generosidad.
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Unas palabras aparte, que luego me dicen que siempre me despido a la francesa:
La entrada Yo tenía un blog en Mongolia pone fin o broche al blog. Allí explico más o menos por qué. Luego, tras visitar la exposición sobre Darwin en el Natural History Museum, me salió el texto de los arrendajos, y sin saber muy bien qué hacer con él, lo colgué aquí porque creo que responde a la forma y al espíritu de estas entradas. Ahora, con la participación de Viaje al ojo de un caballo en la Feria '09, se pone también un fin o un broche.
Gracias a todos los que me habéis visitado.
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martes, 9 de junio de 2009
jueves, 26 de junio de 2008
Pasternak y el vino tinto
Leo que la dacha en la que Boris Pasternak vivió durante años se encuentra asediada por villas de nuevos ricos. Quedan algunos artistas y escritores en esos apartamentos construidos para alojar a los creadores de la Unión Soviética, pero alrededor todo son casonas de estilo horrendo y alcantarillado donde antes había manantiales. La prepotencia del ladrillo y su culposa sombra. En Madrid, por fin parece que se va a hacer algo con la casa de Vicente Aleixandre, en la calle Velintonia, por la zona de Metropolitano. Somos fetichistas, aunque lo importante son los libros que escribieron, ver los sillones en los que se sentaron los autores, sus pipas, plumas, mesas y retratos, nos reconforta, le ponen una especie de bata y zapatillas a la literatura. Quizá sea más triste el asedio que el abandono, más preocupante ver la sede de la poesía rodeada de edificios pretenciosos financiados por el crimen organizado que saber los jardines y los muros derruidos, pasto del polvo y la humedad. Aleixandre mismo conoció mejores tiempos como autor de referencia, y sin embargo es un poeta inmenso. De Pasternak recuerdo su defensa del vino frente al vodka. Según él, parte del problema del pueblo ruso (y no le faltan) es el olvido en el que le sume ese alcohol duro y transparente. El vino, sin embargo, o eso creía él, no diluye sino que aposenta la memoria. Pero no todo el mundo se puede permitir el lujo de descorchar una botella de tinto. Al menos tienen la poesía. En Rusia, las largas tardes ocuras y frías dan para mucha lectura y, lo que es más importante, mucho debate sobre lo leído. Es también una forma de conservar la memoria: allí la poesía mantiene su función antropológica, nutre al pueblo y el pueblo la alimenta. Es, quizá más que en ningún otro sitio, todavía una cuestión lingüística y social. Aquí, entre la caspa de los progres, la esterilidad de los posmodernos y esas brumas frías de las jóvenes poetas ateridas, casi nos vale más refugiarnos en el vino. Las lecturas de poemas, con vaso de agua encima de la mesa, presentador, loas y micrófono tienen en realidad muy poco que ver con ese fondo cálido y misterioso de la palabra colmando la boca de la gente frente a una chimenea o alrededor de una estufa. La casa de la poesía está en la mente del que la escribe. Allí vive el que la lee. El respeto por la otra, la de piedra o madera, con jardín o balcones, es en realidad un respeto que nos debemos a nosotros mismos. Con ese amor tibio y pausado de una copa de vino.
martes, 24 de junio de 2008
El arte de versificación y la política
En España los políticos conservadores utilizan el arte de versificación para definirse: se declaran versos sueltos, dicen rimar con el electorado, dentro de poco acabarán hablando de conteras, cesuras y licencias. Se llamarán unos a otros estrambotes. Se acusarán de haber incurrido en flagrante esticomitia. Por fin, con aire de suficiencia, mirarán hacia abajo diciéndole al recién caído que qué lástima de pie quebrado. Están trasnochados, no se han enterado de que existe, desde hace ya más de un siglo, el poema en prosa. No saben que el verso está de capa caída, es una excrecencia del pasado, tan casposo y decimonónico como la misma capa y el sombrero de copa, un arte de nostálgicos que se escribe con estilográfica y se lee bajo una luz cenital, sorbiendo un whisky con hielo. Demasiadas marcas exteriores de reconocimiento; demasiados poetas que van de eso, de poetas. En un poema en prosa la poesía está dentro, esperando la eclosión del sentido, y no en el envoltorio, ese emblema que supone la versificación. Si yo pautara esta entrada en líneas, más aleatorias aun que las que ya establece el programa word en la modalidad de texto sin justificar, a primera vista el lector pensaría que se encuentra ante un poema. Le invita a esta suposición ese carácter identitario que tiene el verso. Luego leería lo prosaico de estas líneas y se sentiría estafado. La verdad es que muchas veces, leyendo poemas en verso que no han sido pensados como entradas de blog, sino como poemas, uno también se siente estafado. Son muchos años ya de machaconería con el zigzag de la línea, muchos años asistiendo, como espectadores de un partido de tenis, al ir y venir del sentido de un lado a otro como una pelota que todo el mundo se quita de encima. Mucho oficio y poca poesía. Frente a ese subrayado visual, que suele reproducir una serie más o menos aleatoria de versos blancos, es decir, versos canónicos sin rima, el poema en prosa renuncia a toda marca emblemática de poeticidad y se entrega a la poesía sin límites ni asunciones previas. Por eso quizá no les vale a los políticos para definirse, porque es una forma no marcada de poesía. Los políticos españoles van como el verso de un lado a otro buscando desesperadamente el sentido: los conservadores buscan el centro, y los progresistas una política de inmigración más conservadora. Como los versificadores, esos poetas que van de poetas, los políticos creen ver su identidad en todo lo reconocible, lo traducible directamente en votos. A unos y a otros se les escapa la poesía.
