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lunes, 2 de marzo de 2009

LAS CUATROCIENTAS VOCES: DARWIN Y CÓMO MATAR DE TRASCENDENCIA UN ARRENDAJO

El título alocado de estas líneas hace referencia a un hecho curioso. Empieza con un equívoco, y es que no fueron las distintas variedades de pinzón de las islas Galápagos lo que hizo a Darwin empezar a darle vueltas a la teoría de la evolución, sino los distintos tipos de cenzontle. También llamado sinsonte, y cantado entre otros por Silvio Rodríguez, este pájaro vistoso debe su nombre nahua al hecho de que imite las voces de otros pájaros y mamíferos. El pájaro de las cuatrocientas voces, ésa es la etimología de cenzontle. Es decir, el pájaro que le dio la pista a Darwin sobre la polifonía de la forma en el mundo natural, el hecho común de la biodiversidad bajo pautas de economía morfológica, especialización genérica y herencia genética, es un pájaro que a su vez es todos los pájaros, las cuatrocientas especies con sus trinos que caben en la memoria especializada del nahua que lo nombra. Darwin sabía de qué hablaba cuando oía un cenzontle. Nosotros, con la historia de los pinzones, hemos acabado por liarlo todo un poco.
El cenzontle o sinsonte vive en América, y uno de los caminos que llevaron a Darwin a su famosa teoría está esbozado ya en el diario del viaje del Beagle, varias décadas antes de que formule, o al menos de que publique, El origen de las especies. En sus paseos de exploración por la Patagonia recogiendo fósiles, Darwin se da cuenta de que las especies ocupan en todos los continentes nichos jerárquicos, niveles de uso especializado de los recursos existentes. En todas partes hay un felino de tamaño medio, un cuadrúpedo de tamaño grande, un carroñero volador, una rapaz que depreda pájaros más pequeños, etc. Porque si no lo hay, la evidencia de los fósiles demuestra que lo hubo. Y eso lo descubre Darwin para el caso de América cuando encuentra el primer fósil de un antepasado del caballo. Pues bien, el nicho que el sinsonte ocupa en América, el de un pájaro de tamaño pequeño-medio que imita el canto de los otros pájaros y utiliza esa destreza para subsistir, lo ocupa en Europa el arrendajo, o más aproximadamente, por tamaño y por familia, la calandria.
Que en mayo era por mayo, cuando hace la calor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, así comienza el famoso Romance del prisionero, uno de los más conocidos en la tradición hispánica, y toda una lección de etología en sus versos iniciales. El primer traductor del famoso libro de Harper Lee, To Kill a Mocking Bird, parece ser que se dejó llevar por este comportamiento engañoso de los mímidos, y también confundió la calandria con el ruiseñor, dando pie a un título ya incorregible, Matar a un ruiseñor. Por supuesto, la sonoridad y las connotaciones que tiene este título superan las que podría tener otro más literal como Matar a una calandria, y más todavía que las del científicamente pertinente, Matar a un sinsonte, en Hispanoamérica, o Matar a un arrendajo, en España.
El arrendajo es el pájaro que arrienda, es decir, imita a otros pájaros. Exactamente igual que mocking bird, el pájaro que se burla, mock, de otros pájaros, pues los engaña con la copia de su canto. Su presencia en la lírica popular estadounidense aparece bien atestiguada en la música pop, por ejemplo, desde Tom Waits a Michelle Shocked: Hush, little baby, don’t you say a word, Mamma’s gonna buy you a mocking bird. No le valió al pajarillo su facilidad para el disfraz canoro, sin embargo. O quizá sí: imitó tan bien el canto de un ruiseñor, que se coló como tal en las estanterías de los lectores hispanohablantes. Seguiremos hablando de pinzones para explicar la teoría de la evolución y nos imaginaremos a Gregory Peck como amigo de los ruiseñores en la versión cinematográfica del libro de Harper Lee, pero Darwin estuvo mucho más atento.

martes, 1 de julio de 2008

Ebria de polen y de atrevimiento

Drunken and overbold, así describe en un poema Robert Browning a la abeja, ese animalito del que tantas cosas hemos aprendido y, según parece, todavía tantas tenemos que aprender. Aunque si escribiera hoy desde los Estados Unidos, quizá Browning le pondría otros adjetivos al insecto, stressed and overworked, estresada y hasta arriba de trabajo: millones de ellas son llevadas en camiones cada año para polinizar almendros y otros cultivos a lo largo y ancho del país. Tanto trajín las está afectando, alterando sus ritmos de sueño, sus coordenadas vitales, y si a esto le sumamos la agresividad de muchos pesticidas que no distinguen los buenos de los malos entre los insectos, se produce el abandono inexplicable y masivo de las colmenas. Como los niños de Hamelín, las abejas de repente desaparecen de la ciudad, sin dar un ruido, convocadas por una llamada misteriosa que no deja atrás ni la muleta aquella del niño cojo: idas en un abrir y cerrar de ojos. La misma reseña de la que extraigo esta información [A World Without Bees, libro de Alison Benjamin y Brian McCallum] recoge en uno de sus titulares algo sorprendente: Einstein predijo que si se extinguieran las abejas los seres humanos no durarían ni cuatro años sobre la Tierra. El efecto tantas veces mencionado de una mariposa batiendo las alas en el hemisferio sur y provocando un cataclismo en el norte no sería nada comparado con una deserción en masa de la abeja Maya y sus congéneres. Los humanos solemos preocuparnos por animales más grandes y de aparente mayor rareza, las campañas de protección de la naturaleza adoptan osos o tigres como mascotas, y bautizamos, con singular ombliguismo antropomórfico, a unas y a otras especies con rasgos nuestros: el perezoso, el diablo de Tasmania, el del rey de la selva. Pero es otra reina (y nos la estamos cargando al estresar a su séquito) la que verdaderamente ostenta la posición de prominencia para nuestra especie en la pirámide animal. Porque también el néctar que las abejas producen puede acabar siendo nuestra Némesis, y vamos todos como locos mirando las etiquetas de los tarros de miel, no vaya a ser miel impura, recolectada cerca de Chernobil, por ejemplo, o no lo suficientemente lejos. Pero los cánceres que nos asedian no llevan etiqueta y el aire no conoce filtros ni puertas tiene el campo. El animal morfológicamente más alejado del hombre (aunque nos recuerde tantas cosas su comportamiento), cuyo vuelo y cuya vida podemos interrumpir con un simple manotazo, puede a su vez encerrar nuestra salvación y ser nuestra condena. Conviene no olvidarlo. El poema de Browning, por cierto, se titula “La popularidad”, y en él tiene un papel estelar otro animalito aparte de la abeja: el múrice, una especie de molusco de cuya sangre se extraía un tinte natural de color azulado. La ciudad de Tiro, en el Líbano, fue famosa en la Antigüedad por sus múrices. Entre Chernobil y Tiro, dos ciudades marcadas por el azar y la desgracia, entre el dorado y el púrpura, vamos atravesando el mundo con un séquito de abejas.

