A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

jueves, 5 de junio de 2008

Alguien que juega al golf desde el acantilado

En el día mundial del medio ambiente pienso en las últimas noticias sobre campos de golf en España (ver también la nueva piel de toro). El arboricidio debido a las obras de ingeniería necesarias para renovar la red de carreteras del Estado es muy cuestionable, si bien en ocasiones se pude entender como un mal menor, algo para lo que no hay más remedio. También es cierto que muchas veces se trata de árboles enfermos, enclenques, y que se meten en las estadísticas para dar una idea excesiva e interesada de gravedad. Ahora bien, talar encinas o pinos, esos árboles centenarios, para dar paso a campos de golf sí parece excesivo. En realidad no hay mucha diferencia entre la deforestación de la que hablaba en la entrada anterior, motivada por la necesidad de construir barcos para el imperio, y esta tala supuestamente selectiva para que los nuevos emperadores del BMW y las stock options se solacen. Ni entre esto último y los casos de deforestación en el Amazonas con el fin de crear pastos o cultivos para el combustible biológico. La culpa la tuvo el primer homínido que quemó la selva para plantar trigo. Sentó un precedente que ha hecho medrar a nuestra especie a costa de otras menos articuladas pero no con menor derecho a seguir en pie: los árboles. Cuando vivía en Inglaterra jugaba a veces al golf. Eran campos municipales, baratos, y no necesitaban casi mantenimiento dado el clima de las Islas Británicas. Estos campos se acababan confundiendo con el bosque, dándole al deporte esa naturaleza híbrida entre lo domesticado y lo salvaje que es uno de sus principales atractivos. Porque jugar al golf en el césped inmaculado de los campos de Cádiz, las islas Baleares, o la misma Florida, debe de ser muy distinto. Algo así como una prolongación de la moqueta del salón o del despacho, un espacio mullido y acotado en el que recrear una idea enlatada de la naturaleza. En una sociedad como la nuestra, que dedica más dinero a subvencionar la no-producción de alimentos que a paliar el hambre en el mundo, quizá no parezca exagerado talar árboles e irrigar desiertos con el fin de crear ese espacio ficticio: todo contribuye a alimentar la ficción que en muchos casos es nuestra existencia. Esos ejecutivos asediados por el estrés y las horas extras necesitan chalets adosados en los que vivir su ficción de jardín, colegios bilingües para sus hijos en los que poner en práctica la ficción del aprendizaje de idiomas, centros comerciales para su expedición ficticia de avituallamiento; en fin, driving ranges que les permitan ejercitar los músculos y discutir las últimas estadísticas con un fondo de campiña inglesa y estanque de ranas. Y al españolito de a pie, que no tiene un trabajo tan glamuroso, pero sí derecho a ser igual de frívolo, le venden el golf como la última adquisición de vida saludable, haciendo de la generalidad del idiotismo supuesta democratización de un logro colectivo. Eso, o la sempiterna excusa del turismo: ¿no será mejor reciclar a nuestro sector primario en sector servicios, al agricultor en jardinero? Pues no, no lo es. En un poema de Darwin en las Galápagos recogí una imagen que me impactó: hace años, en los acantilados de Moher vi cómo unos golfistas se turnaban para golpear la bola al mismo borde del mar y ver su caída sobre las olas encrespadas decenas de metros más abajo. Parecía una apuesta, ese divertimiento tan británico exportado a Irlanda. La imagen era potente y festiva a la vez, por lo que supongo se acabó alojando en mi memoria y salió luego en un poema sobre el mar. Pero ahora pienso en esos peces que se comieron alguna de aquellas bolas y murieron asfixiados, y me cuesta verle el lado civilizado al golf. No todo el mundo puede tener acceso a todo. Debería haber una especie de decoro medioambiental. El tiempo en Gran Bretaña es pésimo, cierto, la comida, mejorable. El Mediterráneo ofrece sol sin límite y suculenta mesa. Pero la maravillosa idea que tuvieron los tour operator de unir dos ventajas puede acabar en seria desventaja para los nativos: los árboles por los suelos y los acuíferos por el aire, es decir, evaporados, para que todo el mundo tenga derecho a mejorar su putt. En el día del medio ambiente, ¡no a los campos de golf al sur del paralelo 40!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Carlos:
Antes, cuando los latinos de Roma, y no los de Puerto Rico, llegaron a Hispania en oleadas, decían sus historiadores que ésta era una tierra en la que una ardilla podía viajar desde el sur hasta el norte sin bajarse de los árboles; ahora, 2000 años después, la misma ardilla puede tornar al sur desde el norte sin salirse del "green". Lamentable, ¿no?
Un saludo,
Hugo J. Platz

Carlos Jiménez Arribas dijo...

Claro, Hugo. Además esa ardilla ya supone una tercera oleada de emigración a sumarse a la que usted menciona: porque se trata de una ardilla canadiense, una especie exótica que se ha quedado a vivir. Los emigrantes, de cualquier especie, son más que bienvenidos, ahora bien, siempre que no sea el caso del cangrejo de río americano, o el mejillón tigre, que causan estragos entre los autóctonos. Es decir, que la tierra es del que la trabaja, no necesaramiente del que la perfora con hoyos poco profundos y clava en ella banderines conmemorativos de victorias muy poco honrosas.
Un placer saludarle, Hugo. Recuerdos a su hija.