A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Náufragos

Ayer vi algo asombroso por la tele. No uso caja tonta y cuando voy a un sitio en el que la tienen conectada, me quedo boquiabierto unos instantes. Fui a cenar a casa de mi padre y antes del fútbol había un telediario. Lo que vi me impresionó: tres magrebíes atravesaban el Estrecho a bordo de, no una patera o una zodiac clandestina, sino de una tabla de surf. A horcajadas, como encima de un caballo de fibra sintética. Fueron avistados por un ferry y las imágenes las grabó un turista con su cámara. Se les ve acercarse al barco y cómo los van subiendo. Uno cae al agua. Pero lo que más llamó mi atención fue que estos náufragos llevaban una especie de remolque atado con una cuerda y hecho con cámaras de neumáticos superpuestas. Ahí iban sus pertenencias. Me impresionó ese detalle, esa pulcritud, cuidado, primor casi en acoplarle a la precaria embarcación su correspondiente vagón de equipajes. Normalmente los magrebíes son los malos en la mayor parte de las historias de emigración que conocemos: los patrones de la patera, gente sin escrúpulos que explota a los subsaharianos (hasta en esto hay jerarquías) y les deja tirados a la mínima de cambio. Pero estos tres robinsones se acercan mucho a la estatura del héroe. El mar estaba picado y el cielo lleno de nubes. Remaban como indios en un lago encrespado. Cuando izaron al último, se vio la tabla de surf y lo que había escrito en ella: "BARCA" con un spray de graffitero, y un número que no pude leer. Luego vimos el fútbol con algún gol meritorio, cenamos, hablamos. Pero esa imagen de la tabla y los neumáticos no se me ha borrado todavía de la memoria.

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