Casi como ese único alfiler de oro
que fulge en la matriz secreta de la campanilla,
y que, llegados tiempo y plenitud de ardores,
le llevará la abeja en un rumor al zángano,
ebria de polen y de atrevimiento
.

sábado, 28 de junio de 2008

Turguéniev y el mundo animal

Acabo de terminar La reliquia viviente, una selección de los cuentos de Turguéniev. Lo ha editado, en traducción de Fernando Otero, Atalanta, puesta en pie hace unos años por quienes levantaron Siruela, y el sello se nota en el preciosismo de los libros y en las exquisiteces del catálogo. De Turguéniev sólo conocía Los poemas en prosa, y esos esbozos del final de su obra tienen un magnífico y ampliado precedente en estos Apuntes o retratos de personas, paisajes y animales. Me quedo con estos últimos, defendidos con vehemencia en el libro pese a que todos los cuentos tienen como testigo a un cazador. O quizá precisamente por eso. Si Turguéniev se adentra por primera vez para la literatura rusa en el mundo de los siervos, abre también el territorio real del bosque a la imaginación, y pone la primera piedra para un decálogo de derechos de todas las criaturas de la Naturaleza: “Seguro que disparáis a los pájaros que vuelan por el cielo… Y a los animales del bosque. ¿Y no os da vergüenza matar a los pobres pajarillos, derramar sangre inocente?”. Quien habla es una especie de iluminado, cierto, un personaje al que muchos tienen por loco, pero queda esa voz ahí, a mediados del siglo XIX, reclamando una mirada de atención para el mundo animal. Aunque de entre estos seis cuentos (Apuntes de un cazador consta en su edición definitiva de veinticinco) sólo en uno de ellos hay un animal protagonista, las referencias a perros, caballos, pájaros y liebres son impagables. Truguéniev se crió en el campo, fue un siervo quien le inculcó el amor a la literatura, pero el mundo natural le entró sin medida por los cinco sentidos, a juzgar por la fidelidad con la que recoge el gemido de orgullo herido del perro, o cómo el miedo hace audaz a la liebre. La literatura cobra aquí nuevos territorios. El caballo es, sin duda, el animal en la cima de esta jerarquía natural. En los dos cuentos enlazados del final, “Chertopjanov y Niedopiuskin” y “El final de Chertopjanov”, se nos presenta un cuadro muy quijotesco. Los dos personajes del primero de estos títulos parecen una versión rusa del siglo XIX de, respectivamente, don Quijote y Sancho. Su aparición en una escena venatoria ante el narrador es espectacular: Chertopjanov a lomos de un enorme caballo, lleno de hidalguía y no exento de cierto prurito histriónico, y Niedopiuskin detrás, rechoncho y montado en un jamelgo que casi parece degradado a la categoría de pollino. Hay, por supuesto, uno o varios galgos corredores en esta historia, y la Dulcinea de turno, Masha, una gitana de mucha más presencia y carnalidad que la amada cervantina. A diferencia del manchego caballero también, todos estos personajes acaban abandonando a Chertopjanov, quien se ve favorecido por su gran corazón con un último e inesperado regalo: Malek-Adel, un magnífico caballo gris del Don que es la envidia de toda la comarca. El final es trágico, no obstante, con un Chertopjanov disparando su revólver en la frente del animal. La descripción que hace Turguéniev de este horrible acto pone los pelos de punta, y su verosimilitud y dramatismo dejan obsoleta cualquier escena similar en las películas del Oeste. He querido pararme en ella porque esta tarde, en unas horas tórridas sobre Madrid, he visto Expiación, la película basada en la novela de Ian McEwan. Y si bien es un filme igual de plomizo que la tarde, hay una escena muy lograda y realmente apocalíptica. Las tropas británicas esperan a ser embarcadas de regreso a casa en una playa francesa y alguien está matando, con un tiro en la frente, a todos los caballos. Los animales forman en fila, con sus mantas reglamentarias, aparentemente ignorantes del destino que les aguarda por estricto orden de contigüidad. Es un panorama desolador y el resto de la composición, las tropas de infantería en formación entre las olas, los montones de heridos, las cantinas infectas, el delirio y las hogueras no tienen esa carga aterradora de los caballos cayendo por estricto turno sobre la arena. Sólo hay una momento parecido, sin duda un guiño del realizador, cuando un oficial de ingeniería va haciendo lo propio con los carros blindados, que emiten uno tras otro una última nube de vapor desde su motor moribundo. No sólo los hombres perecen en las guerras, parecen decir estas imágenes simétricas. La Gran Guerra, como se conoce también a la Primera Mundial, levantó acta de la defunción del mundo en el que vivía Turguéniev. La ignominia de esos caballos ajusticiados con un tiro en la cabeza, llamado con no poca prepotencia el tiro de gracia, da fe de que el gran escritor ruso no se equivocaba cuando advertía en la voz de un loco sobre el derramamiento de sangre inocente.

