A principios de julio de 2006 salí de Madrid rumbo a Mongolia. Iba a pasar tres semanas observando al último caballo salvaje del planeta (Equus Przewalski Poliakov, takhi para los mongoles), reintroducido con éxito en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator. Llevaba en la mochila tres libros. El primero, El arco y la lira, de Octavio Paz. El segundo, la obra ensayística de R. W. Emerson. El tercero, escrito en un cuaderno con tapas de damasquino aún sin estrenar, comprado el verano anterior en Capadocia —literalmente, «la tierra de los caballos bonitos»—, acabó siendo este libro. [CJA]

miércoles, 30 de abril de 2008

¿Para qué sirve un blog?


Un blog sirve o debe servir para colgar los instantes que uno pasa consigo mismo. Hoy me fui a la ribera del Tajo, el Mar de Ontígola, un sitio que sólo por ese nombre ya merece una visita. Buscaba mariposas pero hallé pájaros, muchos patos y garcetas, esa ave con el cuello flexionado como un enigma, y la maravilla del aguilucho lagunero, que por su tamaño y por su vuelo parece más un gavilán. Los he visto planear y hacer picados sobre el carrizal que rodea la laguna, donde anidan los ánades reales y demás seres reales de este microclima único. La laguna la construyó Juan de Herrera, el arquitecto de Felipe II, siguiendo indicaciones del rey para un antiguo embalse del siglo XV. Pasa por ser la primera presa del mundo y da cosa ver los sillares de la época aún en pie y funcionamiento. Luego busqué un tarayal, ese árbol que me recuerda el brezo gigante de la laurisilva. En los márgenes del Tajo hay muchos y vi un par de conejos. Crucé el Tajo y comí junto a un pequeño embalse, el de Cazalegas. Finalmente, buscando quizá la querencia de la sierra, crucé hacia el valle del Tíetar por unos pueblos mágicos, Hinojosa de los Montes, El Real de San Vicente, Navamorcuende. Allí los robles son gigantes. ¿Incidentes? Bueno, mientras miraba con los prismáticos el mar de Ontígola, llegó un perro cruce de rotweiler y pastor y se me vino encima. El dueño detrás, diciendo lo que dicen siempre, si sólo quiere jugar, etc., pero el perro seguía enseñándome los dientes y viniéndose, y yo encarándolo y repitiendo quieto, quieto. Me pasó algo parecido el verano pasado en Villa Adriana. Si les das la espalda a estos perros que, por lo que sea, se le vienen a uno encima, estás perdido y te buscan las pantorrillas. Bueno también se me ha quemado el lado izquierdo de la cara y el cuello, porque junto a ese puente que aparece en la foto estuve tumbado unos minutos oyendo pasar el agua y viendo, regalo ocasional, volor algún vencejo. Este fue mi día del trabajo, un día dedicado a esa labor humilde, irrepetible, de lo vivo.


