A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

jueves, 8 de noviembre de 2007

El ruiseñor de Capri


Un amigo de las islas de la bahía de Nápoles.

4 comentarios:

Mateo dijo...

Ya sabes que la poesía de Valente termina con un hermoso haiku:

CIMA del canto.
El ruiseñor y tú
ya sois lo mismo.

Como ves, ese "adiós" a la poesía parece no estar en ti; aunque sea a través de una imagen que, como diría Barthes, contiene algo de interés humano: "ese azar que en ella me despunta (pero también me lastima, me punza)".

Abrazotes.

Carlos Jiménez Arribas dijo...

Querido Mateo: he de confesar un error en esa foto (¿hay algo escrito por mí que no tenga su sonrojante (er)rata? Diez puntos si encuentras la que tiene Viaje al ojo..., y que Valente seguro hallaría enseguida). Sí, el pajarito no es un ruiseñor, de canto íntegro y melodioso, sino un petirrojo, más diletante. Y sí, la poesía, cuando nos deja, si nos deja, quedan siempre como en el vino esos cristalitos en lo hondo. Pero la cita de Barthes invita una reflexión: ¿Por qué esa lástima, esa punción? O en otras palabras: ¿Existe, puede existir, poesía indolora? Más abrazos para ti.

Mateo dijo...

¿Erratas en los libros? Hace poco me leía la "Antología de las jóvenes y viejas erratas de la poesía española", un gran trabajo publicado en una editorial independiente donde ponen cada (er)rata en su debido lugar. Aunque esta alegoría es ficticia, no creas que al gran Manolo Arce no se le pasó por la cabeza escribirla. Por ejemplo, su revista, "La isla de los ratones", el primer número, apareció llena de ellas. Al segundo número lo quisieron titular "La isla de los erratones". Pienso que en un libro, mientras el autor y el título estén bien escritos, mientras no haya cosas como "Viaje a la aguja del caballo" (qué ochetentero, ¿no?), todo lo demás no importa. Los tuyos son "editors", en el sentido inglés y artesano, que se han sentado a tu lado para aconsejar y sacar brillo a un hermoso libro no sólo sobre Mongolia, sino también sobre la condición, variable y desdichada, diría John Donne, del hombre. ¿Erratas dices? Brindemos por ellas.

Carlos Jiménez Arribas dijo...

Creo que, salvo en mi primer libro de poemas, no hay uno en el que se haya colado alguno de esos "malditos roedores", desde el alagar, así, sin hache en la primera traducción de Yeats, hasta el corregio en las gracias al corrector en El poema en prosa... La de Viaje al ojo... no es una errata, sino un error, atribuir a Pompeya el fresco que está en Paestum, y que además es griego, no romano, en fin. Vamos a pensar que, así como a muchos instrumentistas se les oye el chasquido de los dedos o la respiración entre nota y nota, dedo y dedo, y que eso humaniza la música, igual las ratas humanizan a los gatos (aunque lleven manoplas, ja ja ja). Eso sí, aunque adoro a Donne, no estoy de acuerdo en que nuestra condición sea desdichada, sí variable, pero tb. dichosa, Brindo por ti, amigo Mateo, con le vino de la dicha.