jueves, 12 de junio de 2008

Vida de burros


Esta mañana en la radio he escuchado que, ante la subida de los carburantes, los agricultores están volviendo a utilizar burros en sus faenas del campo. Hace unos años leí un artículo sobre los campesinos de las montañas en el norte de México. La maquinaria agrícola no servía para labrar sus intrincadas terrazas y bancales y habían vuelto a recurrir al rucio. Los importaban de Kentucky. Parece ser que allí hay una cabaña asnal descendiente de los primeros burros que llevaron los españoles, animales robustos, de patas largas y fuertes, ideales para las condiciones de dureza y rigor propias del septentrión azteca. En ocasiones los prefieren en versión mini, como los que se pueden ver por todas partes en el mundo árabe. El burro-perro, ideal para los beduinos de Petra, rápido y compacto, les sirve a las mil maravillas para desplazamientos cortos entre el roquedal, dejando el caballo como reclamo para que se hagan fotos los turistas. También está el burro-gacela, utilizado en las caravanas que suben al macizo del Tassili, allí donde los jeeps y los camellos no pueden llegar. Los recuerdo en pequeños rebaños (foto), tras subir la carga de nuestras mochilas, tratados con cariño (más que el que mostraban los beduinos) por los jóvenes tuaregs que contribuían con esta fuerza motriz a la expedición. Pastores de burros, un oficio tan digno como cualquiera. En el pueblo en el que pasaba los veranos de pequeño, los burros, como las vacas, tenían morfología diversa y sonoro nombre: altos, bajos, blancos, cenicientos, negros, Bicicleto, Mohíno. Un año hubo hasta una carrera de burros y todos nos quedamos boquiabiertos al ver a aquellos cuadrúpedos por lo normal acogotados bajo enormes cargas de hierba y aguaderas, correr gráciles y elegantes hacia la improvisada meta de una portería de fútbol. Muchos años más tarde, recuerdo a los pocos que quedaban, ociosos y deprimidos, a la sombra de las paredes mientras mataban las horas de canícula, sacudiendo la cabeza para carearse los tábanos, dejando caer de vez en cuando una pata con golpe sordo sobre la acera. Ya no quedará ninguno. Quizá sea ahora el momento de recuperarlos, dignificarlos con el trabajo y darles un propósito en la vida, retirarlos de los muladares y de los egidos, verlos trotar contentos bajo proporcionadas cargas. Eso sí, que no los capen. Una vez vi cómo castraban a uno y todavía me entran escalofríos. Al burro lo arrojan por un precipicio en la estremecedora película The Field, víctima de un conflicto de intereses por un prado. Al burro lo salvó Juan Ramón mirándose en sus ojos de azabache. Los adoptaba Alberti. Lo montaba Sancho. Cristóbal Serra le dedicó textos magníficos. Cristo conoció sobre él su mayor gloria. Shakespeare inmortalizó su sagrada cabeza en una noche de verano. La raya negra que tienen muchos bajando desde la cruz del espinazo por cada una de las patas delanteras, y que es reminiscencia del asno salvaje, podría servir como linde de atributos, como línea divisoria entre la inteligencia y la fuerza: Burro indiviso de mi infancia, ¡vuelve! ¡Vuelve vivo, predispuesto, primordial y alegre! ¡Vuelve entero!

miércoles, 28 de mayo de 2008

Un Anchiterium en Carabanchel

Debo de haber pasado por encima de él docenas de veces. Como ahora, los padres en los barrios de Madrid llevaban a sus hijos a colegios privados, contradiciendo el sistema educativo, que destina los mejores profesores a los colegios públicos. Los padres entonces y ahora preferían que sus hijos no se mezclaran con los estigmatizados, gitanos entonces, inmigrantes ahora. Yo fui a varios colegios del barrio, vía Carpetana arriba, vía Carpetana abajo. Esta avenida, que une el río con el antiguo hospital militar, separaba el poblado de Cañorroto (donde se criaron, por ejemplo, Los Chichos), de una zona obrera de pisos feos y desarrollistas. Cuando tenía once años, recuerdo pararme boquiabierto frente a las carteleras de los dos cines que había en la vía Carpetana, el Canadá y el Kursal, intentando ver los desnudos en los resúmenes fotográficos de aquellas películas del destape. Unas estrellitas negras tapaban las partes pudendas a los curiosos y las hacían aún más enigmáticas a ojos prepúberes. También recuerdo que durante semanas no podía apartar la vista de otras cosas expuestas en un escaparate contiguo: las milhojas en la pasteleria de al lado. Quién sabe, quizá mi eros siempre estuvo muy pegado al estómago. Por fin conseguí que mi madre me diera dinero para probar una tarde a la salida del colegio aquella masa blanca que se me antojaba fresca y densa, y que me decepcionó finalmente con su sequedad y su textura etérea. Hubo más decepciones aparte del merengue. Hablaré de ellas en otra ocasión. El caso es que después de ver aquellas fotos de Nadiuska en top less con los berretes y la nariz llena de blanco, yo pasaba al lado de unas obras del metro. Miraba siempre hacia abajo, asomado a un boquete enorme de unos cuatro metros de hondo. Había trazados de tuberías, túneles esbozados en la tierra, el casco de algún obrero a veces. Quién me iba a decir entonces que dos metros más abajo aún, como se ha descubierto ahora al instalar un ascensor en la estación de Carpetana, a seis metros de profundidad estaba él fosilizado: el Anchiterium. Ese animal antecedente del caballo, mitad cebra y antílope, pastaba en las terrazas del Manzanares hace la tira de millones de años. Y ahora lo descubren, ahora que yo he descubierto el takhi, un caballo también muy viejo que conserva esas mismas rayas en las patas, cortesía, no de la cebra como pensaba yo, sino de un primo aún más distante, un primo que casi no era un caballo. También han sacado otros restos fósiles, animales que corrían por donde yo iba al colegio, uno sobre todo especialmente enigmático: ¡el oso-perro! Qué curioso que la evolución se decidiera luego por la oferta del mes, el dos por uno, el oso y el perro. Qué curioso también que aquel niño que empezaba a abrir los ojos y los sentidos al mundo, y que pasaba todos los días por encima de los restos del primer caballo, se fuera luego a cumplir cuarenta años con los últimos caballos salvajes del planeta. Quién sabe, quizá algún día alguien cruce su barrio para ir al colegio sin saber que, a pocos metros bajo tierra, lo espera enterrado Amar, o Margad, o Temurjin, o Tamir, o el mismo Iris, aquel takhi viejo y solidario. ¿Qué tentaciones lo saludarán con su firmamento de estrellas negras y de cielos blancos entonces?

lunes, 26 de mayo de 2008

Caballo blanco

Leo que en Gran Bretaña, en el muy inglés condado de Kent, quieren poner la estatua gigante de un caballo blanco sobre un campo. Conemorará la construcción de la futura ciudad de Ebbsfleet Valley, será la puerta de entrada a la campiña inglesa para los pasajeros que llegan a bordo de los trenes de alta velocidad desde Francia, y last but not least que dirían allí, servirá para homenajear a esa figura mítica de los anglosajones, Horsa, un héroe del siglo VI con nombre de caballo. Hay varios ya esculpidos en la arenisca de las colinas en el sur de Inglaterra. Saludan al viajero desde hace siglos como un tatuaje escarificado en las laderas de caliza. Son ya parte indisociable del paisaje. Para este nuevo garañón se ha encargado a varios artistas la elaboración de un proyecto y el ganador será el erigido. A mí me recuerda todo un poco al toro de Osborne, que pasa por ser la quintaesencia de lo español en tantos cerros y secarrales de nuestra geografía. Al caballo blanco parece que le va mejor que al toro negro, sacrificado todavía en muchas plazas en nombre de un arte ancestral y sanguinario. A mí del toro de cartón de Osborne lo que me llama la atención es ese trozo pintado de azul entre la cola y los cuartos traseros. Casi siempre se confunde con el azul del cielo al fondo, pero hay días que también en España el cielo está nublado y salta a la vista toda la simulación del astado: en ese fragmento de cielo de plástico se descubre el engaño. El caballo blanco gigante puede que sea de acero y se buscan modelos de perfección entre la cabaña equina. Habrá un casting que, como todo allí, no dejará de tener tintes nacionalistas. Existe el precedente en el norte de Inglaterra de una figura de hombre forjada en hierro e instalada en el paisaje con la efímera pretensión de lo imperecedero. Es una escultura de Antony Gormley colocada en un playa frente al mar de Irlanda, cerca de Blackpool, el Benidorm británico. Los perros se le acercan para husmearle y sus dueños parece que ya se han acostumbrado a su metálica presencia. Hubo hasta sondeos de opinión y, como todo, tuvo sus detractores y sus votos a favor. Igual podría hacerse con el caballo blanco. Porque si nos preguntaran a muchos sobre el toro de Osborne, quién sabe, quizá habría que quitarlo. Al fin y al cabo ya nadie toma coñá y ese trozo azul cielo bajo la cola delata su factura impostora. Es la esencia del pop: un cartónpiedra que alimenta lo más typical Spanish, desde el delirio freudiano de Jamón jamón a ese otro delirio cutre de Estopa. ¿Lo quintaesencialmente español son esos cuernos? Yo pondría en la campiña de Kent una manada de caballos blancos de carne y hueso. Y toros negros en los campos españoles. Pero, claro, yo cada vez soy menos pop y cada vez soy más clásico.