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jueves, 19 de junio de 2008
Los premios literarios
Leo en la página web de DVD Ediciones un artículo de Sergio Gaspar, buen amigo mío y uno de los editores con los que he publicado. Sergio es autor de dos libros importantes de poemas, Descripción de mi naturaleza, y sobre todo, Aben Razim, este último publicado al principio de los noventa y con influencia implícita o al menos no reconocida (pero los textos cantan) en algún poeta de mayor prestigio. No voy a ponerme a defender aquí la labor de DVD Ediciones pues soy parte interesada, es decir, he formado parte de ese proyecto. En su artículo Sergio Gaspar llama la atención sobre un fenómeno que a todos los que tenemos mayor o menor relación con el mundillo literario siempre nos ha maravillado: ¿cómo es posible que los premios nacionales y de la crítica recaigan siempre sobre un número muy reducido de editoriales? En el caso de la poesía, es especialmente una o dos de ellas las que más galardones de ese tipo han acumulado. Hasta el punto de invitarnos a pensar automáticamente en el cuento aquel del huevo y la gallina: ¿es que estas editoriales tienen acceso directo a la concesión del premio y todos los autores de prestigio intentan publicar allí sabedores de que sólo así pueden alzarse con el codiciado objeto de su deseo? ¿O más bien que todo lo publicado en su colección de poesía debe superar unas exigencias altísimas de calidad y por tanto lo del premio es una exudación natural, algo de suyo como dicen los filósofos? ¿Qué fue antes, el huevo de la calidad o la gallina del clientelismo? Estoy de acuerdo con Sergio, es más, no hubiera podido ponerlo todo de forma tan sucinta, matemática y cabal como ha hecho él. Ahora bien, yo creo que a su artículo le falta una pequeña coda o anexo. Porque si nos vamos a otros premios, el Ojo crítico, por ejemplo, ahí vemos que DVD Ediciones ha sido galardonada en varias ocasiones. Es decir, también para el caso de este premio habría editores que podrían suscribir y hasta escribir un artículo parecido al suyo. Sin embargo, una forma de explicar este protagonismo de DVD en el Ojo Crítico es pensar que, como indica su nombre, el galardón prima la poesía que es crítica con la realidad, que no es acomodaticia, que apuesta por las nuevas formas y denuncia los viejos saqueos. En ese sentido, se puede argumentar, el que muchos de los Ojo Crítico hayan ido a DVD es algo coherente con la línea editorial, algo de suyo. ¿Hay coherencia en que los premios más dotados y reconocidos vayan a las editoriales de mayor prestigio y poder mediático? Pues a mí me parece que sí. ¿Por qué pone el grito en el cielo entonces, con todo su derecho, Sergio Gaspar? Pues porque en muchas ocasiones para una editorial pequeña (ver el asunto del tamaño en otra entrada de este blog, “Microeditoriales”) hacerse con un nacional o de la crítica marca la delgada línea roja entre la precariedad y la subsistencia. Pasa lo mismo que cuando un poeta desconocido se presenta a un certamen de poesía: ganar o no ganar equivale a que el libro salga publicado o no, es decir, a su misma existencia como poeta. Dicho esto, habría también que ver si los premios que promueven las editoriales pequeñas, y DVD tiene más de uno, están libres del polvo y paja que denuncia tan justamente Sergio en su artículo. Es decir, habría que ver si en las decisiones de los jurados se trabaja con imparcialidad total, libres de toda influencia, lobby y clientelismo. En muchas ocasiones los premios nacionales acaban yendo al libro que defiende el miembro más vehemente del jurado, o el mejor informado, o el que tiene más contactos. La imparcialidad es algo tan intangible como la transubstanciación de las almas, aun cuando sea necesario creer en ella (¿qué nos queda si no?). Un premio nacional de traducción a una obra en griego moderno, por ejemplo, ¿cuenta con la imparcialidad y objetividad que supone el mero hecho de que todos los miembros del jurado dominen esa lengua? Si sólo se premia el resultado, sin parar en evaluar el respeto a la literalidad de la obra, ¿es ése un premio justo? En otras palabras, ¿cómo puedo votar sobre la excelencia de una traducción si no domino la lengua original? Una cosa que siempre me ha preocupado en esto de los premios nacionales, de los premios en general es, ¿cómo puede haberse leído el jurado absolutamente todos los libros publicados en España en ese año para poder emitir un juicio? Y todo fallo que no pase por esta premisa queda muy devaluado. Quizá yo mismo debería añadir un anexo a esta entrada: por razones que no vienen al caso he accedido a formar parte del jurado de un premio de poesía. Pero si yo no me leo absolutamente todos los libros que concurran, si permito que en el fallo final primen consideraciones extraliterarias, entonces no tendré derecho a firmar una entrada como ésta.
domingo, 8 de junio de 2008
El edificio Yacobian
Acabo de ver El edificio Yacobian, una película egipcia basada en la novela del mismo nombre. Las casi tres horas no han bastado para recoger todo el caudal humano que desfila por las páginas del libro, pero el resultado es más que notable. Aunque es un cine distinto al europeo y al estadounidense, pese a algunos excesos melodramáticos que quizá sólo se ven exagerados desde una óptica occidental, y pese a una fotografía que no crepita con apariencia total de realidad como la de Hollywood, la identificación con las cuitas de los personajes es inmediata igual que en la novela. Pierden peso específico la historia del joven yihadista y la pasión amorosa del periodista francófono con su amante pobre, por ejemplo; pero el personaje principal, un noble venido a menos encarnado por un actor que se parece a Berlusconi, quizá porque compartan el mismo cirujano plástico, asume un desarrollo central y es convincente y conmovedora. Hay algo verdaderamente noble en ese sesentón borracho del brazo de una hermosa joven que le grita a la sociedad egipcia las verdades del barquero una noche de invierno. La novela es tremendamente crítica con esta sociedad, y desvela un trasfondo de mezquindad, un hedor corrupto en la trastienda de casi todos los apartamentos y zulos de este hermoso edificio. Por eso el final de la pareja descompensada se hace verosímil, casi necesario: dos seres no menos corrompidos que han expiado sus mentiras con la verdad del corazón caminan juntos por una calle de El Cairo. Al leer la novela, al ver ahora la película, vienen a la memoria planteamientos corales similares como La colmena, o incluso el cómic Trece Rue del Percebe. Sobre todo con el libro se tiene la sensación de que la fachada del regio edificio es transparente y se ve pulular a unos y a otros con sus miserias. Quizá la película no se extiende lo suficiente en el submundo de la azotea (pese a estar en lo más alto), y sobra el excesivo gusto por la canción francesa, pero es una opción muy recomendable para estos domingos tontos de antes del cuarenta de mayo. La novela la escribió un médico dentista, lo que no deja de ser descorazonador para todos los que, habiendo estudiado filología, intentamos ser escritores. Cené humus, queso y aceitunas, como un pequeño homenaje a este novelista que, viéndole la boca a la gente, ha sabido asomarse a los rincones más secretos de sus almas.
