A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

domingo, 27 de abril de 2008

Hombre blanco, corazón blanco

Últimamente he estado leyendo o releyendo a Cortázar. Hace años me compré en la Feria del Libro los cuentos completos de Roberto Arlt, su supuesto antecesor. Por fin he podido meterme en ambos volúmenes, los completos de uno y otro. Cuando acabe con Arlt, me espera Güiraldes, editado en España por Artemisa, a cargo de Mateo de Paz. Se ve, en efecto, esa prelación de Cortázar en Arlt, sobre todo en el primer libro compilado, El jorobadito. Pero el antecedente no es tanto, o eso me parece a mí, el submundo tanguero y malditista, eso lo tomará más bien el sarasate Borges, como una voluntad de abocar la experiencia humana al límite. Al extremo, no sólo de la experiencia, sino de la percepción. Algo que Cortázar traspasará ya olímpicamente hasta llegar a la vigencia de lo onírico. En Arlt el límite de esa experiencia todavía se percibe como con un crujido, un crepitar de cosa aún nuestra. Queda ahí ese testigo abocetado del ideario bonaerense (sin exagerar, pues pervive una ternura y un cociente humano que desdice un tanto el entusiasmo por ese malditismo que suscribe, en este prólogo de la edición de Losada, Gustavo Martín Garzo). Pero luego llega el segundo volumen de cuentos publicado en vida del autor, El domador de gorilas (muy bien acotado, eso sí, por Martín Garzo), y descubrimos un Arlt inusitado, entregado a la narración tradicional, casi como un juglar norteafricano, dejando que el montante de la narración prime sobre todo ejercicio experimental. Es sorprendente esa inmersión. Queda, además, en esta edición de cuentos completos, casi la mitad del volumen dedicada a textos no recogidos en libro. Hay uno que me encanta, dada mi predilección por los viajes en barco, Un viaje terrible, divertido, imaginativo, todo un logro. Me detengo, no obstante, y de ahí el título de esta entrada, también su etiqueta, en el cuento La palabra que entiende el elefante. Quizá exagere, pero me parecía desde que empecé a leer el segundo libro, El domador de gorilas, que Arlt tenía que haber escrito un cuento como éste. Y no me había equivocado. La palabra que entiende el elefante, de título ya prometedor, narra el encuentro, necesariamente traumático, del hombre y del animal en ese espacio fronterizo de domesicación de lo salvaje. Miles de narraciones han surgido ahí, desde El libro de la selva, de Kipling, a los cuentos de lobos de la península Ibérica. En este caso el animal que traspasa los límites de lo cultivado, dejando atrás la naturaleza intonsa, es un elefante. Y el cazador es un hombre blanco que recuerda a Clint Eastwood en aquella película ligeramente inspirada en John Huston, y cuyo título me he permitido alterar en esta entrada. En el caso de la película, la negrura de las entrañas del cazador se lleva por delante la vida de un hombre negro, y levanta acta de esa desmesura y voluntad de cruzar todos los límites tan característica del anglosajón. Tan deletérea también. El cuento de Arlt, sin embargo, pese a enseñar idéntica lección, deja indemne al hombre y sólo se lleva por delante al elefante. Hay como un papel de intercesión que, en ambos casos, desempeña el aborigen. El explorador negro en la película, que acaba de despedirse de su familia en el poblado limítrofe con el bungalow en el que Eastwood y su troupe se entregan al exceso etílico, se arroja a los pies del elefante para salvar a los miembros de la expedición, un detalle de profesionalidad (no de martirio) que da fe de la blancura de su corazón. Y el sabio hindú, en el cuento de Arlt, es capaz de detener al enfurecido paquidermo con un mantra ancestral. En ambos casos, el hombre blanco aprende del de tez más oscura. Eastwood, o John Huston, se retira de la escena de la tragedia con un hiato significativo en la mirada. El cazador de Arlt mira su rifle y lo tira al suelo, convencido de su inutilidad. La moraleja de este cuento es hermosa: "Y esa fue la última vez que el capitán Braun salió a cazar". ¿Pero cuál es la palabra que entiende el elefante? Yo propongo que son en realidad dos palabras, conveniente y rítmicamente repetidas: "the horror, the horror", el mantra que hay en el centro de Heart of Darkness, la novelita de Joseph Conrad, otro explorador de lo limítrofe.

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