A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

martes, 4 de diciembre de 2007

José Viñals a caballo

Me llama José Viñals, el poeta argentino afincado en Andalucía desde hace años, para decirme que Lunas rojas, la revista de poesía virtual, ha publicado un monográfico sobre su obra. Viñals es un poeta fuerte, radical, sin remilgos. También se podría decir que es un poeta viril, y esto en el sentido emersoniano. Valdrían catálogos como "surrealismo", "irracionalismo". Yo lo dejo en Poesía, así, sin comillas, con mayúscula. A veces la poesía nos deja de visitar. A veces se tiene la entereza de admitirlo y dedicarse a otra cosa. En el caso de Viñals, la poesía le habita. Su labor es mantenerse fiel a esa labor de hospedaje. El caballo es muy importante en su obra. Normal, viniendo de un autor cuya mente se ha forjado en el yunque infinito de la Pampa. Poeta del amor, como todo poeta de raíz, y del exilio, como todo poeta, José conoció las zarpas de la dictadura igual que tantos compatriotas suyos y cruzó el Atlántico. Fue dinamizador cultural en la Andalucía de los ochenta. Es y sigue siendo, en el buen sentido de la palabra, poeta. Termino con sus palabras, es decir, comienzo:

Y tu caballo tendrá peso y sombra, para el cauto apretón de tus rodillas, para tu espuela de plata gris, inexsitente.

Así monta el mongol. Y el indio americano. Y a José Viñals, este gaucho varado entre olivares, tampoco le hace falta metal hiriente en los talones para indicarle el pulso y el sentido a su caballo.

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