A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

miércoles, 7 de noviembre de 2007

No era para tanto



En efecto, Nápoles no era para tanto. Me refiero sobre todo a esa imagen de ciudad conflictiva, peligrosa, sucia y descuidada. Una vez allí, no me ha parecido que fuera para tanto, la verdad. Y habría que ver muchas de nuestras ciudades hace tan sólo dos o tres décadas (Habría que ver algunas zonas de nuestras ciudades todavía hoy). Pero si voy a lo positivo, ¡entonces Nápoles era para mucho más!: el entorno natural de la bahía, las islas al fondo, tumbadas como grandes vacas marinas, dos museos espectaculares, un microclima benigno, y el volcán, claro, ese volcán. Creo que es en un poema de Ángel Crespo donde se habla, dirigiéndose al río Danubio, de "ese pájaro que nació de mirarte tanto". Pues bien, uno mira tanto al volcán, desde tantos sitios distintos, que se pregunta si no habrá nacido algún extraño pájaro de esa mirada. Pero uno no aspira a tanto. Ni Nápoles, que parece conforme con ese presente plácido tras un pasado único en Europa: hace cien años muy pocas ciudades le disputaban la supremacía. Hoy, claro está, se ha quedado rezagada. Y se acumulan las basuras en las carreteras de acceso a Nápoles, como se amontonan las grandes verdades en los desagües de la Historia. Dicen que, quizá como tantas otras cosas en el sur de Italia, la acumulación de residuos es un problema que tiene su origen en el crimen organizado. También ocurre así en la Historia, que escriben siempre los vencedores, ya se sabe, los que organizan el crimen, o sea el cotarro. El napolitano mientras tanto se pone a ver pasar la vida en las esquinas (así nació la filosofía), fuma, grita y gesticula, es todavía un poco árabe. Afortunadamente. O cruza vertiginoso en motorino: sigue siendo todavía un jinete normando. Y tiene algo Nápoles de Ulan Bator, o de Aleppo, y mucho de Argel, ese abigarramiento, esos papeles por el suelo, esa presencia de lo que se resiste a ser aquilatado, compartimentado, reducido a brillo profiláctico de ciudad suiza. Yo no creo que la ciudad la inventase Caín. Como tampoco creo que Nápoles sea una ciudad cainita. Hasta el Vesubio se ha cansado de ser una constante amenaza y parece que la deja en paz. Si el primer hombre se puso en pie en Mongolia, como sostengo alegóricamente en Viaje al ojo de un caballo, su primera ciudad tuvo que ser Nápoles. Pero yo no escribiré ningún Viaje al ojo de un volcán. Ya lo escribió, maravillosamente, Susan Sontag.

No hay comentarios: