A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

viernes, 18 de enero de 2008

Darwin y el monstruo del Lago Ness
















La Isla de Navarino, o bien, Isla Navarino, como dicen aquí, fue bautizada con ese nombre por FitzRoy, el capitán del Beagle, haciendo honor a la batalla homónima que ingleses, rusos y franceses ganaron a los turcos frente a las costas griegas en 1827. Con su forma de criatura pesada y grande, el mapa de la isla parece un elefante marino: el lomo sería la parte norte, en la ribera del canal Beagle. En esta vía de agua natural angosta y profunda, Darwin creyó ver un espacio claustrofóbico, muy parecido al lago Ness, según sus propias palabras. ¿Se olvidó Darwin del monstruo, o era el monstruo este pedazo de tierra extendido de Este a Oeste, como una enorme morsa rematada en sus fauces por esa isla Button que parece un colmillo? Aquí se encuentra, enclavado en la mitad aproximada de la costa norte, Puerto Williams, antigua base naval, hoy merecedora del honor de ser la ciudad más austral del mundo. En realidad es sólo un pueblecito luchando por estar a la altura de las circunstancias que nos empujan, a los que creemos aún en el misterio de los paralelos, a buscarnos en su naturaleza antípoda. Puerto Williams de levanta con sus cuatro casas de listones de madera, calles sin asfaltar, club de yates flotante y poblado yagán, con esa dignidad del marino varado en tierra firme. Otra caprichosa forma, esta vez tridimensional, se eleva como un cristal de roca gigante al sur de Puerto Williams: son los Dientes de Navarino, un poco el equivalente en miniatura de Torres del Payne, y un mucho el motivo de mi venida aquí. Aunque todo empezó en realidad con Darwin, con un poema que escribí hace ya más de dos años (el último, pues no me ha vuelto a visitar la musa) sobre su encuentro con una tortuga gigante, una mirada de hombre a bestia y viceversa en ese instante intemporal de la revelación. Luego el poema hizo que todo el segundo libro pivotase sobre su eje, le cambió la estructura y el título, y me dejó prendido de la aventura viajera de este joven que da la vuelta al mundo recogiendo fósiles y luego tarda décadas en dar la vuelta al conocimiento científico con la interpretación de sus hallazgos. Sí, todo empezó con Darwin, por eso mañana salgo en un barco de época a hacer parte de la ruta que él hizo a bordo del Beagle por estos mares. Servidumbres del turista, que tiene que reproducir, al no poder lanzar sobre estas montañas una mirada inaugural, la forma aproximada del velero para hacerse dueño de su naturaleza.

26 de diciembre

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