domingo, 27 de abril de 2008

Grecia y Jerusalén

Una semana sin escribir y hoy de repente tres entradas. Esto es así. Es que estoy escuchando Juego de espejos, el programa de Luis Suñén en Radio 2, y unas palabras del entrevistado, el filósofo Reyes Mate, me mueven a escribir. Contrapone Grecia a Jerusalén, y aunque es una entrevista y no un ensayo, es decir, son necesarias y comprensibles ciertas generalaciones, hay algo con lo que no estoy de acuerdo. Reyes Mate se ha especializado en la filosofía de Occidente tras el Holocausto, y su emepeño y afán merecen elogio. Pero en esta entrevista afirma que la filosofía del progreso (y desde este blog he cuestionado en más de una ocasión el sacrosanto progreso) es una especie de culminación de la filosofía griega a través de la Ilustración, como si hubiera una línea continua e ininterrumpida entre Platón y Voltaire. Es muy recomendabe la lectura de Unidad de la experiencia filosófica, de Etienne Gilson, libro en el que se pone de manifiesto cómo esa línea continua no es tal. La Ilustración culmina un camino que no empieza en Grecia, un atajo que de hecho niega Grecia y tira por tierra muchos de sus preceptos. Por otra parte, la defensa de la memoria y la cultura de la víctima (eso que Reyes Mate atribuye a lo judaico), sí es susceptible de una lectura atenta con el trasfondo de a la virilidad, la solidez y la pujanza del ser que descubre para nosotros por primera vez la filosofía griega. El Angelus Novus, al que ya he aludido en este blog, es definido por Walter Benjamin, al que también ha aludido Reyes Mate en esta entrevista, como un sujeto que sólo ve los escombros que deja a su paso la Historia, es decir el Progreso. Pero ese enfangamiento de la memoria en el pasado, con la confianza ciega en un futuro mesiánico y porvenir, esa cultura de la víctima (y nadie niega el horror del Holocausto) ha hecho mucho daño al ser, uno de los logros mayores de la filosofía griega. Un ser, por cierto, también atacado por la Ilustración y su hijo bastardo, el delirio jacobino. Puede parecer una contradicción, pero yo creo que Nietzsche, a quien precisamente alude en este mismo instante Reyes Mate en la radio, su Anticristo más concretamente, es un antídoto necesario contra tanta victimización. Compatible con Grecia, compatible con la condena absoluta del Holocausto. Compatible con el ser, atacado a lo largo de la Historia desde tantos frentes. No sólo desde la Ilustración.

Hombre blanco, corazón blanco

Últimamente he estado leyendo o releyendo a Cortázar. Hace años me compré en la Feria del Libro los cuentos completos de Roberto Arlt, su supuesto antecesor. Por fin he podido meterme en ambos volúmenes, los completos de uno y otro. Cuando acabe con Arlt, me espera Güiraldes, editado en España por Artemisa, a cargo de Mateo de Paz. Se ve, en efecto, esa prelación de Cortázar en Arlt, sobre todo en el primer libro compilado, El jorobadito. Pero el antecedente no es tanto, o eso me parece a mí, el submundo tanguero y malditista, eso lo tomará más bien el sarasate Borges, como una voluntad de abocar la experiencia humana al límite. Al extremo, no sólo de la experiencia, sino de la percepción. Algo que Cortázar traspasará ya olímpicamente hasta llegar a la vigencia de lo onírico. En Arlt el límite de esa experiencia todavía se percibe como con un crujido, un crepitar de cosa aún nuestra. Queda ahí ese testigo abocetado del ideario bonaerense (sin exagerar, pues pervive una ternura y un cociente humano que desdice un tanto el entusiasmo por ese malditismo que suscribe, en este prólogo de la edición de Losada, Gustavo Martín Garzo). Pero luego llega el segundo volumen de cuentos publicado en vida del autor, El domador de gorilas (muy bien acotado, eso sí, por Martín Garzo), y descubrimos un Arlt inusitado, entregado a la narración tradicional, casi como un juglar norteafricano, dejando que el montante de la narración prime sobre todo ejercicio experimental. Es sorprendente esa inmersión. Queda, además, en esta edición de cuentos completos, casi la mitad del volumen dedicada a textos no recogidos en libro. Hay uno que me encanta, dada mi predilección por los viajes en barco, Un viaje terrible, divertido, imaginativo, todo un logro. Me detengo, no obstante, y de ahí el título de esta entrada, también su etiqueta, en el cuento La palabra que entiende el elefante. Quizá exagere, pero me parecía desde que empecé a leer el segundo libro, El domador de gorilas, que Arlt tenía que haber escrito un cuento como éste. Y no me había equivocado. La palabra que entiende el elefante, de título ya prometedor, narra el encuentro, necesariamente traumático, del hombre y del animal en ese espacio fronterizo de domesicación de lo salvaje. Miles de narraciones han surgido ahí, desde El libro de la selva, de Kipling, a los cuentos de lobos de la península Ibérica. En este caso el animal que traspasa los límites de lo cultivado, dejando atrás la naturaleza intonsa, es un elefante. Y el cazador es un hombre blanco que recuerda a Clint Eastwood en aquella película ligeramente inspirada en John Huston, y cuyo título me he permitido alterar en esta entrada. En el caso de la película, la negrura de las entrañas del cazador se lleva por delante la vida de un hombre negro, y levanta acta de esa desmesura y voluntad de cruzar todos los límites tan característica del anglosajón. Tan deletérea también. El cuento de Arlt, sin embargo, pese a enseñar idéntica lección, deja indemne al hombre y sólo se lleva por delante al elefante. Hay como un papel de intercesión que, en ambos casos, desempeña el aborigen. El explorador negro en la película, que acaba de despedirse de su familia en el poblado limítrofe con el bungalow en el que Eastwood y su troupe se entregan al exceso etílico, se arroja a los pies del elefante para salvar a los miembros de la expedición, un detalle de profesionalidad (no de martirio) que da fe de la blancura de su corazón. Y el sabio hindú, en el cuento de Arlt, es capaz de detener al enfurecido paquidermo con un mantra ancestral. En ambos casos, el hombre blanco aprende del de tez más oscura. Eastwood, o John Huston, se retira de la escena de la tragedia con un hiato significativo en la mirada. El cazador de Arlt mira su rifle y lo tira al suelo, convencido de su inutilidad. La moraleja de este cuento es hermosa: "Y esa fue la última vez que el capitán Braun salió a cazar". ¿Pero cuál es la palabra que entiende el elefante? Yo propongo que son en realidad dos palabras, conveniente y rítmicamente repetidas: "the horror, the horror", el mantra que hay en el centro de Heart of Darkness, la novelita de Joseph Conrad, otro explorador de lo limítrofe.

