A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

jueves, 26 de junio de 2008

Pasternak y el vino tinto

Leo que la dacha en la que Boris Pasternak vivió durante años se encuentra asediada por villas de nuevos ricos. Quedan algunos artistas y escritores en esos apartamentos construidos para alojar a los creadores de la Unión Soviética, pero alrededor todo son casonas de estilo horrendo y alcantarillado donde antes había manantiales. La prepotencia del ladrillo y su culposa sombra. En Madrid, por fin parece que se va a hacer algo con la casa de Vicente Aleixandre, en la calle Velintonia, por la zona de Metropolitano. Somos fetichistas, aunque lo importante son los libros que escribieron, ver los sillones en los que se sentaron los autores, sus pipas, plumas, mesas y retratos, nos reconforta, le ponen una especie de bata y zapatillas a la literatura. Quizá sea más triste el asedio que el abandono, más preocupante ver la sede de la poesía rodeada de edificios pretenciosos financiados por el crimen organizado que saber los jardines y los muros derruidos, pasto del polvo y la humedad. Aleixandre mismo conoció mejores tiempos como autor de referencia, y sin embargo es un poeta inmenso. De Pasternak recuerdo su defensa del vino frente al vodka. Según él, parte del problema del pueblo ruso (y no le faltan) es el olvido en el que le sume ese alcohol duro y transparente. El vino, sin embargo, o eso creía él, no diluye sino que aposenta la memoria. Pero no todo el mundo se puede permitir el lujo de descorchar una botella de tinto. Al menos tienen la poesía. En Rusia, las largas tardes ocuras y frías dan para mucha lectura y, lo que es más importante, mucho debate sobre lo leído. Es también una forma de conservar la memoria: allí la poesía mantiene su función antropológica, nutre al pueblo y el pueblo la alimenta. Es, quizá más que en ningún otro sitio, todavía una cuestión lingüística y social. Aquí, entre la caspa de los progres, la esterilidad de los posmodernos y esas brumas frías de las jóvenes poetas ateridas, casi nos vale más refugiarnos en el vino. Las lecturas de poemas, con vaso de agua encima de la mesa, presentador, loas y micrófono tienen en realidad muy poco que ver con ese fondo cálido y misterioso de la palabra colmando la boca de la gente frente a una chimenea o alrededor de una estufa. La casa de la poesía está en la mente del que la escribe. Allí vive el que la lee. El respeto por la otra, la de piedra o madera, con jardín o balcones, es en realidad un respeto que nos debemos a nosotros mismos. Con ese amor tibio y pausado de una copa de vino.

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