A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

jueves, 3 de julio de 2008

La libertad, amigo Sancho

“… pero, ¡qué bueno morir tocando la libertad!”. Lo dice Ingrid Betancourt al referirse a las peligrosas circunstancias de su liberación junto a otros rehenes de las FARC. Y recuerda aquel parlamento de don Quijote a Sancho, la libertad, amigo Sancho, es el bien más preciado del hombre, y por él merece la pena dar, si hace falta, hasta la vida. No son las palabras exactas porque cito de memoria. Y seguro que la memoria ha ayudado a esos rehenes que ya respiran el aire libre a resistir tantos años. A los torturados y secuestrados les ayuda recordar cosas y momentos para aislarse de la circunstancia impuesta de su presidio. Uno canta mentalmente todas las canciones de los Beatles para abstraerse, otro recita en la bóveda de su cráneo poemas de amor para espantar el odio. San Juan de la Cruz habría escrito el monumento que es el Cántico espiritual sobre la cal de su memoria, sepultado entre las cuatro paredes calcáreas en las que lo encerró el celo de la ortodoxia. ¿Y qué recordaría Cervantes en su cautiverio mientras era sometido a quién sabe qué tipo de vejaciones, incluso si se daban entre el lujo, los cojines, las rumorosas fuentes? Muy mullido no tenía que ser ese entorno cuando arriesgó la vida varias veces, como hizo Ingrid Betancourt, para escapar. Para los secuestrados en las selvas de Colombia la memoria era la radio, las voces de sus familiares a una hora temprana, antes de que levantara el día con su certeza impuesta, en ese tiempo o duermevela en el que todo parece posible. Me imagino el repentino tronar de la selva como un aviso de rotundidad, con todo el peso de ese estruendo diciendo que hoy tampoco serían libres. Por supuesto que hay mucha gente secuestrada, muchas selvas y zulos que no lo parecen por el mundo. Muchas mujeres secuestradas por sus maridos, hombres secuestrados por sus mujeres, padres secuestrados por sus hijos, hijos secuestrados por sus padres. El síndrome de Estocolmo, que no ha colonizado la mente de Ingrid Betancourt, se extiende por todas partes con la universalidad de una plaga y el dudoso pretexto del amor. Pero secuestrar a alguien con el pretexto más dudoso todavía de liberar una idea más grande, como alimentar con sangre ajena el dudoso árbol de una idea mayor, eso no es un síndrome, sino un delito, y como tal tiene que ser contemplado. A veces cruzamos la ciudad recitando un poema mentalmente, subiendo una ladera nos asalta un pensamiento que leímos hace mucho tiempo, una canción resuena dentro de nuestra cabeza en la ebriedad o turbiedad de la noche, depende de los días. Nos religamos al idioma en esos momentos, a la vida y a la especie. Son pequeños ejercicios espirituales, pequeños simulacros de una memoria que nos salve, nos diga cosas como que la libertad amigo sancho o mi amado las montañas.

1 comentario:

Via Nomada dijo...

Gracias por tu blog que es muy bien escrito y muy interesante!