Apus apus

Ya han llegado. Cubren los cielos de Madrid de forma irrevocable y completa. Desde la terraza en la que escribo esto los veo volar, a veces bajan hasta la altura de los últimos pisos, recorren entre las azoteas los cauces paralelos de las calles, su chillido es para mí tan hermoso como un canto. Aquí al lado hay una plaza de toros cubierta, el edificio es horrendo pero la cúpula tiene cierto aire digno y futurista. Los vencejos la dejan obsoleta con sus tirabuzones, dan forma esférica al día para mí. Apus apus, literalmente: el que carece de pie, el que no se posa, el que lo hace todo en el aire. Me parece mentira que pudiera vivir treinta años sin percatarme de su presencia, hasta aquel encuentro que intenté plasmar en el relato Planeador. A veces me pregunto qué habría pasado si yo me hubiera incorporado sobre la piedra unos segundos antes de que bajara a ras de ladera el primer vencejo. Con las alas abiertas tienen el tamaño de un plato. Seguro que a aquella velocidad me habría hecho daño. ¿Y yo a él? En el castillo de Pedraza una vez vi una golondrina muerta junto al vano, cubierto de cristal, de una de las ventanas ojivales. La habían cubierto así para que el visitante se pudiera asomar al precipicio sobre el que se levanta el castillo, pero las golondrinas en sus vuelos y picados no percibían esa superficie transparente y chocaban contra ella de manera fatal. Hay un poema muy hermoso de Rosemarie Waldrop sobre una experiencia parecida. En un cuento de Cortázar, una golondrina cae muerta a los pies de alguien y su vida cambia. No todo son malas noticias, sin embargo: hace años un gorrión se quedó encerrado en el garaje de la casa del pueblo. Intenté ayudarle a salir abriendo las puertas pero se golpeó contra la parte de plástico transparente y cayó grogui al suelo. Pensé que estaba muerto. Lo cogí con mucho cuidado. Palpitaba y abría la boca en un débil remedo de respiración. Yo no sabía qué hacer. ¿Cómo se le hace el boca a boca a un pájaro? Recuerdo que lo dejé encima del alféizar, al sol, por ver si así se recuperaba. Me metí dentro de la casa para observarlo sin molestarle. Poco a poco iba boqueando. Seguí con mi faena y cuando volví a mirar ya estaba erguido sobre sus patitas. Tenía los ojos entrecerrados y abría lastimeramente el pico. Salí fuera, y despacio me acerqué. Cuando alargué la mano para intentar cogerlo, de repente abrió los ojos y salió volando. Lo recuerdo como un momento de dicha, como una contribución muy modesta para que algo real y vivo siguiera viviendo. Ese salto del pajarillo alejándose de mi mano abierta fue lo más hermoso, como si subrayara que él sólo era del aire. Maravilla de lo real, lo que nos bendice con su presencia, lo que debemos defender a toda costa sin reclamo alguno sobre ello. Lo que es hermoso y no nos pertenece.

