A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

lunes, 21 de abril de 2008

La noche de los libros y el Lago Ness

Este miércoles me han invitado a participar en La noche de los libros, una iniciativa que, entre otras cosas, lleva autores a firmar a librerías hasta bien entrada la noche. A mí me ha correspondido firmar mis libros en la librería Azorín, de Leganés, una ciudad-dormitorio al sur de Madrid, así que allí estaré este 23 de abril de 19 a 20 horas. Me hace ilusión que me haya tocado esa librería porque también fue en Leganés donde empecé como profesor, hace ya bastantes años. Recuerdo una mañana todavía calurosa de setiembre, una ciudad que nunca había visitado, jardines, chopos inmensos, una escuela de ladrillos rojos. Durante siete años vi pasar por mis cursos a muchos alumnos. Ignoro si alguno se pasará ahora, sabiéndolo o por casualidad, por la librería el miércoles. Pero si lo hace seguro que se lleva una buena sorpresa al verme allí con libros de poesía, traducciones… Yo en clase nunca he hecho proselitismo, llevaba muy poca literatura a las aulas, prácticamente nada de poesía. Sí llevaba artículos sobre política, medio ambiente, sociedad. Y es curioso, pero al pensar en esta entrada me he dado cuenta de que ese ex–alumno hipotético mío se sorprendería al saberme autor de libros, pero no se sorprendería en absoluto al leer este blog. Ahora no doy clase y me parece que esa vocación de llevar al aula textos que hicieran pensar a mis alumnos, aparte de enseñarles inglés, esa voluntad de llamar la atención sobre lo bello, frágil y a la vez contundente, variado y universal que es el mundo se ha vertido ahora en las entradas de este blog. Recuerdo, por ejemplo, que en Leganés me pilló toda la crisis de las vacas locas, y cómo tratamos el asunto en clase con artículos, grabaciones, etc. Hay un texto especialmente que no he olvidado. Era de Paul Evans, a quien sigo leyendo con ganas en su columna semanal de The Guardian Weekly. Ahora lleva años escribiendo en un formato más breve y compacto, casi siempre sobre sus impagables paseos por Shropshire, allí donde Inglaterra se confunde con Gales. En aquellos mediados de los noventa sus artículos eran más amplios y abarcaban más temas, aunque siempre desde esa óptica del mundo natural. El artículo en cuestión hablaba de una leyenda celta según la cual una vaca a la que ordeñaban con una criba se volvió loca. El animal veía cómo sus ubres nunca bastaban para llenar el recipiente y, llena de celo lácteo, tierna y maternal, acababa desquiciada al sentir que su esfuerzo era en vano. Al final del cuento, aquella vaca sometida a la codicia del hombre corría desnortada por los bosques. De ahí Paul Evans sacaba la moraleja aplicable a la nueva locura de las vacas, sus frenéticas carreras en los prados, enfermas por culpa de la codicia del hombre, un hombre que quizá no haya cambiado mucho desde aquel ordeñador espabilado celta. También es curioso que me venga esto ahora a la cabeza, cuando se acaban de producir nuevas muertes por el mal de las vacas locas en España. Yo mismo no puedo donar sangre por haber vivido entre no recuerdo qué fechas en el Reino Unido. Paul Evans no lo decía así, pero yo ahí veo algo de la codicia que gobierna tantas empresas promovidas por los anglosajones, esa mentalidad, sancionada por Calvino, que ve el mundo como un saco sin fondo, igual que la criba de la vaca. Mucho del saqueo de los espacios naturales deriva de esa mentalidad apropiaticia y mercantilista. En fin, de estas y otras cosas hablábamos en clase en Leganés, el Lago Ness como lo llamábamos entonces, sin monstruo, claro, pues a Panero ya se lo habían llevado, como quien saca a pasear al loco oficial de la poesía española, de gira por otros manicomios. Me hace ilusión volver a Leganés después de tantos años. Porque, aunque el tiempo no pasa en vano y yo veo que me voy haciendo mayor, también veo que desde este blog sigo intentando mantener viva aquella llama que ardía en muchas de mis clases: sigo intentando transmitir la fragilidad, contundencia, belleza, universalidad del mundo y todos los seres reales que lo habitan. Por encima de todos los idiomas y los géneros literarios.

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