A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

viernes, 18 de enero de 2008

La nieve, Cortázar y el albatros
















Hoy emprendo viaje de regreso, en una demorada vuelta atrás que me llevará a Punta Arenas y a Santiago de Chile, con un par de noches en cada una de estas ciudades. Amanece soleado y con viento aquí en Puerto Williams, el punto más al sur de mi viaje. Una capa muy fina de nieve que no estaba ayer cubre la parte superior de los montes, allí donde no llegan los árboles. Es ésta la joroba desnuda que les da el aspecto característico a las cimas más erosionadas (los Dientes imponen su picuda orografía sin dejar mayor respiro a la mirada). Como para rimar con estos ribetes de blancura en lo más alto, el Beagle está encrespado y las olas saltan en cabriolas de espuma sobre un fondo de azul atlántico o turquesa, como si la mayor viveza o no del color fuera cosa del viento y no de la profundidad y de la luz. El ferry de la compañía Broom es una sencilla plataforma con foso para vehículos y, bajo el puente de mando, ubicado en uno de los costados, un espacio para el pequeño restaurante, tres o cuatro camarotes y una cabina con asientos. Los escasos pasajeros subimos a cubierta emocionados para ver la maniobra de desamarre y también para ver por última vez este lugar austral hasta el extremo que sigue indiferente entre unas y otras crestas, las de los Dientes, las de las olas. Muy pronto, sin embargo, los asperges de agua fría y salada nos confinan al nido de los camarotes. Es una travesía larga entre glaciales y bosques y habrá tiempo para salir a estirar las piernas. Más tarde, el barco se adentra por donde se adentra el Beagle, obediente a su perfil recortado entre los montes, y el agua cambia de color con cada hora, del plomo al verde. Hay un viraje más o menos brusco al Norte y nos vemos encajonados entre las montañas. También aquí la nieve ha sorprendido a la parte más expuesta de las lomas. Más abajo, a ras del agua, los albatros trazan azarosas planeos junto al barco, como una gaviota muy grande. Con sus enormes alas abiertas, estos pájaros le plantan cara al viento, se dejan mecer por él más bien. La envergadura de las alas es tal, que el más pequeño movimiento tiene una gran belleza, ya se levante del agua con dos golpes titánicos, planee en escorzo, o caiga a plano en una repentina chimenea del aire. Quitarle majestuosidad a este vuelo sería algo impensable, como pedirle a una jirafa que no sea señorial y elegante cuando camina. Leí que son capaces de dar varias veces la vuelta al mundo en sus casi cincuenta años de vida. Claro que eso era antes de que la pesca de palangre los matara por decenas de miles cada año. Se hunde el ave tras el cebo flotante y acaba ahogándose. Una nueva forma de clavar estos maravillosos pájaros en el mástil, aquella ominosa imagen del poema de Coleridge, basada al parecer en el viaje de un marino inglés que anduvo por estas tierras. Al ver que no mejoraba el viento y que un albatros sobrevolaba insistentemente el barco, alguien lo abatió de un tiro, siendo el naufragio posterior atribuido a ese mal fario. Pero más que una señal de mal agüero, matar a uno de estos pájaros es un verdadero crimen. Mejor dejarles que escriban su destino como grandes augures aquí, muy cerca de nosotros.
Un glaciar es una pared de roca que tiene efectos de grotto y cuarzo en lugar de granito, con lapislázuli tras la primera capa blanquecina. Baja hasta el mar como con un hiato o pausa en su camino, igual que si todo un continente se parara, ay, al borde de un precipicio. Y con él, el tiempo. Pero Cortázar, cuando dio sus Instrucciones para llorar no podía conocer el vuelo del albatros. Estas aves, en las dos especies que vemos, el viajero o errante (¿más conexiones con la mitología marinera en el Holandés Errante?) y el gris, anulan la desolación. Si para llorar bastaba, como escribió Cortázar, pensar en esos fiordos del Estrecho de Magallanes en los que no entra nadie nunca, así, subrayando en cursiva el vacío, el vuelo del albatros dejaría helada la lágrima. El pulso poderoso de esas alas, da sentido a todo un fiordo, destino a todo un continente, órbita a todo un mundo. No, ni Cortázar ni Darwin supieron verlo bien, ver esa luz que cristaliza en una sola materia. Esa fusión de aire, tierra y hielo, que deja en los perfiles un temblor de génesis. Ni Cortázar ni Darwin. Uno buscaba el contorno de la ficción para hacer el mapa de la existencia; el otro veía la realidad con esa luz casi ficticia del septentrión. El bestiario y la teoría de la evolución de las especies. Un albatros en pleno vuelo puede hacer añicos ambas distorsiones.

5 de enero

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