lunes, 21 de abril de 2008

La noche de los libros y el Lago Ness

Este miércoles me han invitado a participar en La noche de los libros, una iniciativa que, entre otras cosas, lleva autores a firmar a librerías hasta bien entrada la noche. A mí me ha correspondido firmar mis libros en la librería Azorín, de Leganés, una ciudad-dormitorio al sur de Madrid, así que allí estaré este 23 de abril de 19 a 20 horas. Me hace ilusión que me haya tocado esa librería porque también fue en Leganés donde empecé como profesor, hace ya bastantes años. Recuerdo una mañana todavía calurosa de setiembre, una ciudad que nunca había visitado, jardines, chopos inmensos, una escuela de ladrillos rojos. Durante siete años vi pasar por mis cursos a muchos alumnos. Ignoro si alguno se pasará ahora, sabiéndolo o por casualidad, por la librería el miércoles. Pero si lo hace seguro que se lleva una buena sorpresa al verme allí con libros de poesía, traducciones… Yo en clase nunca he hecho proselitismo, llevaba muy poca literatura a las aulas, prácticamente nada de poesía. Sí llevaba artículos sobre política, medio ambiente, sociedad. Y es curioso, pero al pensar en esta entrada me he dado cuenta de que ese ex–alumno hipotético mío se sorprendería al saberme autor de libros, pero no se sorprendería en absoluto al leer este blog. Ahora no doy clase y me parece que esa vocación de llevar al aula textos que hicieran pensar a mis alumnos, aparte de enseñarles inglés, esa voluntad de llamar la atención sobre lo bello, frágil y a la vez contundente, variado y universal que es el mundo se ha vertido ahora en las entradas de este blog. Recuerdo, por ejemplo, que en Leganés me pilló toda la crisis de las vacas locas, y cómo tratamos el asunto en clase con artículos, grabaciones, etc. Hay un texto especialmente que no he olvidado. Era de Paul Evans, a quien sigo leyendo con ganas en su columna semanal de The Guardian Weekly. Ahora lleva años escribiendo en un formato más breve y compacto, casi siempre sobre sus impagables paseos por Shropshire, allí donde Inglaterra se confunde con Gales. En aquellos mediados de los noventa sus artículos eran más amplios y abarcaban más temas, aunque siempre desde esa óptica del mundo natural. El artículo en cuestión hablaba de una leyenda celta según la cual una vaca a la que ordeñaban con una criba se volvió loca. El animal veía cómo sus ubres nunca bastaban para llenar el recipiente y, llena de celo lácteo, tierna y maternal, acababa desquiciada al sentir que su esfuerzo era en vano. Al final del cuento, aquella vaca sometida a la codicia del hombre corría desnortada por los bosques. De ahí Paul Evans sacaba la moraleja aplicable a la nueva locura de las vacas, sus frenéticas carreras en los prados, enfermas por culpa de la codicia del hombre, un hombre que quizá no haya cambiado mucho desde aquel ordeñador espabilado celta. También es curioso que me venga esto ahora a la cabeza, cuando se acaban de producir nuevas muertes por el mal de las vacas locas en España. Yo mismo no puedo donar sangre por haber vivido entre no recuerdo qué fechas en el Reino Unido. Paul Evans no lo decía así, pero yo ahí veo algo de la codicia que gobierna tantas empresas promovidas por los anglosajones, esa mentalidad, sancionada por Calvino, que ve el mundo como un saco sin fondo, igual que la criba de la vaca. Mucho del saqueo de los espacios naturales deriva de esa mentalidad apropiaticia y mercantilista. En fin, de estas y otras cosas hablábamos en clase en Leganés, el Lago Ness como lo llamábamos entonces, sin monstruo, claro, pues a Panero ya se lo habían llevado, como quien saca a pasear al loco oficial de la poesía española, de gira por otros manicomios. Me hace ilusión volver a Leganés después de tantos años. Porque, aunque el tiempo no pasa en vano y yo veo que me voy haciendo mayor, también veo que desde este blog sigo intentando mantener viva aquella llama que ardía en muchas de mis clases: sigo intentando transmitir la fragilidad, contundencia, belleza, universalidad del mundo y todos los seres reales que lo habitan. Por encima de todos los idiomas y los géneros literarios.

