A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

martes, 10 de junio de 2008

En la arquitectura el tamaño importa

"Se trata en suma de ejercer la arquitectura con cabeza, en tiempos en los que la sostenibilidad es un valor en sí misma". Tomo la cita de un artículo de Tachy Mora sobre los arquitectos que, en vez de sembrar la línea del horizonte con sus fálicos proyectos, se entregan a la reforma de edificios ya levantados y en ruinas, sin renunciar a su voluntad de estilo, pero buscando la mínima intervención, el respeto de lo ya existente y el aprovechamiento de recursos. Qué hermosas esas casas, esos palacios y fachadas restaurados, rectificados en sus puntos débiles incorporando la huella de la nueva mano sin abolir la previa. Desde donde escribo esto veo un perfil de la ciudad de Madrid en la distancia. De derecha a izquierda empieza con el Pirulí, sigue la Torre de Valencia (a mí me gusta este edificio mínimal), el enchufe verde fosforescente de las Torres de Colón, la belleza austera del gran faro de Telefónica en la Gran Vía, los gestos racionalistas de la Plaza de España, la más que digna pluma griega de la Torre Picasso, el sinsentido de las Torres Kío y, ¡alehop!, las vergas inconmensurables (a ver quién la tiene más grande) de las nuevas torres situadas en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid. Pienso que todos estos edificios se han sumado a la ciudad con su poco o mucho de narcisismo, que a la Torre de España quizá se le pueda perdonar ahora su paleta anacronía, pero que a los tres colosos de la zona norte se va a tardar en integrarlos en una visión unívoca de Madrid. Por supuesto, llegará ese día, pero mientras viene vivimos en una ciudad que dilapida suelo y edificios públicos y quizá esas cantidades ingentes de dinero para el ego se podrían emplear en rehabilitar un poco del patrimonio arquitectónico tan olvidado y despreciado aquí. ¿Para cuándo un uso racional del edificio de Tabacalera en la Glorieta de Embajadores, por ejemplo? Seguro que no faltaban arquitectos que no necesitan perpetuar su vanidad con una torre de cien pisos, verdaderos artistas que le añaden al perfil de la ciudad una pequeña marca personal respetuosa, bella, digna. Junto a ese artículo, hay otro de Anatxu Zabalbeascoa, de quien recomiendo Vidas construidas, un libro de biografías breves de arquitectos escrito con Javier Rodríguez Marcos. Anatxu vuelve con sus hijas al colegio en el que ella misma se educó y comprueba la psicosis de una sociedad que hace del niño un objeto de obsesión universal al que hay que tener siempre entre algodones, todo para el niño pero sin el niño, se me ocurre, mullido entre la protección y el absentismo de los padres. Las verjas que los responsables del colegio han construido la horrorizan, echa de menos un paisaje menos pautado por la compartimentación de muros y alambradas. Algo así recuerda haber visto en Suiza, en muchas de cuyas aldeas no hace falta subrayar la propia intimidad para que se respete. "Así, cuando viajando vemos un prado verde, sin fragmentar, deberíamos leer cultura y civilización en lugar de desprotección o paisaje virgen. El miedo, diseñado, se camufla de seguridad". Así termina su artículo. Y me lleva a la entrada en este blog dedicada a Breve tratado del paisaje, de Alain Roger, a las palabras que yo citaba allí de Emerson, quien también buscaba una visión del paisaje que excediera los cercados de las granjas y trascendiera con su elevación de materia y espíritu el mero gesto de las lindes. Me lleva a Mongolia, en fin, donde la estepa no tiene ningún dueño y los tiene todos, donde los ger se plantan respetando sólo tradiciones ancestrales, no verjas ni dominios, donde la seguridad la da una piel de potro que separa el interior del ger de los rigores invernales, donde los niños corren en la hierba sin miedo ni malicia.

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