sábado, 24 de mayo de 2008

Símbolos, indicios, signos

Leo un artículo de Blake Gopnik sobre una exposición de objetos tallados en marfil en el National Museum of African Art de Washington: Treasures 2008. Son algo más de 70 piezas, desde las labradas en la totalidad del cuerno, hasta brazaletes hechos con segmentos del mismo o finos alfileres. En todos queda como una huella, metonímica o no, de esa materia segregada por la evolución igual que una veta de metal precioso. Gopnik llama la atención sobre lo más clamoroso de este despliegue: los animales de los que fueran arrancados los colmillos. Es ésta una presencia que parece necesario recalcar pues en muchos casos el marfil en Occidente hacía olvidar su origen a los compradores. Incluso cuando se respetaba la forma y lo labrado no podía sino remitir al cilindro óseo que un día perteneciera a un animal vivo, siempre había una culpabilidad de la matanza que los europeos, tan civilizados ellos, ocultaban con la fantasía de ver un nuevo objeto en el trofeo sangriento. Es una presencia, la del animal, que nunca estaba ausente de las representaciones en marfil de los africanos, para quienes el preciado hueso todavía tenía una conexión muy potente con el mastodonte del que fue arrancado. Dentro de la tríada semiótica, elaborada por Charles Sanders Peirce, que da título a esta entrada, el colmillo de elefante trabajado era para los africanos y para los europeos un símbolo de riqueza, pero sólo para los primeros se constituía además en el indicio de que alguien había tenido que salir a la sabana a cazarlo; y sólo ellos verían ahí un signo, una señal, en fin, de que el poseedor del objeto era poderoso y merecía un determinado comportamiento, una reverencia, por ejemplo. La resignificación de los elementos naturales ayuda a su saqueo por parte de mentes puritanas como las nuestras: el hígado de un pato conveniente y profilácticamente enlatado, vendido a precio de oro, ayuda a que sea consumido con deleite y sin un mal gesto de asco o conmiseración. Otro día hablamos de los hábitos patológicos de alimentación de los seres humanos: esas hembras de esturión arrojadas al agua desventradas después de haberles extraído las huevas, algo así como el cinco por ciento de su cuerpo, por ejemplo; o el kobe, un vacuno japonés al que se mima con cerveza y masajes para que la carne tenga una determinada textura. Todo por supuesto a precio de oro. Como bien escribe Blake Gopnik en este artículo, por mucho que se le dé forma artesanal, un colmillo de elefante conserva restos del indicio a poco que escarbemos, es decir, "su forma mantiene la historia del mundo natural del que salió. Es blanco inmaculado pero también rojo sangre". La naturaleza se pasó millones de años dando forma a algo tan terso, formidable y bello como un colmillo de elefante, que tiene una función, es decir, ha sufrido una decantación milenaria y significativa en la especie. Entonces llega un coleccionista occidental y pone en su salón ese mismo colmillo, en el que un artista africano ha grabado la caza del elefante para que el indicio no se borre. Para que no se borre el símbolo ya se ha encargado el coleccionista de pagar una millonada. ¿Y el signo? Pues el gesto de horror y de desprecio, la señal de alarma que nos debiera merecer cada uno de estos objetos, hermosos sin duda, pero profundamente dolorosos. Aunque hay una diferencia: no es lo mismo el colmillo labrado tras la caza de un elefante que luego fue consumido por el poblado, que el colmillo convertido en obra de arte tras una expedición como la de Hombre blanco, corazón negro, por ejemplo, o la del cuento de Arlt La palabra que entiende el elefante (ver entrada más abajo). Es decir, no se trata de hacerse vegano y renunciar al cuero, la lana, etc. Aprovechar una parte más de un animal que ha dado su vida para que otro viva decentemente, sin lucro ni ostentación, parece aproximadamente justo. Llevar abrigos de visón a los bodorrios en pleno setiembre madrileño, por poner otro ejemplo, es más bien injusto. Y muy hortera.

miércoles, 30 de abril de 2008

¿Para qué sirve un blog?


Un blog sirve o debe servir para colgar los instantes que uno pasa consigo mismo. Hoy me fui a la ribera del Tajo, el Mar de Ontígola, un sitio que sólo por ese nombre ya merece una visita. Buscaba mariposas pero hallé pájaros, muchos patos y garcetas, esa ave con el cuello flexionado como un enigma, y la maravilla del aguilucho lagunero, que por su tamaño y por su vuelo parece más un gavilán. Los he visto planear y hacer picados sobre el carrizal que rodea la laguna, donde anidan los ánades reales y demás seres reales de este microclima único. La laguna la construyó Juan de Herrera, el arquitecto de Felipe II, siguiendo indicaciones del rey para un antiguo embalse del siglo XV. Pasa por ser la primera presa del mundo y da cosa ver los sillares de la época aún en pie y funcionamiento. Luego busqué un tarayal, ese árbol que me recuerda el brezo gigante de la laurisilva. En los márgenes del Tajo hay muchos y vi un par de conejos. Crucé el Tajo y comí junto a un pequeño embalse, el de Cazalegas. Finalmente, buscando quizá la querencia de la sierra, crucé hacia el valle del Tíetar por unos pueblos mágicos, Hinojosa de los Montes, El Real de San Vicente, Navamorcuende. Allí los robles son gigantes. ¿Incidentes? Bueno, mientras miraba con los prismáticos el mar de Ontígola, llegó un perro cruce de rotweiler y pastor y se me vino encima. El dueño detrás, diciendo lo que dicen siempre, si sólo quiere jugar, etc., pero el perro seguía enseñándome los dientes y viniéndose, y yo encarándolo y repitiendo quieto, quieto. Me pasó algo parecido el verano pasado en Villa Adriana. Si les das la espalda a estos perros que, por lo que sea, se le vienen a uno encima, estás perdido y te buscan las pantorrillas. Bueno también se me ha quemado el lado izquierdo de la cara y el cuello, porque junto a ese puente que aparece en la foto estuve tumbado unos minutos oyendo pasar el agua y viendo, regalo ocasional, volor algún vencejo. Este fue mi día del trabajo, un día dedicado a esa labor humilde, irrepetible, de lo vivo.