jueves, 17 de abril de 2008

Los ojos de los caballos

El lunes estuve en la exposición de Goya que acaba de inaugurar el Museo del Prado. Desde entonces he querido escribir esta entrada. Me impactó la mirada de los caballos en el recién restaurado cuadro de la carga de los mamelucos. Parece ser que es un lugar común en la historia del arte llamar la atención sobre ese dato: en el lienzo, entre el fervor de la escabechina y su indiscriminado frenesí, ninguno de los personajes mira al espectador. Ningún hombre desvía la mirada de su sangriento objetivo. Sólo los caballos vuelven esos ojos tan humanos a quien contempla el cuadro. Parecen representar así lo único dotado de sentimiento y de razón entre la crueldad de la guerra. O quizá miran como diciendo, “Salvadnos”. Salvadnos de esta sinrazón de la violencia enfangada en más violencia. En otra entrada del blog, dedicada a los caballos de Durero, hago referencia a este cuadro de Goya en el que los combatientes se ensañan con los caballos y clavan en sus flancos cuchillos infrahumanos. Después de verlo de nuevo, después de ver el ángulo en el que una de las espadas se clava en el pecho del caballo en primer plano, que se desmorona como su jinete y es el único que no nos mira, después de ver esa precisión casi científica con la que Goya plasma la cuchillada, todo un arte cisoria de la barbarie, me vienen a la memoria otros caballos de Goya también sometidos a desgarro: los utilizados en la lidia del toro. Es curioso que a los caballos de los picadores a veces se les tape los ojos mientras se los expone a cuerpo descubierto a la embestida del astado. Curioso también que a los otros caballos, los de la carga de los mamelucos, se les represente mullidos entre el fragor de cuerpos despedazándose pero con los ojos abiertos, humanamente abiertos. Quizá debieran verse estos caballos siempre en común perspectiva: los que ven en la batalla y los que no ven en la corrida. Los que viven para ver y ser testimonio, y los que mueren para no ver el ensañamiento del hombre con el animal. Quizá así quiso verlos Goya. Hay un artículo largo y hermoso del pintor Antonio Saura sobre otro famoso animal de Goya: su cabeza de perro. A mí me parece que esa mitad del mundo que Goya plasma en el perro desenfocado se completa con esta visión de los caballos. En conjunto nos da el animal entero, enteramente humano. Quizá Goya sea también grande y contemporáneo nuestro por eso: porque necesita el animal para dar noticia completa del hombre. Cuando el hombre se desenfoca, como aquel personaje de Woody Allen, quizá sea necesario el animal para devolverle lo que ha perdido en lo borroso de sus contornos. Y la contemporaneidad de Goya está también en esos cuerpos desmembrados y empalados de los aguafuertes que pueden verse en la exposición. Sólo la barbarie nazi alcanza ese grado de obscenidad: “Los desastres de la guerra” pueden compararse sólo con las fotografías de Auschwitz, o de después de Auschwitz. ¿Cómo escribir después de Auschwitz?, se preguntaba Adorno. Y Valente le contestó: Y después de Auschwitz, ¿cómo no escribir? ¿Cómo mirar después de Goya? ¿Y después de Goya, cómo no mirar, seguir mirando? Hay una fotografía en el periódico de hoy que también participa de esa triste contemporaneidad. En ella también unos ojos nos miran. Pero no son los faros del jeep ni la rueda de la bicicleta lo que ha reemplazado a los ojos de los caballos . Lo humano está esta vez en una mirada de hombre, uno de los heridos que se incorpora para mirar y ver le paisaje de despojos tras la explosión. Uno de esos despojos es un reportero, un poco el equivalente de Goya en nuestros días. La diferencia es que Goya vivió para contarlo. O quizá muriera un poco en ese cuadro de los mamelucos, viviera sólo en los ojos de los caballos.