lunes, 26 de mayo de 2008
La poesía de la experiencia y la nueva cocina
“Ni ellos mismos se comerían sus platos”. Así pontifica el cocinero Santi Santamaría contra sus colegas, los chefs españoles supuestamente más innovadores y más agraciados con la atención de los medios y las estrellas michelín de las guías y reseñas gastronómicas. Llevo días viendo esta polémica en los medios, un tanto hinchada a mi parecer. Vivimos en un país en el que las críticas a la obra se toman por lo personal, ad hominem, y en lugar de subir al plano de las ideas, los cocineros van y bajan a la arena del victimismo y se montan un manifiesto de cohesión. Insisto en que me parece excesiva esa reacción y patéticos esos pechos blancos heridos de vanidad. Pero si lo llevamos al terreno de la poesía, al menos tal y como se planteaba hace años, cuando yo militaba en estas lides o justas poéticas, surge una comparación interesante. Veamos: la catilinaria de Santi Santamaría contra la cocina de la espuma y la química, más bien magra de ración aunque sublimada de contenido, me recuerda los argumentos que utilizaba la llamada poesía de la experiencia contra la sedicente poesía del silencio. Todo era una gran simplificación, si bien era más fácil simplificar del lado más simple, es decir, era más susceptible de ser definida por unas líneas maestras la poesía conservadora de la experiencia que la que experimentaba con, entre otras cosas, el silencio. Como si la experimentación, las nuevas formas, aromas y sabores, estuvieran proscritas para un sector de la población española, tanto cuando se sienta a la mesa como cuando lo hace debajo del flexo para leer poesía. Los argumentos eran y son prácticamente los mismos: que si el sentido común, que si la cocina y la poesía de toda la vida, que si el lector o el comensal de todos los días, el hombre normal, el ciudadano de andar por casa, vaya. Así se justificaban también los García Montero y cía. Yo en aquellos tiempos hacía piña con los otros, los de la experimentación y el silencio, y algo de lo que escribí entonces en forma de estudios literarios defendía apasionadamente esta forma de entender la poesía. Lo malo es que acabé viendo la pata de lobo debajo de la piel de cordero de algunos de esos poetas exquisitos, y llegué a dudar de la validez de esa polaridad malos-buenos, experiencialistas-experimentalistas. Por supuesto, sigo prefiriendo a Valente antes que a Ángel González, por llevarlo un poco al ámbito de los llamados cincuenta, los poetas mayores que venían a legitimar con sus plateadas y patricias sienes unos y otros usos poéticos. No tengo nada en contra de las espumas de sandía ni de las innovaciones gastronómicas. No creo que impliquen una situación apocalíptica en el panorama culinario español, ni mucho menos. Tampoco pierdo los papeles por ir a comer a esos restaurantes caros de arte y diseño gastronómico. Pero los argumentos del hombre normal y corriente, el ciudadano municipal, etc., acaban pareciéndose mucho a los eslóganes políticos de la derecha. No en vano, como ya se ha señalado antes, José María Aznar leía Habitaciones separadas. Y no lo hacía en la intimidad, como cuando hablaba catalán, sino en el foro público del Congreso. Qué curioso que la llamada poesía de la experiencia, amamantada a los pechos del apogeo socialista de los ochenta (es muy ilustrativo al respecto leer el libro Poesía y poder, del colectivo Alicia Bajo Cero), acabara alimentando el espíritu más conservador. “Ni ellos mismos se comerían sus platos”, clama el defensor de las esencias entre pucheros. “Ni ellos mismos entienden sus poemas”, clamaban los voceros de la poesía democrática, municipal, normal, al alcance de todos. Enric González, en su columna del jueves pasado, reconocía con honestidad que en muchas ocasiones los comensales de esos restaurantes tan caros son los propios periodistas, invitados a comer de gañote para que luego larguen sobre lo nuevo y lo viejo en sus crónicas. Y la poesía sólo la leen los poetas, sujetos también a ese clientelismo del do ut des tan democrático. La mayor parte de la gente se pasa con un menú diario a diez euros, digno y sabroso donde los haya. Y la mayor parte de los lectores sólo lee El código da Vinci o mamotretos similares, desgraciadamente no tan dignos como las lentejas estofadas y el filete de emperador. Por encima de todo esto, en la espumilla mediática del mantel y del folio blanco, los chefs y los poetas juegan a la inmortalidad, hinchados y patéticos como dioses fofos, como dioses muertos.
martes, 13 de mayo de 2008
Especies (tipográficas) en peligro de extinción
Leo un artículo de Jon Henley en The Guardian Weekly sobre el peligro de desaparición en francés del punto y coma, esa especie singular, rara, incomprendida. Como todo en la Academia Francesa, achacan la extinción a la influencia del inglés, en este caso a su sintaxis sincopada, viril, fuerte; toda una afrenta a la exuberancia arbórea de la lengua de Marcel Proust, rica en sutilezas, o en afeminamientos, según se mire. Es comprensible que en una sociedad conectada a través de pantallas de teléfono móvil y de laptop, en las que el espacio es escaso, sometida la comunicación a unos usos lingüísticos que hasta prescinden de las letras, se tema por el futuro de los dos puntos, del punto y coma, del guión largo, esos anacronismos de la evolución tipográfica. Lo más curioso es que el desuso se debe, al parecer, a la inseguridad de los nuevos escritores, incapaces de utilizarlo correctamente y, por ello, propensos a eliminar de sus textos el point-virgule, de infausto nombre, hay que reconocerlo. Es divertida la cita que recoge Jon Henley de uno de los pocos de esos autores que lo usa, Michel Houellebecq: “No se acordaba de cuándo tuvo la última erección; estaba esperando la tormenta”. También es curioso, o simplemente sintomático, que uno de los ecosistemas en los que todavía se pueda ver floreciente el punto y coma sea el Journal Officiel, el equivalente al BOE en España. Guardián de las esencias de la patria, la gacetilla lo es también del idioma, como atestigua la tradición de grandes redactores del Boletín Oficial entre nosotros. Reflexiono sobre mis propios escritos y me doy cuenta de que yo también utilizo menos esta terna de mojones textuales; es decir, a mí también me afecta la desaparición del punto y coma, de los dos puntos, del guión largo. Lo asocio, así en una reflexión muy rápida, a mi adiós a la poesía; también a cierta distancia con la pedantería y envaramiento que suele caracterizar a los escritores jóvenes. No obstante, quizá algún lector de este blog piense que aún no me he alejado lo suficiente. En poesía, sobre todo en una lengua de sintaxis tan ramificada y de acentos tan regulares como la francesa, la aparición del poema en prosa responde a una necesidad de llevar al poema los recursos que hiciera suyo el Journal Officiel, es decir, de la prosa. La compartimentación del verso es ya suficientemente significativa, no son necesarias muchas más pausas, y los tres mosqueteros en peligro de extinción cumplen en realidad ese cometido: son un alto en el discurso. Por eso el poema en prosa, la variedad que yo he practicado de poesía, incorpora con abundancia los dos puntos y su elipsis semántica, es decir, el incremento significativo pese a la reducción de exponentes; por eso también el guión es un recurso muy hallado en los poemas en prosa, una especie de remanso rítmico y de sentido; por eso, en fin, ante una ramificación generosa de la línea, el punto y coma ayuda a respirar. Todos estos elementos, me parece, confirman la naturaleza cada vez menos oral de la poesía, sobre todo de la poesía en prosa, el hecho de que con mayor frecuencia el poema sea, como quería Leonardo da Vinci que fuera la pintura, una cosa mental. Yo ahora prefiero los paréntesis al guión largo, las comas al punto y coma, el punto y seguido a los dos puntos. Intento ser menos pedante, vaya, pero seguro que en más de una de estas entradas se me puede sacar los colores con la presencia todavía de alguna de esas especies en peligro de extinción. Según parece, en el futuro habrá que ir al zoo para verlas, quiero decir, al BOE .