domingo, 27 de abril de 2008

Hombre blanco, corazón blanco

Últimamente he estado leyendo o releyendo a Cortázar. Hace años me compré en la Feria del Libro los cuentos completos de Roberto Arlt, su supuesto antecesor. Por fin he podido meterme en ambos volúmenes, los completos de uno y otro. Cuando acabe con Arlt, me espera Güiraldes, editado en España por Artemisa, a cargo de Mateo de Paz. Se ve, en efecto, esa prelación de Cortázar en Arlt, sobre todo en el primer libro compilado, El jorobadito. Pero el antecedente no es tanto, o eso me parece a mí, el submundo tanguero y malditista, eso lo tomará más bien el sarasate Borges, como una voluntad de abocar la experiencia humana al límite. Al extremo, no sólo de la experiencia, sino de la percepción. Algo que Cortázar traspasará ya olímpicamente hasta llegar a la vigencia de lo onírico. En Arlt el límite de esa experiencia todavía se percibe como con un crujido, un crepitar de cosa aún nuestra. Queda ahí ese testigo abocetado del ideario bonaerense (sin exagerar, pues pervive una ternura y un cociente humano que desdice un tanto el entusiasmo por ese malditismo que suscribe, en este prólogo de la edición de Losada, Gustavo Martín Garzo). Pero luego llega el segundo volumen de cuentos publicado en vida del autor, El domador de gorilas (muy bien acotado, eso sí, por Martín Garzo), y descubrimos un Arlt inusitado, entregado a la narración tradicional, casi como un juglar norteafricano, dejando que el montante de la narración prime sobre todo ejercicio experimental. Es sorprendente esa inmersión. Queda, además, en esta edición de cuentos completos, casi la mitad del volumen dedicada a textos no recogidos en libro. Hay uno que me encanta, dada mi predilección por los viajes en barco, Un viaje terrible, divertido, imaginativo, todo un logro. Me detengo, no obstante, y de ahí el título de esta entrada, también su etiqueta, en el cuento La palabra que entiende el elefante. Quizá exagere, pero me parecía desde que empecé a leer el segundo libro, El domador de gorilas, que Arlt tenía que haber escrito un cuento como éste. Y no me había equivocado. La palabra que entiende el elefante, de título ya prometedor, narra el encuentro, necesariamente traumático, del hombre y del animal en ese espacio fronterizo de domesicación de lo salvaje. Miles de narraciones han surgido ahí, desde El libro de la selva, de Kipling, a los cuentos de lobos de la península Ibérica. En este caso el animal que traspasa los límites de lo cultivado, dejando atrás la naturaleza intonsa, es un elefante. Y el cazador es un hombre blanco que recuerda a Clint Eastwood en aquella película ligeramente inspirada en John Huston, y cuyo título me he permitido alterar en esta entrada. En el caso de la película, la negrura de las entrañas del cazador se lleva por delante la vida de un hombre negro, y levanta acta de esa desmesura y voluntad de cruzar todos los límites tan característica del anglosajón. Tan deletérea también. El cuento de Arlt, sin embargo, pese a enseñar idéntica lección, deja indemne al hombre y sólo se lleva por delante al elefante. Hay como un papel de intercesión que, en ambos casos, desempeña el aborigen. El explorador negro en la película, que acaba de despedirse de su familia en el poblado limítrofe con el bungalow en el que Eastwood y su troupe se entregan al exceso etílico, se arroja a los pies del elefante para salvar a los miembros de la expedición, un detalle de profesionalidad (no de martirio) que da fe de la blancura de su corazón. Y el sabio hindú, en el cuento de Arlt, es capaz de detener al enfurecido paquidermo con un mantra ancestral. En ambos casos, el hombre blanco aprende del de tez más oscura. Eastwood, o John Huston, se retira de la escena de la tragedia con un hiato significativo en la mirada. El cazador de Arlt mira su rifle y lo tira al suelo, convencido de su inutilidad. La moraleja de este cuento es hermosa: "Y esa fue la última vez que el capitán Braun salió a cazar". ¿Pero cuál es la palabra que entiende el elefante? Yo propongo que son en realidad dos palabras, conveniente y rítmicamente repetidas: "the horror, the horror", el mantra que hay en el centro de Heart of Darkness, la novelita de Joseph Conrad, otro explorador de lo limítrofe.

Apus apus

Ya han llegado. Cubren los cielos de Madrid de forma irrevocable y completa. Desde la terraza en la que escribo esto los veo volar, a veces bajan hasta la altura de los últimos pisos, recorren entre las azoteas los cauces paralelos de las calles, su chillido es para mí tan hermoso como un canto. Aquí al lado hay una plaza de toros cubierta, el edificio es horrendo pero la cúpula tiene cierto aire digno y futurista. Los vencejos la dejan obsoleta con sus tirabuzones, dan forma esférica al día para mí. Apus apus, literalmente: el que carece de pie, el que no se posa, el que lo hace todo en el aire. Me parece mentira que pudiera vivir treinta años sin percatarme de su presencia, hasta aquel encuentro que intenté plasmar en el relato Planeador. A veces me pregunto qué habría pasado si yo me hubiera incorporado sobre la piedra unos segundos antes de que bajara a ras de ladera el primer vencejo. Con las alas abiertas tienen el tamaño de un plato. Seguro que a aquella velocidad me habría hecho daño. ¿Y yo a él? En el castillo de Pedraza una vez vi una golondrina muerta junto al vano, cubierto de cristal, de una de las ventanas ojivales. La habían cubierto así para que el visitante se pudiera asomar al precipicio sobre el que se levanta el castillo, pero las golondrinas en sus vuelos y picados no percibían esa superficie transparente y chocaban contra ella de manera fatal. Hay un poema muy hermoso de Rosemarie Waldrop sobre una experiencia parecida. En un cuento de Cortázar, una golondrina cae muerta a los pies de alguien y su vida cambia. No todo son malas noticias, sin embargo: hace años un gorrión se quedó encerrado en el garaje de la casa del pueblo. Intenté ayudarle a salir abriendo las puertas pero se golpeó contra la parte de plástico transparente y cayó grogui al suelo. Pensé que estaba muerto. Lo cogí con mucho cuidado. Palpitaba y abría la boca en un débil remedo de respiración. Yo no sabía qué hacer. ¿Cómo se le hace el boca a boca a un pájaro? Recuerdo que lo dejé encima del alféizar, al sol, por ver si así se recuperaba. Me metí dentro de la casa para observarlo sin molestarle. Poco a poco iba boqueando. Seguí con mi faena y cuando volví a mirar ya estaba erguido sobre sus patitas. Tenía los ojos entrecerrados y abría lastimeramente el pico. Salí fuera, y despacio me acerqué. Cuando alargué la mano para intentar cogerlo, de repente abrió los ojos y salió volando. Lo recuerdo como un momento de dicha, como una contribución muy modesta para que algo real y vivo siguiera viviendo. Ese salto del pajarillo alejándose de mi mano abierta fue lo más hermoso, como si subrayara que él sólo era del aire. Maravilla de lo real, lo que nos bendice con su presencia, lo que debemos defender a toda costa sin reclamo alguno sobre ello. Lo que es hermoso y no nos pertenece.