jueves, 10 de abril de 2008

La decadencia meridional

"¡Italia es un desaparecido! En 50 años no ha existido arquitectura, la precariedad de la inteligencia se ha hecho norma, las mammas siguen siendo grandes castradoras, los profesores ganan menos que los obreros, nadie respeta la escuela, y hay que defender a los profesores de los idiotas de los padres. No es posible refundar el país, porque la decadencia no es económica, es moral y se emite a todas horas por televisión. Hemos sido vencidos por la vulgaridad. Moriremos elegantes, vestidos a la última moda, vulgares, vacíos e idiotizados por dentro".
Es tan bueno que dan ganas de dejarlo ahí. Ni siquiera tengo etiqueta para esta entrada. ¿Paisaje? ¿Literatura? ¿Medio ambiente? Es la intervención final del fotógrafo italiano Oliviero Toscani en una entrevista con El País de hoy, y alude al estado en el que ve, con esos ojos incisivos y provocadores de fotógrafo, la realidad de su país. Unos párrafos antes ha hablado sin embargo de otro país mediterráneo, España, y lo ha definido como un lugar iluminado, una especie de esperanza blanca. Habría mucho que discutir al respecto. Mucho en común con ese diagnóstico transalpino que también se me antoja válido para nuestro país. Al menos en lo de las mammas y los papas. Pero vamos a dejarlo ahí. Retomemos, no obstante, sólo un hilo de la mucha tela que este antiguo fotógrafo de Benetton propone para cortar: "No es posible refundar el país, porque la decadencia no es económica, es moral y se emite a todas horas por televisión". No puedo hablar de la televisión española porque no uso, no tengo tele y hace años que no la veo, pero dudo mucho de que esa valoración de Toscani no sea aplicable también a la televisión española, incluso a la pública, me temo. Y aunque el mal que aqueja a España es económico (el mismo periódico recoge en portada las previsiones del FMI para el futuro de nuestro país: inflación y paro en menos de dos años), ¿tenemos en España algo parecido a una capacidad de regeneración moral? El piropo a Rodríguez Zapatero en palabras de Toscani suena también como una advertencia, un no nos falles como aquél anónimo y espontáneo del 14-M a las puertas de Ferraz, con Ifema lleno de muertos. Que la luz no nos falte.

