A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

viernes, 15 de febrero de 2008

El eterno femenino y la morfología trascendental

María, amiga amada mía, me manda por mail un link con esta composición del artista Philip Scott Johnson (Eggman913): http://www.artgallery.lu/digitalart/women_in_art.html. No sé por qué me lleva a la idea de la polivalencia de la forma en el reino natural, eso de lo que he escrito ya varias veces, la morfología trascendental, un concepto que le servía a Goethe, tras él a Emerson, incluso al primer Darwin, para explicar la uniformidad proteica de lo real, si se me permite el oxímoron. Si una misma línea formada por segmentos da forma al trilobites, a la espina dorsal de un ser humano, al esqueleto de un áspid, o al tronco del bambú, ¿no parece esa mujer vertida en varios moldes una muestra máxima de la feminidad trascendental? Lo abstracto y articulado de la composición queda muy bien acompañado con esa suite de Bach, un naturalista, un matemático de la música, si se me permite ahora el pleonasmo. Ahora bien, esa única mujer que es todas las mujeres, ¿no constituye un imposible, una idealización que como todo lo sublimado, se escapa entre los dedos? Como en la zarabanda, que al fin y al cabo es una pieza de danza, en este baile de lo eterno femenino hay algo de inasible, de imposible y, claro, también como en la música, de melancólico. La naturaleza va dejando fenotipos tras su constante ensayo de la forma, especies que se sobreviven, se anulan, se explican unas a otras. Y estas mujeres ensartadas en la duración imposible de una única mujer son tantos momentos robados al paso del tiempo. El megaterio se extinguió, pero dejó su huella suficiente en la Patagonia. Y esa mujer con armiño en los brazos hace ya tiempo que alimenta el polvo en lo más denso del polvo, pero queda su particular propuesta de eternidad en un retrato. ¡Ah, si pudiéramos tan sólo a una de ellas poseerla! Nosotros, los que no vemos a la otra mujer, la de carne y hueso, real como ella misma, que pasa a nuestro lado o nos envía composiciones artísticas por mail, la de verdad, la que nos toca en este instante eterno que es nuestra vida, irrepetible y necesaria en el decurso de la realidad hacia otras vidas, la sola eternidad! Nosotros, los poetas, los artistas, los enfermos de melancolía y brumas maternales, cuarentones, solterones, mozos viejos.

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