lunes, 21 de abril de 2008

La noche de los libros y el Lago Ness

Este miércoles me han invitado a participar en La noche de los libros, una iniciativa que, entre otras cosas, lleva autores a firmar a librerías hasta bien entrada la noche. A mí me ha correspondido firmar mis libros en la librería Azorín, de Leganés, una ciudad-dormitorio al sur de Madrid, así que allí estaré este 23 de abril de 19 a 20 horas. Me hace ilusión que me haya tocado esa librería porque también fue en Leganés donde empecé como profesor, hace ya bastantes años. Recuerdo una mañana todavía calurosa de setiembre, una ciudad que nunca había visitado, jardines, chopos inmensos, una escuela de ladrillos rojos. Durante siete años vi pasar por mis cursos a muchos alumnos. Ignoro si alguno se pasará ahora, sabiéndolo o por casualidad, por la librería el miércoles. Pero si lo hace seguro que se lleva una buena sorpresa al verme allí con libros de poesía, traducciones… Yo en clase nunca he hecho proselitismo, llevaba muy poca literatura a las aulas, prácticamente nada de poesía. Sí llevaba artículos sobre política, medio ambiente, sociedad. Y es curioso, pero al pensar en esta entrada me he dado cuenta de que ese ex–alumno hipotético mío se sorprendería al saberme autor de libros, pero no se sorprendería en absoluto al leer este blog. Ahora no doy clase y me parece que esa vocación de llevar al aula textos que hicieran pensar a mis alumnos, aparte de enseñarles inglés, esa voluntad de llamar la atención sobre lo bello, frágil y a la vez contundente, variado y universal que es el mundo se ha vertido ahora en las entradas de este blog. Recuerdo, por ejemplo, que en Leganés me pilló toda la crisis de las vacas locas, y cómo tratamos el asunto en clase con artículos, grabaciones, etc. Hay un texto especialmente que no he olvidado. Era de Paul Evans, a quien sigo leyendo con ganas en su columna semanal de The Guardian Weekly. Ahora lleva años escribiendo en un formato más breve y compacto, casi siempre sobre sus impagables paseos por Shropshire, allí donde Inglaterra se confunde con Gales. En aquellos mediados de los noventa sus artículos eran más amplios y abarcaban más temas, aunque siempre desde esa óptica del mundo natural. El artículo en cuestión hablaba de una leyenda celta según la cual una vaca a la que ordeñaban con una criba se volvió loca. El animal veía cómo sus ubres nunca bastaban para llenar el recipiente y, llena de celo lácteo, tierna y maternal, acababa desquiciada al sentir que su esfuerzo era en vano. Al final del cuento, aquella vaca sometida a la codicia del hombre corría desnortada por los bosques. De ahí Paul Evans sacaba la moraleja aplicable a la nueva locura de las vacas, sus frenéticas carreras en los prados, enfermas por culpa de la codicia del hombre, un hombre que quizá no haya cambiado mucho desde aquel ordeñador espabilado celta. También es curioso que me venga esto ahora a la cabeza, cuando se acaban de producir nuevas muertes por el mal de las vacas locas en España. Yo mismo no puedo donar sangre por haber vivido entre no recuerdo qué fechas en el Reino Unido. Paul Evans no lo decía así, pero yo ahí veo algo de la codicia que gobierna tantas empresas promovidas por los anglosajones, esa mentalidad, sancionada por Calvino, que ve el mundo como un saco sin fondo, igual que la criba de la vaca. Mucho del saqueo de los espacios naturales deriva de esa mentalidad apropiaticia y mercantilista. En fin, de estas y otras cosas hablábamos en clase en Leganés, el Lago Ness como lo llamábamos entonces, sin monstruo, claro, pues a Panero ya se lo habían llevado, como quien saca a pasear al loco oficial de la poesía española, de gira por otros manicomios. Me hace ilusión volver a Leganés después de tantos años. Porque, aunque el tiempo no pasa en vano y yo veo que me voy haciendo mayor, también veo que desde este blog sigo intentando mantener viva aquella llama que ardía en muchas de mis clases: sigo intentando transmitir la fragilidad, contundencia, belleza, universalidad del mundo y todos los seres reales que lo habitan. Por encima de todos los idiomas y los géneros literarios.