domingo, 4 de mayo de 2008
The Road
Acabo de terminar de leer The Road, de Cormac McCarthy, y todavía tengo lágrimas en los ojos. La novela es arrolladora, tanto en su inmersión desde las primeras páginas en un planeta devastado (no recuerdo haberlo pasado nunca así de mal leyendo un libro), como en ese final acuático y, pese al submundo, tan luminoso. Sólo decae un poco para mi gusto cerca de su conclusión, en el pormenorizado registro del barco. El canto por el homo faber pasa ahí en apenas unos párrafos de la plenitud al delirio. En esos momentos en los que McCarthy se transforma en macgiver con tanta descripción de enseres, piezas y mecanismos, todo me empezaba a recordar una de las primeras novelas en lengua inglesa: Robinson Crusoe, también prolija en el desmenuzamiento de la capacidad técnica del protagonista. Justo en ese instante aparecen en The Road las huellas de las botas en la playa, y el flashback al náufrago parece confirmarse. Pero la comparación no se sostiene mucho más allá. Robinson Crusoe es un canto a la voluntad de supervivencia del individuo en un mundo que está dejando de ser providencial, casi un ensayo en las posibilidades de persistencia de una mentalidad, la Protestante, que empieza a ser dueña exclusiva y consciente del planeta. Exagerando un poco quizá se podría decir que el mundo que nace a los pies de Robinson Crusoe tiene que tener como final lógico e inevitable el paisaje apocalíptico por el que cruzan padre e hijo en la novela de McCarthy. En The Road el contrapunto del hijo hace que la historia sea algo más que una gesta de supervivencia. Lo que cuenta es una historia motivada, si se puede decir así, no una hazaña más o menos gratuita. The Road trata de algo muy sencillo pero muy contundente: del bien y del mal, y lo hace sin concesiones al todo vale posmoderno. Como si en el posmundo ya fuera imposible andar jugando a cualquier forma de relativismo. Esa misión sagrada que tiene el padre de portar la luz, de hacerle al hijo consciente del bien indestructible que lleva dentro, de alumbrar la conciencia en las penumbras de su joven cerebro, más densas si cabe que las tinieblas que envuelven el planeta, esa empresa vital de ser el portador de la llama, la pantalla que la protege, nos llega como un destino ulterior y a la vez primigenio de la especie. Por ello es tan hermoso el párrafo final, todo un poema en prosa, como hay muchos y bellos en The Road, que no pierde en ningún momento su naturaleza narrativa por ello: esas formas caprichosas en el lomo de las truchas, manchas vermiculares que pudieron ser el mundo. Que ya no lo serán. Vermicular viene de vermes, gusanos, y este final me trae a la memoria el principio de otro libro pionero en las letras anglosajonas: La Naturaleza, de Emerson, ese gusano "luchando por alzarse hasta lo humano". La realidad siempre pujando en múltiples formas, dando de sí una morfología plural que la sostenga. Y por último, leyendo The Road me vino también a la memoria otra historia de buenos y malos, El Señor de los Anillos, narrada de muy distinta forma, pero con un latido idéntico. Eso es lo que me llenó de lágrimas los ojos: ver cómo todos los seres reales, hombre, elfos, dan lo que tienen y hasta lo que son para que perviva el hombrecillo portador de la luz, del bien, del conocimiento. Ver cómo ese padre abraza siempre al hijo cuando amenaza algún peligro. También el peligro mayor de todos: que dude de sí mismo.
jueves, 20 de marzo de 2008
Joseph Roth (II)
Acabo de terminar La marcha Radetzky, la que señalan como mejor novela de Joseph Roth. Lo que cuenta sigue siendo ese mundo a las puertas de un abismo, como en Hotel Savoy, pero con una demora y un deleite en la narración que me recuerda a Doctor Zhivago, sólo que sin historia de amor. Quizá Roth es más escéptico, está más cerca ya de este mundo contemporáneo nuestro. Quizá no hacía lo que recomendaba Pasternak al pueblo ruso, no beber vodka, sino vino, que reposa la memoria. Quizá era todo una cuestión de destilación, de grados. Quizá simplemente es que Roth no era poeta. A mí lo que más me interesa, aparte de ese espectro que se cierne sobre toda la novela, ese que viene el lobo tan largamente anunciado hasta que acaba viniendo, es la relación paterno-filial, un testigo de desencuentros que se van pasando los padres a los hijos de manera trágica y, parece, inevitable. La marcha Radetzky es muy contemporánea, todo empieza con un error textual, interesado y excesivo, que amenaza con nublar el contorno real del primer teniente Trotta, Joseph. Ahí, en esa encrucijada de bios y grafos, de vida y texto, seguro que la crítica posmoderna ha encontrado dónde hincar el diente. Pero para mí lo más importante del error es el énfasis de Joseph von Trotta en que le sea restituido el perfil exacto de su verdadera hazaña. Dicen que los hermanos Grimm edulcoraron los cuentos tradicionales para hacerlos más pedagógicos, menos escandalosos para los niños. Disfrazaron el hecho de que a la Bella Durmiente, por ejemplo, no la besaban los pretendientes a su mano, a su despertar, sino que la violaban; o lo que parece ser se ha descubierto hace poco, que a Blancanieves en realidad la mató su madre. Pero los niños necesitan esa verdad antropológica sin azúcares de la narrativa tradicional, no otra función tiene el cuento, tal y como exponía en una entrada previa sobre Askildsen. No obstante, esa restauración de su verdadera gesta que le exige el teniente nada menos que al emperador, tan poco pedagógica según el Ministro de Educación, y que le sirve para tranquilizar su conciencia, acaba condenando a todo su linaje a otra restitución: un hecho desmedidamente heroico. Así, de teniente a teniente, pasando por un oscuro funcionario, el último de los Trotta da su vida cuando intenta llenar dos simples odres de agua en un pozo bajo fuego enemigo. Joseph arriesgó su vida por salvar a un hombre que representaba un mundo, el emperador. Pero en tiempos de su nieto, que son casi los nuestros, un hombre no puede calmar la sed de todo un pueblo. De todo un mundo. Ése del que se van con un ronquido seco los ánsares (maravilla de palabra) y al que llegan, en bandadas silenciosas y expectantes, los miembros más evolucionados y por tanto más inteligentes del aviario: los córvidos. Todos los fantasmas de Roth (¿todos los fantasmas?) vienen siempre del Este, una latitud en la que la poesía es necesaria para conservar, frente a la tiranía, la esperanza y la memoria.
[Me permito incluir, en la bella versión de Arturo Quintana, unas citas del libro]
- ¿Pinta? –preguntó el viejo.
- Pinta muy bien –dijo Franz, el hijo.
- ¡Que no vaya a mancharme la casa! ¡Que pinte paisajes!
*
En aquel tiempo, antes de la gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o que muriera.
*
Pero, ¿de qué servía ahora, y en este lugar, un revólver? No se veían osos ni lobos en la frontera. ¡Se veía únicamente cómo se hundía el mundo!
*
Existe un temor ante el placer que es a su vez voluptuosidad, como un determinado temor a la muerte que puede ser mortal. El teniente Trotta sentía ahora ese temor.
*
Por el espacio de un brevísimo momento el teniente tuvo la fuerza sublime del visionario: vio a los tiempos enfrentarse como dos peñascos y él, el teniente, perecía aplastado entre ambos.