miércoles, 9 de abril de 2008

El padre de "Gaia". La madre tierra

Leo una entrevista con James Lovelock, el padre de “Gaia”, esa concepción de la Tierra como un organismo vivo. De Lovelock y su teoría hablo en Viaje al ojo de un caballo, como trasfondo idóneo de la defensa de la realidad y de la naturaleza que me ocupa allí. Lovelock tiene 88 años y sigue investigando en un molino abandonado en Cornualles, reconvertido en laboratorio científico desde los años sesenta, cuando promulgó su controvertida teoría. El título de su último libro, sin embargo, La venganza de Gaia, me parece menos convincente. Fue un acierto acuñar esa idea, la de que la Tierra se autorregula como un ser vivo y tiene entidad y unidad como tal. Ahora bien, hablar ahora de venganza tira un poco por los suelos el acierto que supuso darle vida al planeta. Yo no creo que se trate de venganza, más bien de regulación. Leer esto último como una especie de revancha es un incremento moral, si se puede decir así, una interpretación excesivamente antropocéntrica de los cambios que ha sufrido la Tierra en los últimos doscientos años (claro, que es el hombre el que ha operado esos cambios). Quizá sea simplemente una concesión al mercado, una forma de vender de forma más eficaz su libro. Pero no le hace falta a Lovelock, quien por otra parte siembra esta entrevista de esas piedrecitas que dejan en el camino los hombres sabios. Esa sabiduría le hace ser optimista. ¿Y cómo, cabe preguntarse, ser optimista ante las cifras que arroja? Meteorología extrema en 2020, desertización del continente europeo en 2040, parte del sur de Gran Bretaña bajo el agua… ¿qué tipo de optimismo suicida es conjugable con estos datos? Pues uno que cree en la capacidad, no sólo de la Tierra, sino del hombre, habitante de ella, para regenerarse. Aunque no para reciclarse, pues Lovelock ve mucho de gesto vacuo en toda la nueva moda del pensamiento ecologista, esa hipersensibilización que han conocido los últimos tiempos hacia el medio ambiente. Según Lovelock es todo inútil ya, la cuenta atrás ha comenzado y nada puede parar la devastación del planeta. Quizá si le hubieran hecho caso en los años sesenta… Pero yo creo que tampoco. El devenir de la Tierra venía grabado casi como un código genético en la especie, como una trama adelantada de la novela de la vida que es la Historia, esa aceleración de los fenómenos, ese vértigo del progreso que nos ha hecho más limpios, longevos, saludables pero que ha destruido el planeta. En algún momento se rompió el equilibrio y para que hoy todos tengamos lo último en tecnología en nuestro hogar, una enorme capacidad de destrucción ha sembrado de desiertos y de vertederos este mundo nuestro. Quizá sea ahí donde más en desacuerdo esté con Lovelock, quien sigue viendo en la tecnología la salvación. No hay vuelta atrás, eso sí es cierto. Su defensa de la energía nuclear, por ejemplo, no es más que eso, un optimismo casi temerario típico del talante anglosajón, quienes son un poco los pirómanos de todo esto: Grecia, el Mediterráneo, nunca habría llegado a tanto. Quizá a quien de verdad habría que pedir cuentas sea a Calvino, más atrás incluso, a esa primera necesidad de echar una carrera contra el tiempo, lo que acaba siendo también una carrera contra la Naturaleza. Contra el hombre mismo y contra Gaia, en realidad, que no conoce venganza, pero sí la aniquilación necesaria para esa regulación inevitable de su organismo: el ochenta por ciento de la humanidad habrá desaparecido antes de 2100. Quedan la esperanza final de Lovelock, ese hombre que acabará poniéndose algún día de nuevo en pie sobre la Tierra. Algo así digo en algún punto de Viaje al ojo de un caballo, imaginando un nuevo grado cero de la naturaleza en la estepa de Mongolia. El optimismo de Lovelock le lleva más allá: ese nuevo ser sabrá vivir en armonía con la madre Tierra. Todos estos mecanismos de regulación serían, según él, una forma de separar el grano de la paja, el ser de la nada, diría yo, preservar el ser humano que se crece con la adversidad y da lo mejor de sí prevaleciendo. Y pienso finalmente que mejor que el premio Nóbel de la Paz a Al Gore, mucho mejor y más justo, habría sido el de Literatura para Lovelock: ¿a alguien se le ocurre una creación más hermosa y verdadera que Gaia, esta paciente madre nuestra?