jueves, 17 de abril de 2008

Los ojos de los caballos

El lunes estuve en la exposición de Goya que acaba de inaugurar el Museo del Prado. Desde entonces he querido escribir esta entrada. Me impactó la mirada de los caballos en el recién restaurado cuadro de la carga de los mamelucos. Parece ser que es un lugar común en la historia del arte llamar la atención sobre ese dato: en el lienzo, entre el fervor de la escabechina y su indiscriminado frenesí, ninguno de los personajes mira al espectador. Ningún hombre desvía la mirada de su sangriento objetivo. Sólo los caballos vuelven esos ojos tan humanos a quien contempla el cuadro. Parecen representar así lo único dotado de sentimiento y de razón entre la crueldad de la guerra. O quizá miran como diciendo, “Salvadnos”. Salvadnos de esta sinrazón de la violencia enfangada en más violencia. En otra entrada del blog, dedicada a los caballos de Durero, hago referencia a este cuadro de Goya en el que los combatientes se ensañan con los caballos y clavan en sus flancos cuchillos infrahumanos. Después de verlo de nuevo, después de ver el ángulo en el que una de las espadas se clava en el pecho del caballo en primer plano, que se desmorona como su jinete y es el único que no nos mira, después de ver esa precisión casi científica con la que Goya plasma la cuchillada, todo un arte cisoria de la barbarie, me vienen a la memoria otros caballos de Goya también sometidos a desgarro: los utilizados en la lidia del toro. Es curioso que a los caballos de los picadores a veces se les tape los ojos mientras se los expone a cuerpo descubierto a la embestida del astado. Curioso también que a los otros caballos, los de la carga de los mamelucos, se les represente mullidos entre el fragor de cuerpos despedazándose pero con los ojos abiertos, humanamente abiertos. Quizá debieran verse estos caballos siempre en común perspectiva: los que ven en la batalla y los que no ven en la corrida. Los que viven para ver y ser testimonio, y los que mueren para no ver el ensañamiento del hombre con el animal. Quizá así quiso verlos Goya. Hay un artículo largo y hermoso del pintor Antonio Saura sobre otro famoso animal de Goya: su cabeza de perro. A mí me parece que esa mitad del mundo que Goya plasma en el perro desenfocado se completa con esta visión de los caballos. En conjunto nos da el animal entero, enteramente humano. Quizá Goya sea también grande y contemporáneo nuestro por eso: porque necesita el animal para dar noticia completa del hombre. Cuando el hombre se desenfoca, como aquel personaje de Woody Allen, quizá sea necesario el animal para devolverle lo que ha perdido en lo borroso de sus contornos. Y la contemporaneidad de Goya está también en esos cuerpos desmembrados y empalados de los aguafuertes que pueden verse en la exposición. Sólo la barbarie nazi alcanza ese grado de obscenidad: “Los desastres de la guerra” pueden compararse sólo con las fotografías de Auschwitz, o de después de Auschwitz. ¿Cómo escribir después de Auschwitz?, se preguntaba Adorno. Y Valente le contestó: Y después de Auschwitz, ¿cómo no escribir? ¿Cómo mirar después de Goya? ¿Y después de Goya, cómo no mirar, seguir mirando? Hay una fotografía en el periódico de hoy que también participa de esa triste contemporaneidad. En ella también unos ojos nos miran. Pero no son los faros del jeep ni la rueda de la bicicleta lo que ha reemplazado a los ojos de los caballos . Lo humano está esta vez en una mirada de hombre, uno de los heridos que se incorpora para mirar y ver le paisaje de despojos tras la explosión. Uno de esos despojos es un reportero, un poco el equivalente de Goya en nuestros días. La diferencia es que Goya vivió para contarlo. O quizá muriera un poco en ese cuadro de los mamelucos, viviera sólo en los ojos de los caballos.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Las manchas del jaguar

Leo un artículo sobre los jaguares que cruzan la frontera de EEUU, como cualquiero otro espalda mojada. Parece ser que el calentamiento global (igual que la globalización, una excusa para todo) les hace cambiar de hábitat, y algunos individuos se aventuran en las planicies desérticas de Nuevo México y otros estados sureños. Claro, los gatitos se darán de bruces con el muro que está levantando Doble Uve. Si los emigrantes mexicanos no pasarán, los jaguares tampoco. Y es que ya lo cantaba Pink Floyd: los muros no son buenos. Sea en Berlín, en Palestina o en la frontera mexicana, un muro siempre es un muro. Son los ecologistas estadounidenses los que se quejan esta vez, lamentándose de la oportunidad perdida que podría suponer criar jaguares en cautividad en territorio de la Unión. El último jaguar fue abatido por aquellos lares en los años sesenta (igual que el takhi, que se extinguió en libertad en Mongolia en esa década tan pop: mientras los humanos se soltaban los pelos, las especies empezaban a decir adiós en masa). La naturaleza no sabe de fronteras. Tendría gracia que una especie en peligro de extinción paralizara las obras de un muro previsto para controlar otra especie en peligro de expansión, pero cosas veredes, querido Sancho. O querido Pancho, por llevar las cosas, esas cosas tan raras de ver, a nuestro querido México. No hay estadísticas sobre el número de familias de mamíferos, reptiles y aves que los distintos muros y fronteras culturales han separado de manera irreversible. Aquella mamá rata que se alejó dos calles en Berlín, lo que era simple y abiertamente Berlín, y ya no pudo regresar con las mondas de patata para sus retoños, los cuales eran de la noche a la mañana habitantes involuntarios de Berlín... ¡Este!. Los jaguares (y si hay especies intocables, más que las ratas, esas son los grandes felinos) vienen a constatar lo que ya sabíamos: un muro es algo antinatural que no soluciona los problemas, sólo los desvía y empeora. Que se lo pregunten si no a las autoridades de las Islas Canarias, saturadas de pateras tras la construcción del muro en la frontera con Marruecos. Recoger jaguares descarriados para formar cabañas que garanticen la supervivencia de la especie tendría algo de cultural, de gestual, casi, como un pespunte impuesto sobre el perfil de la naturaleza. Pero eso no es nada comparado con el horror del muro, toda una cicatriz.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Barbaro

Una faringitis me tiene postrado y no consigo sacar fuerzas para escribir. Aprovecho para colgar este artículo inédito que escribí hace casi un año.

Barbaro

Al parecer, a los atletas se les entrena para que, en caso de sufrir una lesión en carrera, se tiren al suelo inmediatamente. Evitan así que una sola zancada más agrave el daño sufrido en músculos o huesos. Qué pena que nadie pudiera entrenar a Barbaro, así, sin tilde, pues el caballo es estadounidense, para que se arrojara a la arena del hipódromo, con jinete y todo, nada más sufrir la laminitis por la que ha tenido que ser sacrificado.
Pobre Barbaro, empezó a correr hace miles de años por la estepa huyendo de nosotros, cuando lo que queríamos era sólo zampárnoslo, y ha seguido corriendo para nosotros, que apostamos por él, hasta el fin literal de sus días: “se desbocó por la adrenalina y siguió galopando, ya lesionado, durante la segunda ronda de la triple corona en Baltimore”, noticia de J. Marcos en El País de 31 de enero. Como en todo, los buenos se entregan más, según palabras de uno de los preparadores y jockeys consultados por el periodista. Como en todo, los buenos corren más riesgos al dar más de sí y por ello están más expuestos.
¿Pero he escrito “pobre” Barbaro? Lo retiro inmediatamente, pues de pobre tiene poco. Y no lo digo por las ganancias que ha generado este semental velocista, cuantiosas como deben de haber sido a juzgar por lo que serán las pérdidas tras la inyección letal: 95 millones de euros sólo cubriendo yeguas, sin incluir los premios en las otras carreras, esas en las que el montado era él, y el objetivo, como el de un espermatozoide gigante, llegar antes que los demás al óvulo de la meta.
Lo de pobre lo retiro porque la pena y la piedad son sentimientos siempre a poner bajo sospecha. Pero sobre todo porque un animal que muere en la entrega de lo más sublime de su ser, que es la velocidad, posiblemente mimado y entrenado con primor, entero, lo que ya es todo un privilegio para un équido en poder del hombre hoy día, y verdadero en sus cubrimientos, con toda certeza bello y consciente en la belleza del galope, un animal y una muerte así deben inspirar lo opuesto de la pena, que es la admiración. Maravilloso Barbaro.
No se ha escatimado en gastos para salvarlo, operaciones, clavos en la maltrecha rodilla, curas y posoperatorios. Al irrepetible Barbaro se le ha otorgado un trato vip, nada que ver, parece, con el que reciben muchos otros caballos lesionados en carrera, a los que, tras el pudoroso biombo que los oculta de la grada, se les aplica una eutanasia in situ. Nada que ver con el caballo que se rompe una pata en las películas del Oeste, sacrificado por el héroe, de quien ha logrado arrancar esa furtiva lágrima que ni los indios ni la cabaretera pelirroja logró hacer aflorar. Bravo Barbaro.
Brindo por él, con el champán de los campeones, con la leche de los potros, o con la simple agua impoluta de todos los herbívoros. Por su vida, por su huida, no de sí mismo, sino todavía de nosotros que seguimos apostando por él. Por su muerte, digna de los héroes. Y le miro con respeto y admiración, en esta foto que recorto del periódico y pego en algún rincón ilustre de las paredes de la memoria: un tordo fibroso y grácil, con una estrella en la frente —Barbaro tenía que ser un caballo con estrella—, todo potencia en la plenitud de la carrera, elevado sobre el suelo, alado casi; unido a la realidad por esa arena que levantan sus cascos, como el glorioso polvo en que se ha convertido y va a lomos del viento por las praderas que un día fueron suyas.