*
[El emperador] Por la noche no podía dormir, mientras a su alrededor dormían todos los que tenían que vigilarle.
*
Dichoso eres –dijo el judío al emperador–, porque no verás el fin del mundo.
*
Los tiempos han cambiado –repitió el joven Nechwal– y los pueblos ya no seguirán juntos por muchos años.
*
Hoy por la mañana he visto centenares de cuervos, como nunca los había visto. Cuervos extraños que vienen de extrañas tierras. Creo que vienen de Rusia. Aquí se dice que los cuervos son los profetas entre las aves.
[Me permito incluir, en la bella versión de Arturo Quintana, unas citas del libro]
- ¿Pinta? –preguntó el viejo.
- Pinta muy bien –dijo Franz, el hijo.
- ¡Que no vaya a mancharme la casa! ¡Que pinte paisajes!
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En aquel tiempo, antes de la gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o que muriera.
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Pero, ¿de qué servía ahora, y en este lugar, un revólver? No se veían osos ni lobos en la frontera. ¡Se veía únicamente cómo se hundía el mundo!
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Existe un temor ante el placer que es a su vez voluptuosidad, como un determinado temor a la muerte que puede ser mortal. El teniente Trotta sentía ahora ese temor.
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Por el espacio de un brevísimo momento el teniente tuvo la fuerza sublime del visionario: vio a los tiempos enfrentarse como dos peñascos y él, el teniente, perecía aplastado entre ambos.
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[El emperador] Por la noche no podía dormir, mientras a su alrededor dormían todos los que tenían que vigilarle.
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Dichoso eres –dijo el judío al emperador–, porque no verás el fin del mundo.
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Los tiempos han cambiado –repitió el joven Nechwal– y los pueblos ya no seguirán juntos por muchos años.
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Hoy por la mañana he visto centenares de cuervos, como nunca los había visto. Cuervos extraños que vienen de extrañas tierras. Creo que vienen de Rusia. Aquí se dice que los cuervos son los profetas entre las aves.
martes, 11 de marzo de 2008
No os fiéis del jinete, sí del caballo: La poesía pura de Mahmud Darwix
Leo en El País de hoy una entrevista de Juan Miguel Muñoz a Mahmud Darwix, el gran poeta palestino. En concreto, unas declaraciones suyas me llevan a los comentarios que intercambié con Hugo J. Platz en la última entrada de este blog (“Joseph Roth”). Hablábamos allí de victimismo judío, de un cambio en las tornas de opresor y oprimido. Yo saqué a relucir el Angelus Novus al que se refiere Walter Benjamin como representación del devenir histórico, un ángel que avanza de espaldas y se horroriza de lo que deja atrás, que es lo único que ve. Todo está muy relacionado con el imaginario judaico en esa imagen: un pueblo al que le es vedada toda indagación en el porvenir, y aun y así permanece en constante espera de un tiempo mesiánico. O quizá por ello. Parece que este ideario haya calado en la desesperación de los palestinos si atendemos a lo que dice Darwix: “El presente es muy frágil. Nadie ve el futuro. Sólo el pasado es sólido”. La victoria del sionismo habría sido entonces total: por puro contagio de expectativas. Como decía en esos comentarios, ya el emperador Adriano tuvo problemas con el monoteísmo en Palestina. Los monoteísmos vinieron a anular una realidad plural y respetuosa, y ese emperador filántropo, al menos en el maravilloso libro de Marguerite Yourcenar, sólo podía verlos como una amenaza. Mahmud Darwix, cuya aldea fue borrada del mapa en frenesí monoteísta, según nos cuenta Juan Miguel Muñoz, no sería sino una víctima más de esa aniquilación. Su poesía, eso sí, será su resistencia. Parece excusarse el poeta por no escribir ya más poesía de combate, poesía comprometida tal y como se diría en el glosario historiográfico de la literatura española: “ahora me esfuerzo más en la estética, no sólo en reflejar la realidad. Intento humanizar nuestra causa”. Y parece olvidar Darwix que con esa poesía pura que busca ahora también está reflejando la realidad, construyendo un espacio de pureza al que su pueblo se aferre para no sucumbir del todo. Esa realidad es la esperanza del pueblo palestino. Y no lo digo como un escapismo, sino literalmente: un hueco en el idioma, en las calidades más puras del idioma, que son las menos corruptibles, en las que la tribu halle su sede y resista a la dilapidación en torno. A los poetas les gusta decir que el espíritu vive en la palabra, algo muy hebraico, por otra parte. Muy cristiano. Y muy musulmán. Por eso cuando los totalitarismos arrojan al alma fuera de ese habitáculo y se apropian de la letra, el espíritu se refugia en la poesía. La de Mahmud Darwix, por ejemplo: “No os fiéis del caballo, ni de la modernidad”. El poeta alude aquí a los indios americanos, aniquilados por hombres blancos a caballo. Tengo para mi propia visión mítica, sin embargo, que los indios vivieron el arte ecuestre como una restauración (el animal también lo fue si hacemos caso de los fósiles que encontró en la Patagonia Charles Darwin); no en vano provenían de los primeros jinetes, los mongoles, a través del Estrecho de Bering. Y aunque ahora se especule con la posibilidad de que los primeros americanos fueran en realidad africanos pasados por Oceanía y arribados al sur del continente, yo sólo hablo de un territorio mítico en el que el enemigo nunca puede ser el caballo, sino quien lo utilizó para usurpar otro mito: el del centauro.
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domingo, 9 de marzo de 2008
Joseph Roth
Otra vez fue Mateo el que levantó la liebre: Estoy leyendo a Roth, me dice el otro día, no a Philip, sino al centroeuropeo: Joseph Roth. Me quedo con la copla y unos días más tarde, en el Arranca Thelma el día de la lectura (al fin y al cabo es una librería) veo Hotel Savoy, editado por el Acantilado, y me lo compro. En casa de mi madre había un cenicero del Hotel Savoy, un clásico del Madrid de los sesenta en el que trabajó algún tío mío. No fumaba nadie, y sólo lo sacaban a pasear para las visitas. Era metálico, verde, con el dibujo y el plano del hotel, muy sesentero, todo un mito dentro de mis días de infancia. Abro el libro y me encuentro con otro territorio mítico, un espacio en el que los mitos, y los héroes, están en desbandada y los hombres miran con ojos de pánico el mundo que se avecina. Me encanta la rapidez del estilo, muy expresionista, y leo luego en la Wikipedia que así se define más o menos esta novela inicial, expresionismo alemán. Creo que Joseph Roth, como von Hoffmansthal, Mallarmé, el mismo Yeats, y hasta Joyce, son los últimos escritores románticos, gente que echa sus raíces en el mundo antiguo, un mundo que desaparece ante sus ojos y les provoca esa mirada de ojos abiertos, nostálgica, de pérdida sentida auténtica y trágicamente. Ya al final de libro, Gabriel Dan recupera su flirteo con la chica, desaparecida en las páginas de iniciación del centro del libro, y sopesa la posibilidad de manifestarle su amor. Pero no lo hace y en esa contención, ¡cuántas chicas no habremos dejado escaparse, irse con el Alexander de turno! Lo que dice Gabriel a raíz de esta pérdida vale también para la pérdida del mundo de Roth y tantos escritores de entresiglos: "Quizá sea ésta la época en la que las muchachas amen a Alexander Böhlaug". La época del gran exilio de los héroes. La novela termina con la invasión inminente de uno de los grandes totalitarismos, el que sopla desde Rusia con viento siberiano, y la Historia se ha encargado de darle ese crujido trágico y nostálgico al mundo que deja atrás Gabriel Roth. Por supuesto, me he hecho con La marcha Radetzky y he ecargado El Anticristo y El triunfo de la belleza. Ése fue su único triunfo. ¿Cuál ha sido el nuestro?