sábado, 5 de abril de 2008

Antonio López García

“Cuando hay una sustancia lo suficientemente densa la obra está acabada”. Palabra de pintor. Pero no de un pintor como Rothko, de densas telas en los fondos; tampoco de Pollock, con la densidad del trazo hecha grumo, circunvolución del cuadro en engañosas manchas (pues todo es pura línea); ni siquiera la densidad semiótica de un pintor como Barceló. Qué va. Lo dice Antonio López, el representante más señalado de la figuración española. Leí esta frase, y otras, en una entrevista para El País hace dos días y he querido escribir algo desde entonces. Porque me provoca muchas preguntas. ¿Es la forma una decantación, una destilación de la sustancia? ¿Es eso también el poema en prosa, por ejemplo, un receptáculo de líneas perfiladas en el que adensar sustantivamente la palabra hasta llegar a ese triunfo de la forma de la que hablaba García Jambrina en su reseña de Darwin en las Galápagos? ¿Qué pasa con los perfiles, están ahí acaso sólo para contener la sustancia, el único garante de la forma? Hay imágenes del trabajo actual de Antonio López en dos cabezas gigantes de niña, con fotos del sujeto real, su nieta, tomadas desde distintos ángulos y pegadas a la parte de la escultura que albergará esa sustancia, que conocerá esa forma. Aparecen en la memoria sus cuadros de la Gran Vía, los tejados de Madrid, y entonces la obra de un pintor al que se le ha echado en cara un mimetismo excesivo de la realidad se dignifica. Dignifica también el arte que practica, la pintura, que no está muerta ni muchos menos. Porque en esas palabras de Antonio López queda clara cuál es la labor del pintor en la época de la reproducción tecnológica, cuando la fotografía pareciera haber ocupado esa función de mimetismo (Pero prueba de que no es así es que la fotografía también ha tenido que adensar el objetivo para lograr su forma, ajustar el ojo, pues al fin y al cabo se trata de eso). El pintor se purifica en la copia, en el acopio de elementos que es el cuadro. Cuando los grises son lo suficientemente opacos como para parecer etéreos, cuando el membrillo ha absorbido la suficiente densidad de materia plástica como para parecer suspendido en el aire del cuadro, entonces ya está acabada la obra. Antonio López reivindica así la labor secreta del artesano, su pervivencia en el artista. Frente a tanto conceptualismo en el arte actual, tanto diseñador o jefe de obra, Antonio López reivindica las manos callosas y la labor secreta de los albañiles. Es un trabajo táctil. Por eso habla de la evolución callada de Velázquez, de su secreto desarrollo. Y al mencionar también a Picasso, aunque no los relacione expresamente, está citando los dos ejemplos máximos de una forma de entender el arte y la vida: la realidad frente a la nada. Antonio López ama a Velázquez, está claro en su pintura y en sus palabras. Picasso odiaba a Velázquez, a veces es como si la mitad de su obra fuera un intento de destruirlo. Está clara la filiación, pues, de Antonio López. Antonio López García, quien dignifica al artesano con sus apellidos, con sus pantalones de pana, que casi parece no haberse quitado desde aquel sol de Arturo Soria, aquel sol del membrillo. Y es que en los hangares de Arganda hace frío. Pero las manos del pintor están calientes. “Manos frías, amor de un día. Manos calientes, amor para siempre”, eso cantaban antes las niñas. Eso ha esculpido Antonio López, una niña salida del calor de los hornos, suspensa en la gravedad del aire, etérea en la densidad de su sustancia. No es flor de un día. Es para siempre.