31 de enero de 2007

lunes, 3 de diciembre de 2007

Matadero

El viernes estuve en una fiesta en el Matadero, los espacios reconvertidos junto al río Manzanares, aquí en Madrid, muy cerca de la plaza de Legazpi. Se ha transformado lo que era un matadero gigantesco en una serie de naves para la creación artística, literaria, musical. Es un diseño muy urbano, con aprovechamiento de las estructuras existentes, cemento y acero, sin hacerle ascos al aspecto crudo en el que han quedado muchas de las paredes. Recuerda a los lofts de los pintores neoyorquinos, y supongo que busca recrear ese espacio para inspiración (o simple refugio) de los artistas. Aunque no pudimos visitar todas las dependencias, una en concreto me impresionó: la sala de columnas que hay en la misma entrada, frente a la recepción. Parece ser que era allí donde colgaban los cuerpos de las reses, en enormes ganchos, cuando el matadero estaba en funcionamiento. Uno se imagina decenas y decenas de cuerpos cada día, desprovistos ya de piel y cabeza, colgando inertes, en una mancomunidad macabra de vida animal reducida a lo más esencial: la proteína. Se accede por unas cortinas de tiras de plástico rígido, muy parecidas a las que seguro cubrían la misma puerta cuando el matadero estaba en funcionamiento. Ahora hay una instalación dentro, un túnel de fibra blanca iluminado con luces fantasmagóricas, pero lo que realmente impresiona es la nave en sí, una especie de sala de columnas de la Mezquita de Córdoba cubierta de pintura negra, a mitad de camino entre el hollín y el graffito. No huele a nada dentro, pero es imposible no imaginarse el olor a víscera y a carne muerta impregnando todo. Me llevó esta imagen espectral a la reflexión que hago en Viaje al ojo de un caballo sobre la depredación, ese atajo en la cadena alimenticia por el que unas especies simplifican el proceso trófico al zamparse directamente a otras ya formadas. También allí hablo de una reflexión parecida que leí en el diario de César Simón, Perros ahorcados. Luego supe, por un libro de geología, que la depredación existe desde finales del Cámbrico, no antes, es decir, hace unos 570 millones de años. Me resisto a creer que ese salto evolutivo fuera inevitable. No sé, hay algo de perverso en todo ello. Y lo digo después de haber devorado varias raciones de carne este mismo fin de semana. El espacio del matadero lo ocupan ahora los artistas. Pero en algún otro lugar del extrarradio de esta ciudad, miles y miles de animales son sacrificados y sus cuerpos cuelgan de una sala de columnas parecida. Qué distinto todo de ese pastor mongol que se vuelca con cariño sobre su res y le practica una herida mínima para extraerle el corazón, a plena luz sobre la estepa, lejos del blanco profiláctico y del olor a muerte en nuestros mataderos industriales.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Los caballos de Durero

En la exposición de Durero y Cranach en el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid hay muchos caballos. Parece que el caballo sea como una medida de las dotes del pintor. Todos los violonchelistas tienen que grabar las suites de Bach para doctorarse. Y los pintores tienen que pintar un caballo, al menos uno. Hasta Goya lo hace, en plena batalla de los mamelucos, sufriendo el filo de la daga también él, un caballo cayendo, excesivo como toda guerra. Y Picasso, que como siempre viene a ponerlo todo patas arriba, va y pinta un borrico, que a su modo es un caballo.
El caballo en la pintura parece que se tenga que someter también al filtro de lo ideal. Y lo pintan gigantesco, con ancas descomunales. A Durero le salen bien cuando el caballo está montado, como parte de ese otro ideal que es la caballería. Pero cuando los pinta sin jinete, como en el grabado de San Eustaquio, por ejemplo, le sale el lomo demasiado largo, como si no supiera qué hacer con él, como si un caballo sólo pudiera montarse y al pintor le sobrara toda parte no cubierta por la silla.
Me quedo, sin embargo, con los caballos salvajes de Hans Baldung Grien, dos grabados de 1534. Me recuerda mucho al takhi entre los abedules de Hustai. Aparecen apelotonados, unos encima de otros, participando todos de ese espíritu común de vida salvaje que el pintor, de nuevo, ha buscado como el ideal del cuadro. La aglomeración, sólo aparentemente desordenada, de cuellos, patas, ancas, lomos, todo ello entre los árboles, es prácticamente el mismo cuadro que yo vi en Mongolia en mi segundo día de observación del takhi. Una masa informe de proteínas para mis antepasados cazadores, o algo así, digo en el libro.
El caballo representado en estos grabados de Baldung Grien no es el caballo salvaje, el tarpán, por aquella época quizá ya extinto. El ideal tiene doble sentido entonces: el pintor retrata un mundo perdido. Y aunque la tinta negra no reproduce ningún color, sólo la sensación de un color, yo juraría que el pintor ha visto realmente un grupo de caballos salvajes en el bosque. Uno de ellos hasta orina. Tiene un miembro enorme que parece la trompa de un elefante o un múrice gigante y el chorro le une en un vínculo secreto con la tierra. Ese caballo es mi caballo.
A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]