martes, 19 de febrero de 2008
Ulises, un héroe posmoderno
Se publica un estudio sobre las interpretaciones del mito de Ulises a lo largo de la historia: Las criptas de la crítica, de Núria Perpinyà. El propio libro, tal y como se presenta, parece una exégesis más, la última: la posmoderna. El énfasis en lo poliédrico de todas estas miradas sobre un personaje especialmente esquivo, el resumen final de que no hay una única verdad, ese todo vale posmoderno, lo confirma. Así que la próxima evaluación de Odisea tendrá que recoger esta penúltima interpretación y su voluntad de atender a todas las anteriores sin jerarquizar ninguna. Veo, sin embargo, que se contradice este espíritu de debilidad posmoderna, de historia tras la historia, al atribuir Odisea al mismo autor que Ilíada, un autor fuerte, por otra parte, con nombre propio y leyenda. Sin embargo, desde mi experiencia como simple lector de los poemas homéricos, bien lejos del especialista, no me parece que sean obra de la misma pluma, o de la misma voz (lúcidas las declaraciones de la autora al reivindicar el verso en toda lectura de Homero, del mismo modo que nadie leería las letras de los Beatles sin escuchar la música). En realidad, yo diría que son fruto de tiempos distintos: el épico y fundacional, Ilíada; una época de ocio y decadencia, Odisea. Sólo así se puede entender un personaje tan ocioso como Ulises, ausente en gran parte de la narración, de picos pardos por ahí (primer turista sexual, tal y como reza la noticia) mientras el relato empieza sin él, sigue sin él, lo evoca in absentia. Absentee hero, este Odiseo vuelve para vengarse y sólo entonces reedita el espíritu sangriento del cerco a Troya. Pero ya lo hace con saña, con gratuidad casi, desde un tiempo y una heroicidad ya trágicamente modernos.
domingo, 17 de febrero de 2008
¿Thomas? ¿Qué Thomas? Sobre Kjell Askildsen
Mateo de Paz sigue alimentando el mayor de mis vicios: la lectura. Me invita a su casa a comer y vuelvo con varios libros. Leo el primero y ya está montada. La lectura, digo; y la escritura que es toda pregunta por la lectura, ese más allá del texto. También caen en ese exceso casi todas las reseñas que la editorial Lengua de trapo ha colgado en su página web bajo el nombre de Kjell Askildsen, que así se llama el autor del libro. Todos subrayan su maestría técnica, su precisión, brevedad, economía. Buscan un referente y caen en nuevas exageraciones: el Carver europeo. Como en el caso de Murakami, parece que todo lo que no sea buey tenga que ser vaca. Lo que no es Cortázar será Carver, parecen decir una y otra vez los blurbs de todo el mundo. Pero hay muchos otros mundos narrativos. Entre otras cosas, hay toros, el opuesto entero de la vaca. Y echo de menos también, en esa mirada ulterior de críticos y escritores, la cuestión antropológica. Ahí es donde Askildsen es Askildsen, donde cada autor que se precie es él mismo. Y donde más tiene que decirle al lector, por encima de evaluaciones técnicas. El cuento tuvo su función antropológica, un aviso para navegantes, fueran niños que tenían que acostumbrarse a distinguir el grano de la paja en el ser humano, o mayores que olvidaban con demasiada frecuencia la línea sutil que separaba ambos. Luego todo se torció, y la narrativa breve se contagió de la novela, especializada genéticamente en hacer olvidar ese contorno. Quedan, sin embargo, perlas aquí y allá, autores y cuentos. Es fácil dejarse llevar por los fuegos de artificio, por el arte del escritor. Como en el caso de la poesía, muchos de quienes catalogan lo que se publica en cuento son a su vez cuentistas, fascinados por ese plus del texto. Pero a mí el relato cuando más me llega es cuando el valor técnico ocupa un segundo lugar con respecto al cociente antropológico. Por eso, en estos cuentos de Últimas notas de Thomas F. para la humanidad, el primer libro de Askildsen que he leído (no el último, eso también lo puedo asegurar), me quedo con el titulado “La señora M.”; o con la pieza final de la serie que da título al conjunto, “Thomas”, y con el cuento final, “Un repentino pensamiento liberador”. En esos encuentros entre el anciano y la mujer, entre el anciano y el niño, entre el anciano y el anciano, me parece que el cuento recupera ese valor de paso del testigo que ha tenido siempre. El viejo le da al niño su búho de madera, una estatuilla que es más vieja que él mismo y simboliza la sabiduría. Y el cuentista le da al lector el objeto abreviado y compacto que es el cuento, un conocimiento que va más allá de él y al que la técnica debe servir sólo como partera. El conocimiento íntimo de la especie.
miércoles, 13 de febrero de 2008
Peixoto
Acabo de terminar de leer Cementerio de pianos, de José Luis Peixoto, escritor portugués que me recomendó Mateo de Paz. Todos los elogios que el editor cita en el blurb alaban su uso del lenguaje, subrayando las calidades poéticas, algo que los editores siempre subrayan en sus novelistas, aunque luego los críticos lo marquen muchas veces precisamente como un demérito. Sin embargo, de lo que es quizá lo más ambicioso del libro, su estructura poliédrica, no hay mucho destacado en ese rosario de citas de la contraportada. ¿Porque no le acaba de salir bien? Es posible. Queda claro que el registro poético de gran parte de la novela oculta o amortigua un tanto la narración. Pero a cualquiera que la lea le llama la atención poderosamente el juego de voces, tiempos y espacios, los ángulos de la mirada con los que Peixoto juega en su relato. De hecho, lo uno no sería posible sin lo otro, es decir, el zigzagueo narrativo permite las reiteraciones, algo que se suele atribuir al discurso poético (en ocasiones, por ejemplo, su uso de los tiempos verbales recuerda el tono palinódico de Gamoneda); y a su vez la repetición casi como un estribillo de las voces hace que el enfoque desde distintos puntos de vista no resulte ni machacón ni innecesario . Sin embargo, hay algo en ese clic final que busca Peixoto, la coincidencia de los planos sucesivos en un fundido último, que no acaba de hacer realmente clic en la sensibilidad del lector. Sí lo hace, no obstante, y muy posiblemente sea esa la voluntad del autor, en su capacidad de enjuiciamiento moral. La demora, el rodeo, la reiteración de lances desde varias ópticas, todo se parece bastante a un sumario, o a un careo entre las distintas partes implicadas, maltratado y maltratador, víctima y verdugo, que fuerza al lector a tomar una posición, o a matizar la que había tomado inicialmente. El ejercicio de posmodernidad ha sido superado con creces, pues, y sale Peixoto airoso de su particular lance. Personalmente, eso sí, me quedo con la primera parte, el relato mondo, si se me permite decirlo así, en primera persona, de alguien que se va y cuenta cómo fue todo antes de que él viniera, después de que se ha ido. También hay ahí un cociente moral de importancia, y una narración sobrecogedora, diestra y llena de frescura, fuerza y necesidad. La desconstrucción no siempre garantiza que el edificio derruido sea más digno que el que estaba en pie. Y he de admitir que tras esa primera parte en la que apenas cerré el libro y los ojos, llevado casi en volandas por esa voz que nace como muy adentro, leí el resto del libro como una caída y un excesivo merodeo. Será que soy poco posmoderno. Me descubro, eso sí, ante el talento de Peixoto.
