A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

jueves, 19 de junio de 2008

Los premios literarios

Leo en la página web de DVD Ediciones un artículo de Sergio Gaspar, buen amigo mío y uno de los editores con los que he publicado. Sergio es autor de dos libros importantes de poemas, Descripción de mi naturaleza, y sobre todo, Aben Razim, este último publicado al principio de los noventa y con influencia implícita o al menos no reconocida (pero los textos cantan) en algún poeta de mayor prestigio. No voy a ponerme a defender aquí la labor de DVD Ediciones pues soy parte interesada, es decir, he formado parte de ese proyecto. En su artículo Sergio Gaspar llama la atención sobre un fenómeno que a todos los que tenemos mayor o menor relación con el mundillo literario siempre nos ha maravillado: ¿cómo es posible que los premios nacionales y de la crítica recaigan siempre sobre un número muy reducido de editoriales? En el caso de la poesía, es especialmente una o dos de ellas las que más galardones de ese tipo han acumulado. Hasta el punto de invitarnos a pensar automáticamente en el cuento aquel del huevo y la gallina: ¿es que estas editoriales tienen acceso directo a la concesión del premio y todos los autores de prestigio intentan publicar allí sabedores de que sólo así pueden alzarse con el codiciado objeto de su deseo? ¿O más bien que todo lo publicado en su colección de poesía debe superar unas exigencias altísimas de calidad y por tanto lo del premio es una exudación natural, algo de suyo como dicen los filósofos? ¿Qué fue antes, el huevo de la calidad o la gallina del clientelismo? Estoy de acuerdo con Sergio, es más, no hubiera podido ponerlo todo de forma tan sucinta, matemática y cabal como ha hecho él. Ahora bien, yo creo que a su artículo le falta una pequeña coda o anexo. Porque si nos vamos a otros premios, el Ojo crítico, por ejemplo, ahí vemos que DVD Ediciones ha sido galardonada en varias ocasiones. Es decir, también para el caso de este premio habría editores que podrían suscribir y hasta escribir un artículo parecido al suyo. Sin embargo, una forma de explicar este protagonismo de DVD en el Ojo Crítico es pensar que, como indica su nombre, el galardón prima la poesía que es crítica con la realidad, que no es acomodaticia, que apuesta por las nuevas formas y denuncia los viejos saqueos. En ese sentido, se puede argumentar, el que muchos de los Ojo Crítico hayan ido a DVD es algo coherente con la línea editorial, algo de suyo. ¿Hay coherencia en que los premios más dotados y reconocidos vayan a las editoriales de mayor prestigio y poder mediático? Pues a mí me parece que sí. ¿Por qué pone el grito en el cielo entonces, con todo su derecho, Sergio Gaspar? Pues porque en muchas ocasiones para una editorial pequeña (ver el asunto del tamaño en otra entrada de este blog, “Microeditoriales”) hacerse con un nacional o de la crítica marca la delgada línea roja entre la precariedad y la subsistencia. Pasa lo mismo que cuando un poeta desconocido se presenta a un certamen de poesía: ganar o no ganar equivale a que el libro salga publicado o no, es decir, a su misma existencia como poeta. Dicho esto, habría también que ver si los premios que promueven las editoriales pequeñas, y DVD tiene más de uno, están libres del polvo y paja que denuncia tan justamente Sergio en su artículo. Es decir, habría que ver si en las decisiones de los jurados se trabaja con imparcialidad total, libres de toda influencia, lobby y clientelismo. En muchas ocasiones los premios nacionales acaban yendo al libro que defiende el miembro más vehemente del jurado, o el mejor informado, o el que tiene más contactos. La imparcialidad es algo tan intangible como la transubstanciación de las almas, aun cuando sea necesario creer en ella (¿qué nos queda si no?). Un premio nacional de traducción a una obra en griego moderno, por ejemplo, ¿cuenta con la imparcialidad y objetividad que supone el mero hecho de que todos los miembros del jurado dominen esa lengua? Si sólo se premia el resultado, sin parar en evaluar el respeto a la literalidad de la obra, ¿es ése un premio justo? En otras palabras, ¿cómo puedo votar sobre la excelencia de una traducción si no domino la lengua original? Una cosa que siempre me ha preocupado en esto de los premios nacionales, de los premios en general es, ¿cómo puede haberse leído el jurado absolutamente todos los libros publicados en España en ese año para poder emitir un juicio? Y todo fallo que no pase por esta premisa queda muy devaluado. Quizá yo mismo debería añadir un anexo a esta entrada: por razones que no vienen al caso he accedido a formar parte del jurado de un premio de poesía. Pero si yo no me leo absolutamente todos los libros que concurran, si permito que en el fallo final primen consideraciones extraliterarias, entonces no tendré derecho a firmar una entrada como ésta.

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