A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

domingo, 18 de noviembre de 2007

Cuadros y paisaje

La exposición en la galería Juan March, La abstracción del paisaje, muestra los primeros escarceos con la abstracción en los fondos sublimes de Caspar David Friedrich, y llega hasta la sublimación total de un horizonte marino en Mark Rothko. Se ve cómo la abstracción fue en realidad eso, la separación de un detalle que formaba parte del conjunto del cuadro para llevarlo a ser sujeto mismo de la representación. Convendría irse más atrás, a los cielos oníricos de santos que pinta el Greco; o hasta la plasmación paisajística en los maestros holandeses del Renacimiento, allí donde Patinir se olvida de la escena bíblica representada para jugar con las posibilidades de un horizonte en expansión. Pero este recorrido empieza más tarde, cuando al cuadro se le ha despojado de todo motivo, no ya religioso, sino casi antropológico. El hombre está aquí sólo en la mirada, que no obedece a menos sesgo. La exposición está basada en un libro de 1975 de Robert Rosenblum: La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico. De Friedrich a Rothko. Decir Romanticismo nórdico, para algunos, es pleonasmo, pues no habría habido otro Romanticismo. El Romanticismo surgiría como preocupación teórica en el norte de Europa y se haría patología en el sur, cultural o biológica, Byron o Leopardi. Todos conocemos esa explicación basada en la forma de incidir la luz en unas y otras latitudes: por un lado el norte umbrío, difuso, propicio al fermento de la imaginación, con la consiguiente creación de formas en los fondos inconcretos; y por otro lado el sur nítido bajo un sol sin concesiones. Rosenblum apunta en una cita del catálogo otra motivación: el protestantismo, cuyo espíritu humanista llevaría ese conflicto que refleja siempre el arte (aun si es entre realidad y percepción) lejos del formato divinal para alojarlo directamente en la naturaleza. Es una interpretación muy sugerente que explicaría además muchas otras cosas. Entre otras, la separación del hombre de su entorno natural, la intelectualización de este último, el progreso y su saqueo de los espacios naturales y, como consecuencia, la preocupación medioambientalista. Quién sabe, quizá de aquellos polvos vengan estos lodos. Quizá mirar de forma enajenada la naturaleza equivalga a perderla de vista. Quizá R. W. Emerson, cuando mira en torno y se olvida de las granjas de sus paisanos para buscar un más allá que sólo le pertenece al poeta también está mirando así, mirando lo que pierde. Quizá la exposición debería en realidad subtitularse: La enajenación del hombre de la naturaleza. Del ojo henchido de Friedriech a las manos vacías de Rothko. Pero queda mundo. En Viaje al ojo de un caballo critico la afirmación de Octavio Paz en sentido contrario. Desde la rotundidad de Mongolia. Pero también aquí queda mundo. Sólo hay que saber mirarlo. Y quizá la exposición sirva para decirnos cómo no hay que hacerlo.

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