viernes, 1 de febrero de 2008
Un galgo
Son dos fotografías. Y en una hay un galgo. Se parece al que sale en la portada de Disgrace, la novela de Coetzee. Quizás a Vladímir Sorokin, el escritor ruso fotografiado junto al galgo, le guste Coetzee. Es un hombre de cincuenta y tantos que aparenta menos años. Un escritor ruso en pantalón corto y camiseta con un galgo en el sofá. Pero no un galgo ruso. Toda una declaración de intenciones. En la otra fotografía, un grupo de jóvenes en camiseta y vaqueros, desenfadadamente uniformados, forma corro alrededor de un hombre maduro que viste, con idéntico estudio en su desenfado, de negro. Estos chicos también son rusos, pero a diferencia del escritor, aparentan mucha más edad que la que tienen. Escuchan divertidos las bromas del presidente de la nación: otro Vladímir, Putin, en cuyo ademán leemos un desenfado igualmente protocolario, fotografiable. Los chicos pertenecen a un grupo defensor de las esencias rusas. Se llaman a sí mismos Nashi, y han protagonizado actos de quema de libros del escritor que tiene un galgo en el sofá. Parece ser que sus novelas no son muy ortodoxas con el ideal de la patria. Merece la pena leer la entrevista de Rodrigo Fernández a Sorokin. El escritor analiza la realidad de su país con frialdad y esa socarronería rusa fruto de la resignación. Sacar los pies del tiesto en Rusia es peligroso. Sorokin cree que el asalto a los escritores no respetuosos con el régimen no se ha producido aún. Los cachorros pueden quemar todos los libros que quieran, azuzados por el poder político, pero éste sólo ha mordido por ahora a los periodistas. Y a los espías, que son como corresponsales ágrafos. ¿Quién será el primer novelista mordido por el poder?, parece preguntarse Sorokin. Mientras, su galgo le mira con ojos beatíficos. El hombre de negro rodeado de veinteañeros, por su parte, tiene una expresión canina en su cara. Como los perros, no se sabe muy bien si sonríe o no cuando abre la boca. Si es que le hace gracia algo o es que enseña los dientes.
jueves, 27 de diciembre de 2007
Lo que puede Wendy
Mientras espero en el aeropuerto de Barajas, pongo al día los periódicos atrasados y leo un artículo de Wendy Cope, la poeta británica. Se queja del uso y abuso que Internet permite hacer de sus poemas sin pagar copyright. Tiene gracia el primer párrafo, con ese humor británico tan funerario: según su marido, en su lápida pondría algo así como, "Wendy Cope. Reservados todos los derechos". Es decir, esta poeta parece un equivalente anglosajón de nuestro Ramoncín: azote de piratas y de abusos del talento ajeno. Pienso que los textos de Wendy Cope gozan de tanto predicamento en la Red por su propia naturaleza. Ella misma lo reconoce: "Es muy fácil copiar un poema [...] mientras que nadie se va a molestar en fotocopiar o descargarse una novela entera o una obra de ensayo[...]. Los autores de poemas cortos y divertidos son especialmante vulnerables". Nadie se va a descargar una égloga de Garcilaso, pero un poemilla de García Montero es una tentación para cualquiera con dedo fácil y fácil gusto poético. Yo no llevaría las cosas tan lejos como Wendy Cope. Claro, que nadie iría por ahí copiando mis poemas. A mí me valdría con que se pusiera el nombre del autor bajo cada poema fusilado. O ni siquiera eso. No, yo no lo llevaría tan lejos como para exigir que se paguen derechos por esa reproducción en servidores, páginas, blogs. A fin de cuentas, ¿hay mejor destino para un poema que el de volver al anonimato, a la materia oscura de la lengua? Mucha genta canta coplillas de Lorca sin saber que son de Lorca, pero, claro, nadie se va descargando por ahí Poeta en Nueva York. ¿Es ese el problema de Wendy Cope, que ella sólo escribe coplillas? Porque hay algo que no parece claro en su queja: un poema de su autoría copiado en la Red por alguien que, en vez de comprarse el libro lo fusila de otra copia pirata, puede muy bien llevar a otro lector a interesarse por el autor y comprarse el libro, que tal parece ser la preocupación de Wendy Cope. Entonces el epitafio de su tumba brillará radiante de felicidad.
martes, 18 de diciembre de 2007
La novedad de la literatura anónima y colectiva
En El País de ayer se publicó una doble página sobre la literatura en la Red, la posibilidad de crear narraciones de manera colectiva y anónima. Empecé a leerlo, pero me pareció que se le daba demasiada importancia a ese fenómeno. Veo que el tema preocupa, o al menos ocupa, a los redactores del periódico, porque hoy le han dedicado una parte de la sección editorial. Lo titulan “El nombre ya no es importante”. Y yo me pregunto, ¿pero es que alguna vez lo fue? Sigue pecando este análisis de cierta hinchazón en sus preocupaciones. Casi se contradice en su entusiasmo cuando pasa a enunciar los distintos argumentos que tiran por tierra el auge de una literatura anónima y colectiva. Pero no menciona el más importante: que se trata de fenómenos en absoluto novedosos en la historia cultural de Occidente. Desde el amanuense al negro literario, las bibliotecas están llenas de libros que deben su existencia al esfuerzo de varias y, muchas veces, anónimas manos. El acento, que así se llama esta sección más informal de la línea de opinión del nuevo El País, no está bien puesto. Porque lo de menos es que al público le importe mucho o poco ahora el nombre del escritor (En la última frase, “Qué golpe tan duro para la vanidad literaria”, ¿es exagerado ver una especie de venganza o reivindicación del plumilla envidioso del divo literario?). Eso es lo de menos. Lo de más es, de nuevo, que el medio acabe convirtiéndose en fin, y que una forma de hacer literatura como otra cualquiera, la colaboración bajo pseudónimo o anonimato en Red, acabe imponiéndose como la única forma de literatura. A ello me refería unas entradas más abajo al hablar de postliteratura. Y me temo que ese peligro va a encontrar abonado el terreno: los sucesivos informes PISA alertan sobre la analfabetización progresiva de la sociedad. Si nadie lee, nadie queda para decir cuándo un texto (independientemente de si lo escribió Agamenón, su porquero, o el mismísimo Machado) es bueno o malo. Quedará el texto ahí, exento en la sopa cósmica. Lo de menos será la ausencia de nombre. Lo de más es la capacidad de elegir.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
La sociedad postliteraria, Darwin, la materia oscura
Creo que fue preparando la traducción de Emerson. En algún estudio leí que estábamos en la sociedad postliteraria y que el sabio de Concord se resentía de ello: nadie lo lee ya en los Estados Unidos fuera del ámbito universitario. Quizá así se explique la vía muerta en la que entró aquella traducción. Desde entonces, siempre que he tenido ocasión de decirlo, por escrito o a voz en grito, lo he dicho: vivimos en una sociedad postliteraria y, claro, el género que más se resiente es el más literario, es decir, la poesía. Todo esto al día siguiente de haber corregido pruebas de mi segundo libro de poemas, Darwin en las Galápagos, que verá la luz el año que viene. Es un poco la otra cara de Viaje al ojo de un caballo, con bastantes animales, aunque no hay ningún équido (quitando al autor, claro, cuyo año chino es el del caballo). El libro lleva tiempo en lista de espera como es normal en estos casos. Durante estos años ha cambiado de título, ha adelgazado (aunque yo haya engordado), viene más ligero de equipaje, más maduro y sereno, más compacto. Y hoy, cuando bajo a comprar la prensa veo Viaje al ojo de un caballo en el escaparate de la papelería. Jesús, mi quiosquero, que trabajó en una imprenta hasta que las regulaciones le hicieron cambiar de papel, y nunca mejor dicho, tiene una papelería de barrio. Allí compro cada día el periódico. Y allí, junto al último best-seller y las cajas de lápices Alpino, veo las all-star de mi librito. Si hay algo más absurdo que los nacionalismos, sin duda son los nacionalismos de barrio. Yo no lo practico, pero me da alegría ver Viaje al ojo ahí (tras la insistencia de Jesús, que quiere darme a conocer a su parroquia). Entonces abro el periódico y veo la entrevista de Enric González, ese lujo de corresponsal, a José Funes, astrónomo en el Vaticano. En la eterna expansión del Universo, le pregunta Enric, ¿no llegará al final su desintegración? "No", responde el jesuita. "Se mantendrá por debajo de la gravedad crítica gracias a la energía oscura, una energía que aún no comprendemos". A vueltas con el Ser y la Nada, me digo, la Realidad y la Nada, el Universo y la energía tenebrosa de la Nada. Y en la postliteraturización de la sociedad, me sigo diciendo, ¿no acabará desintegrándose la literatura? Pienso en mis dos pequeños libros, pienso en Emerson, en Jesús, y entro con una media sonrisa en la estación del metro.
martes, 4 de diciembre de 2007
José Viñals a caballo
Me llama José Viñals, el poeta argentino afincado en Andalucía desde hace años, para decirme que Lunas rojas, la revista de poesía virtual, ha publicado un monográfico sobre su obra. Viñals es un poeta fuerte, radical, sin remilgos. También se podría decir que es un poeta viril, y esto en el sentido emersoniano. Valdrían catálogos como "surrealismo", "irracionalismo". Yo lo dejo en Poesía, así, sin comillas, con mayúscula. A veces la poesía nos deja de visitar. A veces se tiene la entereza de admitirlo y dedicarse a otra cosa. En el caso de Viñals, la poesía le habita. Su labor es mantenerse fiel a esa labor de hospedaje. El caballo es muy importante en su obra. Normal, viniendo de un autor cuya mente se ha forjado en el yunque infinito de la Pampa. Poeta del amor, como todo poeta de raíz, y del exilio, como todo poeta, José conoció las zarpas de la dictadura igual que tantos compatriotas suyos y cruzó el Atlántico. Fue dinamizador cultural en la Andalucía de los ochenta. Es y sigue siendo, en el buen sentido de la palabra, poeta. Termino con sus palabras, es decir, comienzo:
Y tu caballo tendrá peso y sombra, para el cauto apretón de tus rodillas, para tu espuela de plata gris, inexsitente.
Así monta el mongol. Y el indio americano. Y a José Viñals, este gaucho varado entre olivares, tampoco le hace falta metal hiriente en los talones para indicarle el pulso y el sentido a su caballo.
Y tu caballo tendrá peso y sombra, para el cauto apretón de tus rodillas, para tu espuela de plata gris, inexsitente.
Así monta el mongol. Y el indio americano. Y a José Viñals, este gaucho varado entre olivares, tampoco le hace falta metal hiriente en los talones para indicarle el pulso y el sentido a su caballo.
viernes, 30 de noviembre de 2007
Música, filosofía, matemáticas, ¿poesía?
Leo en El País de ayer el caso del alumno que sacó la nota más alta en las últimas pruebas de acceso a la Universidad: nueve con noventa y nueve. La Universidad es cicatera hasta con los que no han entrado aún en ella. El chico no quiere estudiar ingenierías ni administraciones, sino música. Y matemáticas, es decir, tiene su vocación perfilada en una sola y nítida dirección. Porque es lo mismo. Diego, que así se llama nuestro amigo, habla también del vínculo entre ambas disciplinas: Pitágoras y el puente que trazó entre el número y la nota musical. Es decir, habla también de Filosofía. A veces creo que la sucesiva especialización está desamueblando nuestras cabezas, que lo mejor sería enseñar a nuestros chavales solamente eso: Música, Matemáticas, Filosofía. La vida y ellos mismos ya se encargarán de la especialización. Con un buen disco duro, el software es cosa secundaria. Diego no tiene novia, o bien su novia es su violín, ese instrumento hermoso, caprichoso y curvilíneo igual que una veinteañera. Y también le gusta la poesía. La lee y escribe, pero no traducida. Es normal, le gustan las cosas auténticas, la pura raíz. A mí me gustaría que a Diego le gustaran mis poemas. Y, claro, también mis traducciones de poesía. Pero no aspiro a tanto. Sea como sea, será siempre su opción. Y parece que tiene criterio. Porque la poesía no se enseña. No, señor, la literatura, la lengua, el arte, todo eso no se aprende, se ejercita. Y se disfruta. Es más, estoy plenamente convencido de que una de las razones por las que la gente no lee poesía (hay otras, por supuesto) es el maldito comentario de texto de la selectividad, ese ejercicio de vivisección que mata lo físico, lo fónico, lo material del poema. Me cae bien Diego. ¿El nuevo premio Hiperión de poesía?
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A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]